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Ahora es mi turno, cuando cierro los ojos...
Ahora es mi turno, cuando cierro los ojos y me olvido de ti, de tu salvaje higuera y tus higos salvajes, cuando tu carne, como un libro de cuentos, resplandece en la noche a la luz de un hogar mediterráneo; y me dejo cegar por el brillo solar de la memoria mientras mi cuerpo entero se quema en un chispazo.
Ahora infantiles yemas te descubren, y entre las llamas muertas rescato el viejo yugo, los utensilios viejos y las viejas guirnaldas del buey, de la cebada y de la Pascua de Resurrección. Es mi turno, no el tuyo. Te levanto en mis palmas como se exponen los recién nacidos a las nubes plomizas, irritadas como vacas repletas que atronan el establo los campos secos, el pozo, la uva amarga.
Pero tú, hecha una niña, también tientas las ubres, y arqueada jadeas entre brasas; es mi turno y tú danzas resonando perpleja y sonriente, átomo, brizna, astilla de una combustión que no puedo pensar sin sentirme infinito.
Tus yemas y tu sonrisa atónita me invitan al incendio... pero me venden luego por la espalda como cosa fútil, como ese azar minúsculo, gratuito que te alcanza las nubes y se empeña en durar.
Y mientras tú contratas con terribles clientes a los que yo sólo conozco por el nombre, y cuyas sombras, mantos, miradas esquinadas, me hacen alzar la sábana aterrado; hundido al fin, hundido, olvidado por fin, perdido y solo, cobijado en mí mismo, puedo gritar, gritar hasta romper el techo y por la grieta ver la esplendorosa faz sin ojos y sin boca que me agarra del cuello y me disuelve en risas, fuego de azufre, espanto y aroma de castaños.
Felix de Azua

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Ahora es mi turno, cuando cierro los ojos...
Ahora es mi turno, cuando cierro los ojos y me olvido de ti, de tu salvaje higuera y tus higos salvajes, cuando tu carne, como un libro de cuentos, resplandece en la noche a la luz de un hogar mediterráneo; y me dejo cegar por el brillo solar de la memoria mientras mi cuerpo entero se quema en un chispazo.
Ahora infantiles yemas te descubren, y entre las llamas muertas rescato el viejo yugo, los utensilios viejos y las viejas guirnaldas del buey, de la cebada y de la Pascua de Resurrección. Es mi turno, no el tuyo. Te levanto en mis palmas como se exponen los recién nacidos a las nubes plomizas, irritadas como vacas repletas que atronan el establo los campos secos, el pozo, la uva amarga.
Pero tú, hecha una niña, también tientas las ubres, y arqueada jadeas entre brasas; es mi turno y tú danzas resonando perpleja y sonriente, átomo, brizna, astilla de una combustión que no puedo pensar sin sentirme infinito.
Tus yemas y tu sonrisa atónita me invitan al incendio... pero me venden luego por la espalda como cosa fútil, como ese azar minúsculo, gratuito que te alcanza las nubes y se empeña en durar.
Y mientras tú contratas con terribles clientes a los que yo sólo conozco por el nombre, y cuyas sombras, mantos, miradas esquinadas, me hacen alzar la sábana aterrado; hundido al fin, hundido, olvidado por fin, perdido y solo, cobijado en mí mismo, puedo gritar, gritar hasta romper el techo y por la grieta ver la esplendorosa faz sin ojos y sin boca que me agarra del cuello y me disuelve en risas, fuego de azufre, espanto y aroma de castaños.
Felix de Azua

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