hasta hacerme desmayar del placer...
No recuerdo cuántos orgªsmos
se bebió de mí averno.
No recuerdo cuántas veces temblé
al sentir su lengua lamiendo
la cúspide de mí deseo.
No recuerdo cuántas otras grité
que no podía más
y él con su suavidad siguió
hasta hacerme desmayar.
¡Era imparable!
El cielo y el infierno los sentí juntos,
¡Lo viví en mi carne!
Lo sentí en el tuétano de mis huesos,
en el ardor de mi sangre
recorriendo mi cuerpo,
en los espasmos abruptos
que salían de mis cavidades,
en la sed del infierno
al quedar sin voz de tanto gritar:
—¡Me estás matªndo del placer!
Y aunque suene un poco cruel,
no hay placer sin dolor.
Y es qué sentir
cómo moría en su boca
fue vivir la intensidad del sol:
en su lengua,
en sus dedos,
en su cuerpo,
en las estocadas salvajes,
en el galopar furioso,
en el beso lujurioso,
en la caricia malévola,
en su mano al estar dentro de mi boca,
casi hasta el fondo de mi garganta
para comerse las sensaciones
y las vibraciones
de los últimos suspiros
que exhalaba mi cuerpo,
mientras se hacía dueño absoluto
de todo mi averno.
¡Sí!, morí
con sus besos envenenados
de lascivia, de orgullo,
de tosquedad y suavidad.
¡Malditª sea!
Me hizo tan suya,
y a la vez tan libre
que le entregue todo de mí
sin dejar nada para mí.
Todo se lo di,
todo le permití,
nada reprimí
y toda mi locura
con exceso de lujuria
se la consumió,
en una hora eterna de aventura.