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General: LA MUJER QUE REZABA EN SILENCIO
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Da: Atlantida  (Messaggio originale) Inviato: 05/02/2026 02:06
La mujer que rezaba en silencio mientras el pueblo se olvidaba de Dios
Había una vez, en un pueblo tranquilo de Cochabamba donde las campanas ya casi no sonaban, una mujer llamada Martina. No era joven ni llamativa. Tenía el cabello siempre recogido, las manos ásperas por el trabajo y una mirada serena que pocos notaban. Vivía sola en una pequeña casa de adobe cerca de la iglesia vieja, esa que antes era el centro del pueblo y ahora apenas era un edificio más.
Martina se levantaba todos los días antes del amanecer. Mientras el pueblo dormía o se preparaba para ir al campo, ella encendía una vela pequeña en su cocina, se sentaba en una silla baja y rezaba en silencio. No lo hacía por costumbre vacía, sino porque era la única forma que conocía de empezar el día. No pedía cosas grandes. Rezaba por los enfermos, por los niños, por los que se habían ido y por los que ya no creían.
Años atrás, la iglesia se llenaba. Martina lo recordaba bien. Recordaba las misas largas, las fiestas patronales, los cantos y las procesiones. Con el tiempo, todo eso se fue apagando. La gente empezó a decir que no tenía tiempo, que la fe no daba de comer, que Dios estaba lejos. Martina no discutía. Seguía rezando.
Durante el día trabajaba como costurera. Arreglaba ropa, cosía botones, remendaba lo que otros ya daban por perdido. Su casa siempre tenía hilos de colores, telas gastadas y una calma particular. Muchos iban a verla por necesidad, pocos por conversación. No sabían que cada prenda que cosía llevaba también una oración silenciosa.
Los domingos, Martina iba a la iglesia aunque casi nadie más lo hiciera. Se sentaba en el mismo banco de siempre, cerca del fondo. El cura celebraba la misa con voz cansada. A veces solo eran tres o cuatro personas. Martina escuchaba con atención, como si el templo estuviera lleno.
En el pueblo, algunos decían que Martina vivía en el pasado. Que rezar no cambiaba nada. Ella escuchaba esos comentarios sin responder. Sabía que la fe no necesitaba defensa, solo constancia.
Los años pasaron y el pueblo cambió. Llegaron nuevas preocupaciones, nuevas costumbres. Los jóvenes se fueron, los viejos se cansaron. La iglesia empezó a deteriorarse. El techo goteaba, las paredes se resquebrajaban. Martina lo veía y sentía una tristeza honda, pero no desesperación.
Un año particularmente duro trajo enfermedades y malas cosechas. El pueblo empezó a inquietarse. Algunos se preguntaban qué habían hecho mal. Otros se enojaban con todo. Martina rezaba más. No con palabras nuevas, sino con más silencio.
Una noche, una tormenta fuerte azotó el pueblo. El viento arrancó parte del techo de la iglesia. Al día siguiente, nadie fue a ver los daños. Martina sí. Caminó despacio hasta el templo y entró. El piso estaba mojado, el altar cubierto de polvo y hojas. Martina se arrodilló y lloró en silencio. No por el edificio, sino por lo que representaba.
Ese día decidió hacer algo distinto. No grandes discursos ni llamados. Empezó a limpiar la iglesia sola. Barría un poco cada mañana. Secaba el piso. Remendaba cortinas viejas. Llevaba flores del campo y las ponía en un frasco. Encendía una vela.
Al principio nadie lo notó. Luego alguien pasó y vio la puerta abierta. Entró por curiosidad. Después otra persona se quedó unos minutos. Martina no invitaba ni insistía. Solo estaba.
Un domingo apareció una familia. El siguiente, dos más. No era multitud, pero era algo. El cura empezó a hablar con más ánimo. Las campanas volvieron a sonar, aunque tímidas.
Martina seguía rezando en silencio. No se sentía responsable de nada. Sabía que no había obligado a nadie. Simplemente había cuidado lo que otros habían abandonado.
Un día, una mujer joven se sentó a su lado y le preguntó por qué seguía creyendo cuando tantos ya no lo hacían. Martina pensó un momento y respondió que no rezaba porque todos creyeran, sino porque alguien tenía que hacerlo.
Los años siguieron pasando. Martina envejeció. Sus pasos se hicieron más lentos, sus manos más temblorosas. Pero cada mañana encendía su vela. Cada domingo ocupaba su banco.
Cuando murió, el pueblo entero fue a despedirla. La iglesia estaba llena como no lo había estado en años. Muchos no sabían explicar por qué estaban allí, pero sentían que debían estarlo.
Alguien dijo que Martina había sostenido la fe del pueblo sin que nadie se diera cuenta. No con palabras, sino con presencia.
Moraleja. Cuando todos se olvidan, alguien debe recordar. La fe, la esperanza y los valores no siempre se sostienen con ruido, sino con la silenciosa constancia de quienes nunca se van.


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