Inseguro, dubitativo, vacilante, oscilante y algo
temeroso. Era así aquel muchacho.
Temperamentalmente de no fácil clasificación,
si bien parecía tender más hacia la indiferencia
y hacia la interiorización. Pero nunca hacia el
aislamiento.
Pasaron, transcurrieron los años.
Llegan siempre uno a uno los años y
de forma pausada.
Se fue y volvió. Volvió a irse y volvió a regresar.
Hasta que, un día frío de marzo, tomó una de-
cisión contundentemente firme.
Y se fue. Definitivamente.
Aquí está él. Aquel muchacho soy yo.