El luchador veterano soporta los insultos;
conoce la fuerza de su puño,
la habilidad de sus golpes.
Frente al oponente poco preparado,
él apenas lo contempla, mostrando la fuerza
de su mirada.
Vence sin necesidad de que la lucha
pase al plano físico.
A medida que el guerrero de la luz
aprende con su maestro espiritual,
la luz de la fe brilla cada vez más en sus ojos,
y ya no necesita probarle nada a nadie.
Ya no importan los argumentos agresivos del
adversario, que dicen que Dios es superstición,
que los milagros son trucos,
o que creer en ángeles es huir de la realidad.
Al igual que el luchador,
el guerrero de la luz conoce su inmensa fuerza;
y jamás lucha con quien no merece
la honra del combate