Oh Dios, nos rechazaste y rompiste nuestras filas; estabas airado, pero restáuranos. Has sacudido y agrietado el país: repara sus grietas, que se desmorona.
Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo, dándole a beber un vino de vértigo; diste a tus fieles la señal de desbandada, haciéndolos huir de los arcos.
Para que se salven tus predilectos, que tu mano salvadora nos responda.
Dios habló en su santuario: "Triunfante ocuparé Siquén, parcelaré el valle de Sucot;
mío es Galaad, mío Manasés, Efraín es yelmo de mi cabeza, Judá es mi cetro;
Moab, una jofaina para lavarme; sobre Edom echo mi sandalia, sobre Filistea canto victoria".
Pero ¿quién me guiará a la plaza fuerte, quién me conducirá a Edom, si tú, oh Dios, nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas?
Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil. Con Dios haremos proezas, él pisoteará a nuestros enemigos.
Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido:
llévame a una roca inaccesible, porque tú eres mi refugio y mi bastión contra el enemigo.
Habitaré siempre en tu morada, refugiado al amparo de tus alas; porque tú, oh Dios, escucharás mis votos y me darás la heredad de los que veneran tu nombre.
Añade días a los días del rey, que sus años alcancen varias generaciones; que reine siempre en presencia de Dios, que tu gracia y tu lealtad le hagan guardia.
Yo tañeré siempre en tu honor, e iré cumpliendo mis votos día tras día.
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.
¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.
Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos.
En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.
Escucha, oh Dios, la voz de mi lamento, protege mi vida del terrible enemigo; escóndeme de la conjura de los perversos y del motín de los malhechores:
afilan sus lenguas como espadas y disparan como flechas palabras venenosas, para herir a escondidas al inocente, para herirlo por sorpresa y sin riesgo.
Se animan al delito, calculan como esconder trampas, y dicen: "¿quién lo descubrirá?" Inventan maldades y ocultan sus invenciones, porque su mente y su corazón no tienen fondo.
Pero Dios los acribilla a flechazos, por sorpresa los cubre de heridas; su misma lengua los lleva a la ruina, y los que lo ven menean la cabeza.
Todo el mundo se atemoriza, proclama la obra de Dios y medita sus acciones.
El justo se alegra con el Señor, se refugia en El, y se felicitan los rectos de corazón.
En Sión, oh Dios, conviene alabarte y en Jerusalén cumplir nuestras promesas, pues tú has oído la súplica. Todo mortal viene a ti con sus culpas a cuesta; nuestros pecados nos abruman pero tú los perdonas.
Feliz tu invitado, tu elegido para hospedarse en tus atrios. Sácianos con los bienes de tu casa, con las cosas sagradas de tu Templo. Tú nos responderás, como es debido, con maravillas, Dios Salvador nuestro, esperanza de las tierras lejanas y de las islas de ultramar, tú que fijas los montes con tu fuerza y que te revistes de poder. Tú calmas el bramido de los mares y el fragor de sus olas; tú calmas el tumulto de los pueblos. Tus prodigios espantan a los pueblos lejanos, pero alegran las puertas por donde el sol nace y se pone. Tú visitas la tierra y le das agua, tú haces que dé sus riquezas. Los arroyos de Dios rebosan de agua para preparar el trigo de los hombres. Preparas la tierra, regando sus surcos, rompiendo sus terrones, las lluvias la ablandan, y bendices sus siembras. Coronas el año de tus bondades, por tus senderos corre la abundancia; las praderas del desierto reverdecen, las colinas se revisten de alegría; sus praderas se visten de rebaños y los valles se cubren de trigales, ¡ellos aclaman, o mejor ellos cantan!
Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: "¡Qué temibles son tus obras, por tu inmenso poder tus enemigos te adulan!"
Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres: transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente; sus ojos vigilan a las naciones, para que no se subleven los rebeldes.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, haced resonar sus alabanzas, porque él nos ha devuelto la vida y no dejó que tropezaran nuestros pies.
Oh Dios, nos pusiste a prueba, nos refinaste como refinan la plata; nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas un fardo: sobre nuestro cuello cabalgaban, pasamos por fuego y por agua, pero nos has dado respiro.
Entraré en tu casa con víctimas, para cumplirte mis votos: los que pronunciaron mis labios y prometió mi boca en el peligro.
Te ofreceré víctimas cebadas, te quemaré carneros, inmolaré bueyes y cabras.
Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo: a El gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua.
Si hubiera tenido yo mala intención, el Señor no me habría escuchado; pero Dios me escuchó, y atendió a mi voz suplicante.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica ni me retiró su favor.
Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar, tengo ronca la garganta; se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los pelos de mi cabeza son los que me odian sin razón; más duros que mis huesos, los que me atacan injustamente. ¿Es que voy a devolver lo que no he robado?
Dios mío, tú conoces mi ignorancia, no se te ocultan mis delitos. Que por mi causa no queden defraudados los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.
Que por mi causa no se avergüencen los que te buscan, Dios de Israel. Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre; porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí; cuando me visto de saco, se ríen de mí; sentados a la puerta cuchichean, mientras beben vino me sacan coplas.
Pero mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude:
arráncame del cieno, que no me hunda; líbrame de los que me aborrecen, y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no se cierre la poza sobre mí.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mí; no escondas tu rostro a tu siervo: estoy en peligro, respóndeme en seguida.
Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos: estás viendo mi afrenta, mi vergüenza y mi deshonra; a tú vista están los que me acosan.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. Espero compasión, y no la hay; consoladores, y no los encuentro. En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.
Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias; le agradará a Dios más que un toro, más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas.
El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá, y las habitarán en posesión. La estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella.
A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame.
Se tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa, del puño criminal y violento; porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías, siempre he confiado en ti.
Muchos me miraban como a un milagro, porque tú eres mi fuerte refugio. Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria, todo el día.
No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones; porque mis enemigos hablan de mí, los que acechan mi vida celebran consejo; dicen: "Dios lo ha abandonado; perseguidlo, agarradlo, que nadie lo defiende".
Dios mío, no te quedes a distancia; Dios mío, ven aprisa a socorrerme. Que fracasen y se pierdan los que atentan contra mi vida, queden cubiertos de oprobio y vergüenza los que buscan mi daño.
Yo, en cambio, seguiré esperando, redoblaré tus alabanzas; mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Contaré tus proezas, Señor mío, narraré tu victoria, tuya entera.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, ahora, en la vejez y las canas, no me abandones, Dios mío,
hasta que describa tu brazo a la nueva generación, tus proezas y tus victorias excelsas, las hazañas que realizaste: Dios mío, ¿quién como tú?
Me hiciste pasar por peligros, muchos y graves: de nuevo me darás la vida, me harás subir de lo hondo de la tierra;
acrecerás mi dignidad, de nuevo me consolarás; y yo te daré gracias, Dios mío, con el arpa, por tu lealtad;
tocaré para tí la cítara, Santo de Israel; te aclamarán mis labios, Señor, mi alma, que tú redimiste;
y mi lengua todo el día recitará tu auxilio, porque quedaron derrotados y afrentados los que buscaban mi daño.
Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.
Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador.
Que dure tanto como el sol, como la luna, de edad en edad; que baje como lluvia sobre el césped, como llovizna que empapa la tierra.
Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.
Que en su presencia se inclinen sus rivales; que sus enemigos muerdan el polvo; que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo.
Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan.
El librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres; él rescatará sus vidas de la violencia, su sangre será preciosa a sus ojos.
Que viva y que le traigan el oro de Saba, que recen por él contínuamente y lo bendigan todo el día.
Que haya trigo abundante en los campos, y susurre en lo alto de los montes; que den fruto como el Líbano, y broten las espigas como hierba del campo.
Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas; bendito por siempre su nombre glorioso; que su gloria llene la tierra. ¡Amén, amén!
¡Qué bueno es Dios para el justo, el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso, casi resbalaron mis pisadas: porque envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas, ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo, y los cubre un vestido de violencia; de las carnes les rezuma la maldad, el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal, y desde lo alto amenazan con la opresión. Su boca se atreve con el cielo. Y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos y se bebe sus palabras. Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber, se va a enterar el Altísimo?" Así son los malvados: siempre seguros, acumulan riquezas.
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón y he lavado en la inocencia mis manos? ¿Para qué aguanto yo todo el día y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: "Voy a hablar con ellos", renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo, porque me resultaba muy difícil; hasta que entré en el misterio de Dios, y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero, los precipitas en la ruina; en un momento causan horror, y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor, al despertarte desprecias sus sombras.
Cuando mi corazón se agriaba y me punzaba mi interior, yo era un necio y un ignorante, yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo, tu agarrarás mi mano derecha, me guías según tus planes, y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo.
Sí: los que se alejan de tí se pierden; tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio, y contar todas tus acciones en las puertas de Sión.
¿Por qué, oh Dios, nos tienes siempre abandonados, y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño?
Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo, de la tribu que rescataste para posesión tuya, del monte Sión donde pusiste tu morada.
Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio; el enemigo ha arrasado del todo el santurario. Rugían los agresores en medio de tu asamblea, levantaron sus propios estandartes.
En la entrada superior abatieron a hachazos el entramado; después, con martillos y mazas, destrozaron todas las esculturas.
Prendieron fuego a tu santuario, derribaron y profanaron la morada de tu nombre. Pensaban: "acabaremos con ellos", e incendiaron todos los templos del país.
Ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta: nadie entre nosotros sabe hasta cuando.
¿Hasta cuando, oh Dios, nos va a afrentar el enemigo? ¿No cesará de despreciar tu nombre el adversario? ¿Por qué retraes tu mano izquierda y tienes tu derecha escondida en el pecho?
Pero tú, Dios mío, eres rey desde siempre, tú ganaste la victoria en medio de la tierra.
Tú hendiste con fuerza el mar, rompiste la cabeza del dragón marino; tú aplastaste la cabeza del Leviatán, se la echaste en pasto a las bestias del mar; tú alumbraste manantiales y torrentes, tú sacaste ríos inagotables.
Tuyo es el día, tuya la noche, tú colocaste la luna y el sol; tú plantaste los linderos del orbe, tú formaste el verano y el invierno.
Tenlo en cuenta, Señor, que el enemigo te ultraja, que un pueblo insensato desprecia tu nombre; no entregues a los buitres la vida de tu tórtola, ni olvides sin remedio la vida de los pobres.
Piensa en tu alianza: que los rincones del país están llenos de violencias. Que el humilde no se marche defraudado, que pobres y afligidos alaben tu nombre.
Levántate, oh Dios, defiende tu causa: recuerda los ultrajes contínuos del insensato; no olvides las voces de tus enemigos, el tumulto creciente de los rebeldes contra ti.