Ore… Dios lo escuchará…
Con frecuencia me escriben diciendo: "Pídale a Dios por tal o cual asunto, ya que Dios a usted sí lo escucha". ¡Tremendo error! Dios nos oye a todos. Basta que vayamos a Su presencia con la actitud correcta, confiando en Su poder que no tiene límites.
Quítese de la cabeza la idea de que el Señor oye a unos más que a otros. Eso no es así, como nos enseña la Biblia: "…La oración ferviente de una persona justa tiene mucho poder y da resultados maravillosos."(Santiago 5:16 b, Nueva Traducción Viviente)
Si clamamos, confiando plenamente en el poder de Dios, no hay límites. Todo cuando le pidamos, podrá ocurrir. Basta que confiemos y creamos que Su poder va mucho más allá de nuestra comprensión humana.
Recuerdo a un joven que pedía a Dios ser un evangelista famoso. No se preocupaba tanto en extender el mensaje de Salvación, sino en la fama. Esa era su motivación central. Y se quejaba de que Dios no respondía. ¿La razón? No pedía para honrar y glorificar a Dios sino para su propio beneficio.
El apóstol Santiago explicó que esta era la razón fundamental para que nada ocurriera en la vida de muchas personas: "Aun cuando se lo piden, tampoco lo reciben porque lo piden con malas intenciones: desean solamente lo que les dará placer" (Santiago 4:3, Nueva Traducción Viviente).
El problema radica, entonces, en que nos enfocamos en nosotros mismos y no en que Dios haga su voluntad. Muchos de los tropiezos que enfrentamos en la oración cambiarán sustancialmente si cambia nuestra actitud. De lo contrario, es decir si seguimos pidiendo para satisfacer nuestros deseos, ocurrirá lo que advirtió el propio apóstol Santiago: "Esas personas no deberían esperar nada del Señor" (Santiago 1:7, Nueva Traducción Viviente).
Jamás olvide que el Dios en el que hemos creído, responde con poder a nuestras oraciones. No hay límites; sin embargo, debemos pedir conforme a Su voluntad. Siempre, en todas las circunstancias, es nuestro Supremo Hacedor quien debe glorificarse. Usted y yo somos únicamente Sus instrumentos.
No deje que pase este día sin que haya tomado la mejor decisión de su vida: recibir a Jesucristo como su único y suficiente Salvador. ¡Jamás se arrepentirá!