Existen personas a las que en realidad lo que más les gusta de las discusiones, no es dirimir quién tiene o no la razón, sino fijarse en quién emplea mejor sus argumentos, por muy descabellada que sea su postura. Creen que para que un debate tenga sentido, conviene que las partes enfrentadas defiendan sus posiciones con tanta inteligencia que cualquiera de ellas pueda tener razón sin necesidad de estar en lo cierto. Algunas personas mienten tan bien, con tanto estilo, y son tan inteligentes al elaborar sus mentiras, que a ellas mismas les produciría desencanto renunciar a su maravillosa brillantez por culpa de caer en la vulgaridad de ser sinceras.
Por si esto fuera poco, existen otras personas que no sólo se obcecan en tener razón de un modo brillante, si no que lo hacen articulando mal las oraciones gramaticales, con innumerables faltas de ortografía, y además insisten en su zafiedad creyéndose plenos de razón e intentando convencer a los demás con el único objetivo de su propio ego, o lo que es peor, para tratar de sembrar polémica donde no la hay.
Pocas cosas resultan más lamentables que creerse uno Cicerón, quien como sabéis, era un experto orador que se hizo entender tanto en Roma como posteriormente en su destierro a Grecia.
Los fundamentalismos, que como su propio nombre indica son radicales, siempre carecen de razón, se expongan como se expongan. Y ya ni os cuento, si además se exponen mal.
Como dicen en mi pueblo “pa mear y no echar gota”.