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Lectura: En la cabeza del fósforo
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From: Lluna-2  (Original message) Sent: 11/11/2009 19:48

En la cabeza del fósforo


Era como 30 de enero y el pino de navidad seguía en la casa, no en la sala, claro, en el jardín; tirado sobre la grama, recostado del cerro de atrás. Y entonces yo llegaba del colegio y apenas me bajaba del autobús amarillo pasaba derecho a mi mesa de noche y agarraba una caja de fósforos que tenía allí escondida. Tenía dentro como doscientos fósforos blanquísimos con la cabeza rojo fosforescente. Y entonces yo me metía la caja de fósforos en el bolsillo secreto del pantalón y me iba a echarle una visita al pino.

El tipo era como un animal moribundo, reseco, tirado allí como un borracho despeinado que no se había recuperado todavía de la resaca del año nuevo. Algún día los hombres del aseo se lo llevarían, o el jardinero, o ya se le pagaría a alguien para que lo cortara para hacer leña. Pero mientras tanto el pino era mío, sólo mío. Entonces yo agarraba un fósforo y con mucho estilo -porque practicaba a diario, varias veces- lo encendía y se lo lanzaba al pino. Y se prendía el arbolito, comenzaba a coger candela y oler sabroso la resina chamuscada y entonces yo saltaba sobre el fuego y lo apagaba. Repetía la misma operación varias veces hasta que sentía que era ya suficiente, que si me iba de palo mañana no iba a tener fósforos ni pino que quemar. Dominaba con todas mis fuerzas al piromaníaco que siempre he sabido que soy. Haciendo de tripas corazón me guardaba la caja de fósforos y me metía a la casa no sin antes echarle una última mirada al pino: “mañana vuelvo…”

Pero entonces un día entré en una etapa que vamos a llamar experimental. Porque luego de lanzar diez fósforos al pino y saltarle diez veces a las llamas y apagar el fuego otras tantas, yo pensé: “¿Y qué pasa si pruebo con varios fósforos al mismo tiempo?”. Entonces cogí dos fósforos, los entrelacé, les hice como un tirabuzón en el cuerpo para que me quedara un fosforote de dos cabezas y lo rayé con mucho estilo contra el costado carrasposo de la caja. Fue una llamarada hermosa, el doble de grande, una cosota como del tamaño de mi dedo gordo. Se la lancé en el medio del pecho al pino seco y esperé a ver qué pasaba. Se levantó un fogonazo de varios centímetros, anaranjado, vigoroso. Le salté encima y por un momento me puse nervioso porque nada que se apagaba, pero luego de saltarle varias veces y de echarle tierrita con los pies, el fuego cedió.

Vencida la etapa de los fósforos siameses decidí dar un paso más: ahora vamos con trillizos. Y luego con cuatrillizos. Fue duro pero siempre, justo cuando el pánico comenzaba a desbordarme en la misma medida en que el fuego se tragaba el pino entero y más, lograba aplastar con las suelas las llamas y controlaba el incendio. Entonces dije: “ voy a darle con quintillizos”. Y me costó un montón hacerles el tirabuzón a los cinco fósforos pero lo logré con ayuda de los dientes. Apenas rayé ese gigantesco fósforo quíntuple (no sé cómo se le dice a algo que tiene cinco cabezas) se disparó una llamarada que me voló las pestañas y la pollina y yo dije: “ay, coño, esto pinta mal”. Pero no podía –no puedo- controlarlo, la piromanía es más fuerte que yo, como el doble. Así que le lancé aquella cosa que era como una antorcha a escala al pobre pino y el tipo se incendió entero. Llamas como de un metro se disparaban por todos lados. Yo salté encima, claro, salté durísimo como mil veces, pero comencé a quemarme los pies, los tobillos, los ruedos de los pantalones se me chamuscaron. Ya toda la tierra que había cerca para echarle se la había echado cuando los trillizos y los cuatrillizos. Pensé: “Agua, busca agua”. Pero el grifo estaba lejos, como a diez metros, y si me ponía a buscar la manguera y a conectarla iba a tardar demasiado y el cerro entero se iba a prender en fuego, así que pensé rápido y dije: “haz cuenco con las dos manos y trae agua para echarle al pino”. Y eso hice; pero cuando venía caminando con todo el agua que mis dos manos juntas podían cargar, el agua se me escurría por entre los dedos y por los bordes de la mano hasta los codos y cuando por fin llegaba a donde el pino no me quedaban ni dos gotas para echar. Y además, como el pino estaba recostado del cerro que delimitaba el jardín de la casa, pues ya el fuego había cogido cerro arriba.

Me metí a la casa y en un momento de honestidad que rayaba la locura estuve a punto de decirle a mi papá, quien leía en la mecedora de la sala, “papá se está incendiando el cerro, fue mi culpa, estaba echándole fósforos al pino de navidad”. Pero justo cuando lo iba a decir pensé que era demasiado joven para morir. Que mejor cuando tuviera 21, en una navidad, bastante borrachos los dos, se lo confesaría. Mientras tanto iba a disfrutar de mi derecho a seguir vivo por 15 años más.

Me senté y encendí la tele, estaban pasando un juego de Brasil contra Italita y yo le iba a Italia.

—Coño, chamo, ¿a ti no te huele como a que se está quemando algo?—dijo el vegetal.
—No, yo no huelo nada.
—No joda, chico, no tendrás olfato
Se levantó el viejo con su libro de 600 páginas bajo la axila y se asomó al jardín.
—¡Coño, llamen a los bomberos que se nos está incendiando el cerro!

Ese día vinieron los bomberos, subieron hasta la cima como una jauría de animales azules y amarillos, aplacaron el fuego con sus botas, a punta de golpes dados con sus enormes chaquetas de ese material (me lo dijo mi madre) se llama Amianto y no se quema. Entre todos subieron una manguera descomunal que nos atravesaba la sala, el comedor, parte de la cocina, el lavandero, todo el jardín y la mitad del cerro. Fue un día hermoso y cuando terminaron les serví agua fría y me dejaron ayudar a enrollar la manguera en el camión y hacerle cariño al dálmata debajo del hocico. Los dálmatas, me lo dijo mi tía Andreína, se creen inmunes al fuego, principalmente porque están locos.

Cuando llegó la navidad en la que yo tenía ya 21, cuando las muchachas y mi mamá ya se habían ido a acostar, y mi papá aprovechaba para pedirme un Chester y decirme que le sirviera otro Campari, yo domé mi lengua de trapo aletargada por el vino y confesé:

—Papá, ¿te acuerdas del incendio aquel del cerro cuando vinieron los bomberos? Coño, pana… fui yo, estaba tirándole fósforos al arbolito de navidad.
—Claro, chico, yo sé. ¿Tú crees que soy pendejo? Pero no le digas nada a tu mamá porque te mata.



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