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Reflex.Marta Vargas: Confianza
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De: marta-vargas  (Mensaje original) Enviado: 16/05/2023 19:58






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Confianza





Confía en el médico, y toma su remedio en silencio y serenidad,
Porque su mano, aunque dura y pesada,
Es guiada por la tierna mano del Invisible,
Y la copa que ofrece, aunque queme tus labios,
Fue formada del barro que el Alfarero
Humedeció con sus propias lágrimas divinas.
Kahlil Gibrán

Desde muy joven se nos enseña que confiar es peligroso, y hasta cierto punto es así. Confiar significa arriesgarse. Confiar significa dar al otro el beneficio de la duda; exige estar dispuesto a hacerse vulnerable; significa saber que nuestra seguridad viene de un poder superior, que nuestra paz no depende de que lo tengamos todo bajo nuestro control. Confiar es rendirse a Dios por medio de la fe.

Contrario al sentir popular, confianza no es credulidad. No se trata de vivir impasible y contento, confiando en que todo marcha bien. Esa clase de “confianza” sería suicida en el ambiente de hoy. No obstante, las alternativas—ansiedad, desconfianza, sospecha—son igualmente mortíferas. Según señala el escritor menonita Daniel Hess:

Es cierto que muchos trabajadores tienen seguro de enfermedad, que la semana laboral de cuarenta horas les deja tiempo para descansar, y algunos cobran salarios que les brindan cierto grado de abundancia; es cierto que la ciencia ha progresado como para hacer más seguras las herramientas y pronosticar los volátiles procesos de la naturaleza. Pero, a pesar de todo eso, estamos preocupados.

La gente siente la tensión en sus entrañas. Les sudan las manos por el hábito nervioso de estar ocupados. Tienen miedo de lo que podría pasar; sufren el pánico ocasionado por las adicciones y la depresión causada por desequilibrios químicos, por tener que aguantar demasiados jefes, demasiados compromisos y demasiados deseos no satisfechos.

Otros están inseguros en su trato con otros, agobiados por sus discordias, o se sienten denigrados por haber sufrido engaños. Con toda razón tienen miedo de pleitos, de competencia desleal, de “racionalización” o transferencia de la empresa que los emplea.

Jesucristo mismo nos exhorta a que seamos inocentes y mansos como las palomas, y al mismo tiempo prudentes como las serpientes. Además, nos recuerda por medio de una simple pregunta que nuestra falta de confianza en Él y en Dios no nos sirve de nada: “¿Quién de ustedes puede, por más que se preocupe, añadir una sola hora al curso de su vida?” (S. Mateo 6:27)

Lamentablemente, los engaños, los chismorreos, las habladurías, que forman parte inevitable de la vida, hacen que muchas personas jamás se atrevan a confiar. Clare Stober, una mujer de negocios que hoy forma parte de nuestra comunidad, escribe:

Uno de los mayores obstáculos a la paz es la desconfianza. Adoptamos una actitud de reserva con la intención de protegernos a nosotros mismos y a los que amamos, y acabamos erigiendo muros de sospecha. Si alguien se aprovecha de nosotros o nos trata injustamente, nos apresuramos a suponer lo peor, ya no sólo en esa situación particular, sino de ahora en adelante. Tenemos miedo de confiar, porque la confianza nos hace vulnerables, y la vulnerabilidad nos parece signo de debilidad—cosa estúpida y simplista.

Creemos protegernos cuando nos negamos a confiar en otros, pero pasa lo contrario. La protección más grande es el amor, y brinda la más profunda seguridad. Cuando somos desconfiados, no podemos dar ni recibir amor. Nos apartamos de Dios, y nos aislamos uno del otro.

En la comunidad del Bruderhof como en cualquier grupo de personas muy unidas, la cercanía de nuestros hogares, y la visibilidad de la vida diaria de los miembros crean el potencial para un sinfín de pequeñas desavenencias causadas por conjeturas y chismes. Sin embargo, desde el comienzo de nuestra vida comunitaria ochenta y cinco años atrás, descubrimos que un compromiso mutuo a “hablar abiertamente” uno con otro puede conservar la paz genuina y la confianza.

