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Me acostumbre a no decir nada, ni lo bueno ni lo malo
si la vide me sonríe la disfruto en silencio, si me duele,
lo lloro a solas.
Quizás porque, al final, aprendí que mis alegrias y mis
tristezas tienen su propio lenguaje uno que solo Dios y
yo podemos entender.
d/a
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