
“Mi Virgen de Guadalupe, / madrecita mexicana: / oye este ruego que nace / de lo más hondo del alma. / Como tu casa en el cerro / está tan alta, tan alta, / queda muy cerca del cielo; / y así mis pobres palabras / llegarán más pronto a Dios / en el vuelo de mis ansias. / Por dondequiera que voy / se ha perdido la enseñanza / del amor y de la paz; / de la concordia y la calma. / Por todas partes observo / que los hombres ya no se aman, / y un torbellino de muerte / les florece en las entrañas. / ¡Ah! ¿Cómo se han olvidado / del hijo, madre y hermana / que lloran al ser querido / muerto bajo la metralla? / Madrecita: tú sí puedes / con tu poder y tu gracia, / desterrar la mala sombra / de la perversión humana. / Haz que otra vez en tus hijos / la fe perdida renazca, / y hagan su vida mejor, / sin crímenes ni venganzas. / Te prometo, Virgencita, / si escuchas esta plegaria, / que de rodillas iré / hasta llegar a tus plantas; / y al influjo milagroso / de tu maternal mirada / se convertirá esta ofrenda / en una paloma blanca; / paloma blanca de luz, / símbolo de paz cristiana, / que volará hacia los vientos/ con un canto de esperanza”. |