“No hay más ley que la del amor”. (Cf. 2 Juan 5-6) Amar significa deleitarse en los demás. ¿Qué significa entonces sentir enojo para con alguien? El deleite que sentimos en la presencia de nuestros hermanos y hermanas se expresa mediante palabras de amor. Es inadmisible hablar de terceros en un espíritu de irritación o de enojo. Nunca debe difamarse a un hermano o una hermana, ni criticar sus características personales, ya sea abiertamente o por medio de alusiones—y bajo ninguna circunstancia en su ausencia. Murmurar en el seno de la familia propia no es excepción.

Sin esta regla de silencio no puede haber lealtad ni comunidad. La única forma de crítica permitida es el hablar directamente a la persona en cuestión con absoluta franqueza. He aquí el servicio fraternal que debemos al hermano o a la hermana cuyas flaquezas nos irritan. La palabra franca entre dos personas profundiza la amistad mutua y no causa resentimiento. Sólo en el caso de que las dos no se pongan de acuerdo enseguida, será necesario que pidan la ayuda de alguien más en quien ambos confían. De este modo hallarán la solución que les una en el sentido más profundo y más elevado. (S. Mateo 18:15-16)
Eberhard Arnold

Han pasado muchos años desde que Ellen Keiderling se integró a nuestra comunidad, pero todavía recuerda la emoción que sintió al leer ese pasaje por primera vez y darse cuenta de que realmente se practicaba:

Cuando primero llegué a la comunidad y descubrí que no se chismeaba—nada de habladurías a espaldas de otro—fue como si se me quitara un enorme peso de encima. De donde venía yo, chismear era un modo de vida. Como cualquier otra persona, yo me había preocupado por lo que la gente diría y pensaría de mí, pero nunca había examinado atentamente esas preocupaciones para darme cuenta de la carga terrible que representaban, y del daño que pueden causar en la vida de otros, año tras año. Y ahora—poder confiar en que, si alguien sentía en mí algo que no estaba bien, vendría a decírmelo—era como pisar tierra virgen.

No siempre he cumplido mi promesa de hablar con absoluta franqueza, pero la confianza ha quedado; es suelo firme al cual siempre puedo volver.

¡Cuántas veces perdemos el sosiego simplemente porque no tenemos esa confianza! Sea cual fuere la razón, justificada o no, no nos atrevemos a creer que nos van a amar tal como somos, con todas nuestras debilidades y todas nuestras manías. Esto es precisamente lo que tenemos que aprender. En vez de desperdiciar la vida en temor y desconfianza, tengamos confianza, una y otra vez, en los demás, incluso en los que nos engañan.

Tener confianza en Dios es de igual importancia. Cierto autor describe a una mujer que estaba tan consumida por sus preocupaciones que, cuando se fue al cielo, lo único que quedaba de ella era un tembloroso montoncito de preocupaciones. Por cómico que pueda parecer, es una atinada descripción de muchas personas. Ojalá se dieran cuenta de que, confíen en Él o no, Dios siempre está ahí y los tiene en el hueco de su mano. Él conoce los secretos más profundos del corazón y sigue amándonos. Él sabe todo lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Por nuestra parte, sólo tenemos que venir ante Él tales como somos, como niños, y dejar que Él nos ayude.

Hay personas (madres encintas o que tienen hijos pequeños, por ejemplo) para las cuales es difícil tener esa confianza. Se alarman por todas las cosas terribles que leen o escuchan en los noticiarios: guerras y desastres, actos terroristas y criminalidad violenta. En verdad, hay motivo para tener tanto miedo por el futuro que se llegue a dudar si es prudente traer hijos al mundo. No es un temor nuevo.

