No consigo emocionarme ante un partido de fútbol por apasionante que éste sea. Confieso que una vez me dormí durante la retransmisión de un encuentro justo en el preciso instante que Villa escupía sobre el césped. Para matarme. Me sucede lo mismo con el baloncesto, pero ciertamente éstos no son tan cerdos como los futbolistas. Imaginaros una cancha de baloncesto o de balonmano toda salpicada de escupitajos. Pero ellos no escupen. Ignoro si porque están mejor educados o porque la farmacopea que les dan no es tan lesiva. Vengo observando que incluso últimamente lo hace Messi, que es uno de mis ídolos , y que, a nadie había visto jugar con tanta maestría desde los tiempos de Pelé, Cruyff, Kubala, Di Estéfano o algunos de la época de los cinco magníficos del Real Zaragoza.
Sucede que esto es contagioso. Hace unos años tuve que esperar durante una media hora una cita, que estaba próxima a un campo de fútbol en el que jugaban unos chicos cuya edad no superarían los doce años. Era verano caluroso. Unos jugaban con camiseta y otros sin ella para diferenciarse entre ambos equipos. Yo estaba acompañado de mi perro “Zar”. Los contendientes no contaban los goles y los porteros abandonaban cuando se es antojaba su lugar. Pura anarquía del fútbol de barrio. "Zar" contemplaba el partido pero no demostraba preferencia por uno u otro bando. Tenía cara de poco entendido, entre otras cosas porque resultaba difícil saber quién pertenecía a cada equipo cuando varios jugadores se quitaron las camisetas. Pero a todos les unía un común denominador. Escupían con una maestría digna de los de primera división.
Una pena.