Es una respuesta del organismo ante cualquier lesión o invasión de bacterias que sirve para dirigir ciertos mecanismos de defensa hacia el punto en que se localiza el malestar. Mediante este fenómeno aumenta el aporte de sangre que permite que los glóbulos blancos traspasen los vasos sanguíneos y se dirijan a la zona afectada con mayor facilidad para destruir a posibles microorganismos invasores.
Causas
Esfuerzo excesivo.
Un tirón súbito o repentino.
Golpes fuertes.
Tensión prolongada.
Accidentes durante la práctica deportiva.
Síntomas
Sensación de calor.
Dolor.
Enrojecimiento de la zona.
Dificultad de movimiento.
Es común que se perciba malestar al tacto.
Diagnóstico
Se realiza con base en los síntomas antes citados.
Es de utilidad conocer el tipo de actividad que se practicó en el momento de sufrir la lesión.
La inflamación puede convertirse en crónica y persistente como consecuencia del movimiento continuo. Por ello, es importante contar con un diagnóstico rápido y oportuno.
Prevención
Calentamiento muscular antes de cualquier práctica deportiva.
Es recomendable la aplicación de bálsamos y ungüentos para el calentamiento del músculo. Estos reciben el nombre de rubefacientes.
Procurar no realizar esfuerzos físicos exagerados, como levantar objetos muy pesados sin ayuda.
Tratamiento
El reposo contribuye a la recuperación de los músculos.
Antiinflamatorios y analgésicos son buenos auxiliares para aliviar las molestias y disminuir la inflamación.
Los tés o infusiones también ofrecen un remedio confiable a las molestias.