Yo nací durante el bombardeo de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial. Todas las noches los aviones nos pasaban por encima. Dos veces las bombas cayeron muy cerca, una vez en nuestro terreno y la otra en una aldea vecina. Pero mucho más que los bombardeos, mis padres temían una invasión nazi. Para ellos, refugiados alemanes que se habían pronunciado abiertamente contra Hitler, y para nosotros sus hijos, una invasión podría haber significado la muerte. A mi madre ese pensamiento le causaba indecible angustia. Años más tarde, al recordando aquellos años, mi padre escribió a una pareja a quien aconsejaba:

Aunque hoy no vivamos en pavor de los bombardeos, nuestra época es una época de gran sufrimiento y de muerte. Es muy posible que muchos, incluso padres de criaturas, como lo son ustedes, algún día tengamos que sufrir por nuestra fe. Desde lo más profundo de mi corazón les ruego que confíen totalmente en Dios. Hay muchos pasajes espantosos en la Biblia, especialmente en el Apocalipsis de San Juan. Pero aun ahí se dice que Dios mismo ha de enjugar las lágrimas de todos los que han sufrido. Debemos creer que Jesús no vino para condenar, sino para salvar. “Porque tanto amó Dios al mundo…”. No se olviden nunca de este versículo: nos recuerda el inefable anhelo de Dios por la salvación de la humanidad entera. Al final, todos estaremos unidos con Dios. Tenemos que creer esto, para nosotros mismos así como para nuestros hijos.

A veces, gente que tiene legítima razón para temer ha recibido la más profunda serenidad del alma. Un enfermo incurable, un condenado a muerte, una víctima de accidente a punto de morir—tal vez no sea razonable esperar que ellos estén en paz. Sin embargo, cuando uno enfrenta a la muerte, se evaporan las preocupaciones superficiales que en otra situación le habrían distraído, y uno se ve obligado a dirigir toda su atención a lo que es eterno. La decisión es sencilla: o se empeña en dar con la cabeza contra la pared, como quien dice, y trata de evitar lo inevitable; o confía en Dios y se entrega a Él.

George Burleson, miembro del Bruderhof e íntimo amigo mío que sucumbió al cáncer después de una larga batalla, me escribió unos meses antes de morir:

Desde que supe que tengo cáncer y me di cuenta de lo incierto de mi futuro, he aprendido que debo confiar total y absolutamente en la bondad de Dios. Es sólo cuando puedo lograr esto que desaparece mi ansiedad. La muerte nos llega a todos; estamos todos en igual situación en cuanto a morir se refiere, y ocuparse de un acontecimiento tan inevitable es malgastar el tiempo. Nuestra vida está en manos de Dios. Esto es lo que importa, y aceptarlo nos trae paz.

El escritor Dale Aukerman también dio testimonio del poder que tiene, para que logremos la paz, la confianza. Como en el caso de George, su calma no derivaba de haberse resignado a morir dentro de poco. Su amor por la vida continuaba sin merma, pero la proximidad de la muerte no lo desanimó ni lo trastornó: su confianza en un poder superior le dio fuerza para mantener el equilibrio.

El 5 de noviembre de 1996, me enteré de que tenía un tumor de ocho y medio centímetros de ancho en el pulmón izquierdo. Pruebas posteriores mostraron que el cáncer se había extendido al hígado, a la cadera derecha y a dos lugares en la columna vertebral. Supe que podía contar con vivir de dos a seis meses más, con una expectativa media de sobrevivir cuatro meses. Es asombroso cómo cambia uno de perspectiva cuando se entera de que, a lo mejor, le quedan sólo un par de meses. Cada día es más apreciado, cada relación íntima se vuelve más preciosa. Por la mañana pensaba en qué día del mes era—otro día que Dios me había dado. Miraba a mi familia, a mi hogar y a la creación de Dios, sabiendo que muy pronto se me acabaría el tiempo. En la ceremonia de unción celebrada poco después del diagnóstico, confesé que no había prestado suficiente atención a Dios. Fue a través del cáncer que Dios logró que le prestara más atención.

Cuando mi hermana Jane tenía catorce años, murió de un tipo de cáncer particularmente mortífero. Mi madre lo aceptó como la voluntad de Dios: Él decidió llevársela y ¿quiénes éramos nosotros, meros seres humanos, para poner su decisión en tela de juicio? Para algunos, adoptar ese punto de vista es un consuelo. Mi manera de ver las cosas es un poco diferente. Yo no creo que sea Dios quien manda el cáncer o las enfermedades del corazón. Cuando un conductor borracho choca con otro automóvil y mata a los pasajeros, no creo que haya sido la voluntad de Dios. Hay tantas cosas en el mundo que no corresponden a la intención de Dios, a lo que Él quiere.

