El hombre suele tener muy buena opinión de sí mismo.
El hombre suele pensar que es capaz de solucionar sus grandes problemas
sin ayuda de nadie.
Tiene una gran capacidad intelectual,
tiene solvencia moral,
tiene capacidad de autodominio.
En verdad, el hombre es un ser muy especial.
Sin embargo, el hombre tiene un tendón de Aquiles.
Es perfecto en casi todo, pero tiene un profundo problema.
Un problema mortal: ¡La muerte!
El hombre es mortal, y, lo peor de todo,
¡no sabe cuándo ella lo alcanzará!
Este tendón de Aquiles
desnuda su real condición,
avergüenza su arrogancia,
y le humilla hasta lo sumo.
(¿Cuál sería su arrogancia si hubiese vencido la muerte?)
¿Cómo no poder trascenderse en el tiempo?
¿Cómo no poder aferrarse indefinidamente a la vida que tanto ama?
¿Cómo no poder zafarse de la muerte que tanto teme?
Pero lo peor aun no se ha dicho:
Esta muerte que nos circunda es la antesala de otra muerte. Una muerte eterna.
Si existe la muerte de nuestro cuerpo, también la hay de nuestra alma.
Una muerte atroz, espantosa, eterna.
La primera muerte es una desgracia.
La segunda es una tragedia irreparable.
En ambas el hombre muestra su insolvencia,
su nulidad,
¡su irremediable y gran fracaso!
¡El hombre necesita un Salvador!
Un Salvador que sea tan poderoso que sea capaz de solucionar este gran problema.
Uno que haya vencido la muerte.
Uno que se haya burlado del sepulcro.
¡Jesucristo es este Vencedor!
El se levantó del sepulcro, sueltos los dolores de la muerte,
porque era imposible que hubiese sido retenido por ella.
Nosotros necesitamos de Él.
¡Usted también!
De la red
BENDICIONES!!!!