A uno le puede sentar bien excluirse a si mismo para no rozar con nadie, quizá
sienta que haya logrado la tan afamada paz interior, que en la actualidad, con
toda la distorsión existente, se traduce como imbecilidad generalizada, que
aparte de ser imbécil, se cree que uno hace todo para el bien, que lo que haga es
para bien; esto es, una anestesia psicológica.
No nos extrañe ver a personas que tratamos pero que evitan por cualquier medio
involucrarse a fondo con nosotros, a no ser que ellos perciban somos nosotros los
que actuamos como distractores energéticos. No nos extrañe ver alrededor personas
que digan “no se apegen a los deseos, a los ideales, a los objetivos, a los
hijos”. Lo dañino de esto es cuando nos afecta de modo que salgamos de nuestro centro,
que vaya en detrimento de los demás. No hay nada de dañino en apegarse a ideal
alguno, a objetivo alguno, a los hijos. Si uno terminase por desapegarse por
completo a todo lo que nos rodea, si no existiese apego alguno ni por los hijos
ni por lo que le nace hacer, pues, estaría iluminado, o algo por el estilo. Un
iluminado no es ermitaño, tampoco se apega a la idea del desapego ni es
indiferente ante los demás. En pocas palabras, sería lo que Es en acción.
Comprende lo que le rodea tal cual Es de modo que se mueve a corde lo que
acontece, que no es inercia, sino hacer las cosas según se manifiesta en la
comprensión de los hechos.
Todo arquetipo que trate de dar con lo conocido como iluminación es pura
desinformación. Y el fomento de la idea del desapego como camino hacia la
iluminación no es la escepción. Despues de todo, la idea aquella va en relación a
ésta.
Lo que hace la actual idea del desapego, la comercializada, la idiota, es tornar
imbécil a las personas para que no muevan los cimientos de lo establecido; esto
es, para que no cuestionen, para que no indaguen, para que no comprendan en
plenitud la situación actual que se vive en el planeta.
Confundir a las personas es uno de los objetivos, de modo que si confunden a la
persona se le puede dar un manual de “autoayuda” para que se le vaya
domesticando. Quizá la persona ya se sienta segura de lo que quiere, de lo que
no, del porqué y para qué de lo que haga; sin embargo, cuando esta persona se ve
abotagada de tanta distorsión, no es de sorprenderse, pues, que se termine en
algún instituto espiritualoide, o siendo parte del movimiento espiritualoide de
turno. Tampoco es de extrañarse que vaya ligado con el sistema de turno, como en
otrora sucedió en tantos imperios como el romano.