Jesús dijo: El que cree en mí, tiene vida eterna. Juan 6:47 |
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Creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos. Hechos 15:11 |
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«¡No es culpa mía!»
Esta exclamación irreflexiva puede perseguirnos toda la vida… y es tan antigua como el primer pecado en el mundo. “La mujer que me diste… me dio del árbol, y yo comí”, afirmó Adán. “La serpiente me engañó, y comí”, se defendió Eva. Ante la evidencia es lógico que haya un culpable, pero me niego a aceptar que ese culpable sea yo. ¡Que otro pague en mi lugar! Otro pagó en el Gólgota una vez para siempre. Ese otro es Jesús. Me amó hasta morir por mí. Llevó sobre sí mismo la condenación que merecían mis faltas. Como estoy perdonado, puedo enfrentarme a las cosas: ¿Qué me reprochaba esta voz interior tan difícil de acallar? ¿Soy o no soy responsable? ¿Hasta qué punto? Son preguntas muy importantes, y las respuestas no siempre son fáciles. La confesión de mis faltas es el único camino que lleva a la vida. Hay muchas formas de reaccionar ante la propia culpabilidad: unos la niegan o la ocultan. Tratan de justificarse a toda costa. Pero si creo en el amor de Dios que perdona, puedo dejar que los sentimientos de culpabilidad que están en mí me interroguen y llevárselos al Señor en oración. Si permanezco en su presencia tendré el valor para identificar claramente aquello en lo que he pecado, para dejar de justificarme. Entonces, tras una verdadera confesión, él me perdonará (1 Juan 1:9).
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