La tiranía del "mamá, comprame"
Las conductas de los niños frente a los lugares de consumo tienden a convertir a los padres en esclavos de los deseos de sus hijos
Como reacción contra el autoritarismo en uso, que forzaba a los hijos a callar y obedecer, nace en el siglo XX un modelo de crianza que propone respeto y escucha, espacio y libertad para que niños y niñas se desarrollen y se expresen libremente.
Hace muchas décadas ya que el centro de gravedad de la mayoría de las familias porteñas pasa por los hijos. Las llamamos familias paidocéntricas : las necesidades y preferencias de los infantes y adolescentes son priorizadas a la hora de decidir el mobiliario, el uso de los espacios hogareños, los horarios, los programas de TV, las marcas, las vacaciones, las salidas de la familia y otros etcéteras.
Paralelamente, los berrinches frente al quiosco, la góndola o la juguetería son un espectáculo frecuente. Es un despliegue de conductas tiránicas de infantes de muy corta edad que reclaman airadamente la compra de algún objeto o la provisión de cierto cuidado.
Con el descenso en el poder adquisitivo de muchos hogares, se ha hecho más notoria la cantidad de los "comprame", "llevame", "traeme" que profieren los chicos de toda edad, y aparece el dolor y la queja de los padres, que ya no pueden proveer tan fácilmente.
Buscando la genealogía de esta situación, encontramos que, muchas veces, los padres nos proyectamos en los niños y pretendemos que, en compensación por las propias desventuras, nuestros hijos e hijas vivan una vida mágica, perfecta, ideal, sin sobresaltos ni privaciones: que sean el niño sol, la niña estrella. Que no les falte nada, que sean "felices". También la culpa -porque, atareados, pasamos poco tiempo con ellos- nos lleva a consentirlos en demasía.
Hay un malentendido básico: satisfacer de inmediato todos los deseos de los niños no los fortalece, sino que los debilita, constituyéndolos en tiranuelos desagradables e infelices, frente a los cuales, finalmente, los adultos nos sentimos agobiados y desbordados. Está bien que el niño disfrute de su infancia, pero está mal que lo logre a costa de la esclavización de sus padres.
Tengamos en claro que dar al hijo todo lo que pide no es cuidarlo, es seducirlo. Es tenerlo contento para que me quiera y me haga sentir bueno, poderoso, Rey Mago. Darle todo lo que pide es, también, callarlo por un rato, sacármelo de encima, no ocuparme de lo que realmente le pasa.
No se debe poner piloto automático en la crianza, aunque juzgar en cada caso si corresponde o no dar al niño lo que pide es un esfuerzo que no todos los padres estamos dispuestos a -o en condiciones de- realizar. Pero ésa es justamente la función parental: pensar en el bien de esa personita y resolver desde la perspectiva de su crecimiento.
En ese sentido, también sería bueno que volviéramos a enseñar a nuestros hijos e hijas el agradecimiento, que lleva a valorar lo recibido y a la reciprocidad. Sin agradecimiento queda invisibilizado el esfuerzo y la bondad de los padres para abastecerlos de cosas y de cuidados. Esto tampoco es bueno.
Es claro que el no de los padres limita, frustra, impide, pero... ¿quién dijo que estas experiencias no son también necesarias para un buen desarrollo?
Dado que no vivimos en un mundo que ofrece la satisfacción con sólo estirar la mano y pedirla, brindar al niño y a la niña la posibilidad de aprender a tolerar frustraciones adecuadas a su edad, tener la experiencia del premio conseguido con esfuerzo y desarrollar la capacidad de espera frente a las inevitables demoras cotidianas, es proveerlos de tesoros y talismanes que harán su vida más vivible.
Lic. Irene Loyácono
Psicóloga. Psicoterapeuta. Directora del Centro de Terapias con Enfoque Familiar- CeTEF