Jesús dijo: El que cree en mí, tiene vida eterna. Juan 6:47 |
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Creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos. Hechos 15:11 |
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La salvación es para los que creen
Jesús seguía su camino en esta tierra. Hablaba a las multitudes que lo seguían para ver sus milagros; no se dejaba desalentar por el cansancio, la contradicción o la incredulidad. Al ver las necesidades y miserias de las multitudes “tuvo compasión de ellas”, y de cada uno en particular. Cruzó Samaria para encontrarse con una mujer a quien todos despreciaban (Juan 4:7). Fue al estanque de Betesda para sanar a un hombre enfermo desde hacía treinta y ocho años (Juan 5:5); saliendo del templo se compadeció de un ciego (Juan 9:1). Él ofrecía una solución a todos, pero era necesario que cada uno la aceptase creyendo en lo que Jesús le decía. La samaritana dijo: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Juan 4:29). El enfermo de Betesda no dudó en obedecer cuando Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda” (Juan 5:8). El ciego obedeció tan pronto como Jesús, después de haberle puesto lodo en los ojos, le ordenó: “Vé a lavarte en el estanque de Siloé” (Juan 9:7). Y cada uno de ellos fue liberado de su miseria, de su discapacidad. Ninguno de los que aceptaron su palabra se fue con las manos vacías, ¡Pero cuántos la oyeron sin sacarle provecho! Aún hoy Jesús se dirige a cada persona y le ofrece el perdón de los pecados, la paz con Dios. Es un don gratuito, pero para recibirlo hay que aceptarlo personalmente.
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