Pero Él que hace frente a la muerte está con nosotros. ¡Cuántas veces Dios hace que las fuerzas de la muerte retrocedan, sin que nos demos cuenta! Cuando niño, me arrolló y por poco me mató una carreta de campo. Más tarde, casi morí de lo que tal vez fue envenenamiento con arsénico. En varias ocasiones, me he salvado por un pelo mientras manejaba…

Después de seis ciclos de quimioterapia, un régimen de suplementos nutritivos y las continuas oraciones ofrecidas por una multitud de amigos, me hicieron otro examen que mostró que el tumor en mi pulmón se había reducido a una cuarta parte de su tamaño anterior. Dos médicos dijeron que era un milagro. De una manera maravillosa, y contrario a las probabilidades médicas, Dios había detenido mi muerte y alargado mi vida.

En la epístola a los Efesios, capítulo 1, versículos 19:22, San Pablo habla de la infinita grandeza del poder de Dios, por el cual resucitó a Cristo de los muertos y lo sentó a su diestra en el cielo. Leemos que Dios sometió todas las cosas bajo sus pies; es decir, Dios ha elevado a Cristo por encima de todo principado, autoridad, poder y señorío, y lo ha llevado a victorioso dominio sobre todas las potencias rebeldes. El que murió y resucitó es el vencedor sobre el cáncer, las enfermedades del corazón, el SIDA, el mal de Alzheimer, la esquizofrenia y el atropello y maltrato de menores. Es el vencedor sobre la explotación de los pobres, la despreocupada destrucción de la buena tierra que nos dio Dios, la locura de los gastos militares y de las armas nucleares.

Sin embargo, podríamos preguntar, si Cristo ya ha logrado la victoria sobre esas cosas, ¿por qué siguen siendo tan manifiestas? ¿Por qué parecen tener un dominio tan extenso? Pues, en toda guerra hay una batalla decisiva que determina qué lado saldrá ganando. A partir de ese momento, un lado tiene asegurada la victoria total aunque el otro todavía tenga soldados en el campo de batalla y continúe la lucha; sólo es cuestión de tiempo hasta que queden derrotados por completo.

Lo que esperamos en primer lugar no es ganar la vida eterna después de la muerte. La esperanza que nos ofrece el Nuevo Testamento es que vendrá el glorioso Reino de Dios, y el invisible Señor resucitado aparecerá en su esplendor para renovar y regenerar todo lo que Dios ha creado, y eliminar todo lo que es malo y destructivo. Es decir, la historia será vindicada. La historia de la humanidad llegará a su fin según la voluntad de Dios. En el momento dado, será Dios quien asumirá el timón del curso de los acontecimientos, y quien introducirá la inconcebible grandeza del nuevo reino. Lo que esperamos, más que nada, es que se cumplan todas las promesas de Dios; y sólo en segundo lugar esperamos poder tener una pequeña parte en eso.

A lo largo de mi vida adulta estuve metido de lleno en actividades y testimonios por la paz. En estos últimos meses he apreciado muy particularmente aquellos pasajes del Nuevo Testamento que se refieren a la paz; por ejemplo, en el evangelio de San Juan, donde el Señor resucitado aparece a los temerosos discípulos reunidos en el aposento alto, y les dice: “La paz con vosotros”. Y aquel otro, en que pensé mientras me metieron en un túnel para hacerme la prueba de resonancia magnética, es de Filipenses: “…Y la paz de Dios, que supera todo entendimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Isaías dice: “Tú guardas en completa paz a aquel cuyo pensamiento persevera en ti, porque en ti confía”. (Is. 26:3) En el sentido bíblico, esa completa paz es más que tranquilidad de espíritu. Es la integridad de la vida y de las relaciones mutuas que se mantiene firme contra todo lo que pretende fragmentarnos y destruirnos. Es un don que nos sostiene aun cuando caminemos por las tinieblas


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Johann Christoph Arnold













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