Como adulto, he dejado de crecer físicamente; sin embargo, tengo muchas oportunidades para crecer emocional y espiritualmente. Estar dispuesto a considerar nuevas ideas es la clave para mi crecimiento. Una planta crece bajo las condiciones y el sustento apropiados. De manera similar, crezco cuando nutro mi mente y espíritu.
Oro y medito con regularidad. Leo libros y artículos edificantes. Tomo parte en clases y talleres que me ayuden a expandir mi comprensión espiritual. Tengo presente los hallazgos afortunados y hermosos en mi vida. Aprendo a observar mis sentimientos y pensamientos, mis acciones, reacciones y respuestas. Amplío mi conciencia de lo que está a mi alrededor y en mí. ¡Sé que Dios está en todo!
El niño crecía y se fortalecía, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios era sobre él.—Lucas 2:40
Al observar un amanecer o la majestuosidad de una montaña, percibo vívidamente la presencia de Dios. Al leer acerca de personas quienes ayudan a los demás, veo a Dios en acción. Soy inspirado a seguir el ejemplo de las personas generosas a mi alrededor —prestar el mayor servicio posible compartiendo mis dones.
Al orar, busco la guía del Espíritu. Tengo presente que mi amor, mis palabras y mis acciones son las mejores herramientas para llevar a cabo la obra de Dios. Tal como sale el sol al amanecer, puedo decir palabras que le iluminen el día a alguien. Igual que la montaña, puedo ser una roca firme para quien lo necesite. Mantengo la intención de ser Dios en acción en todo aspecto de mi vida.
Proclamaré el nombre del Señor: ¡reconozcan la grandeza del Dios nuestro!—Deuteronomio 32:3
El maestro y ministro Eric Butterworth describe la prosperidad como bienestar espiritual. Él hace notar que el bienestar espiritual se manifiesta de muchas maneras. ¡Reclamo mi bienestar espiritual como una expresión gozosa del Creador! Visualizo que el bien que deseo se manifiesta en mi vida.
Me visualizo saludable, comiendo alimentos nutritivos y haciendo ejercicio diariamente. Me veo amado y siendo amoroso; seguro y protegido de todo peligro. Tengo mucho que dar, y comparto generosamente mis dones y talentos. Siento gratitud al reconocer la prosperidad en mi vida. Reconozco que soy uno con la abundancia de Dios, y estoy receptivo a un fluir de bien aún mayor.
¡Que sea en las cumbres de los montes como un puñado de grano que cae en la tierra!—Salmo 72:16
Confío en la actividad de Dios en mí que hace latir mi corazón, guía mis pensamientos y atrae mi bien. Así como el sol sale y se pone cada día, el Espíritu Santo es una fuerza de vida constante. Esta fuerza anima mi cuerpo, da energía a mi aliento y vigor a mi espíritu.
La actividad de Dios está presente en mis ideas y pensamientos creativos. La sabiduría de mi Creador me ilumina. Su fortaleza me da poder y Su amor llena mi corazón. Al orar y escuchar, soy sustentado espiritualmente. Me mantengo alineado con el Espíritu Santo pasando tiempo cada día en el Silencio. Al hacerlo, recibo todo lo que necesito para vivir plenamente y con propósito.
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.—Romanos 5:5