Vivir plenamente incluye aceptar esas experiencias que me sacan de mi zona de comodidad. Puede que esté comenzando algo nuevo en mi vida o solucionando desavenencias en una relación personal. Tal vez esté pasando por cambios en mi trabajo o enfrentando dificultades financieras o de salud.
A pesar de lo que enfrente, no me siento ansioso. En vez de ello, me dirijo a mi interior y me mantengo receptivo —en mente, cuerpo y espíritu— a la sabiduría edificante y siempre presente de Dios. Sé que sin importar mis circunstancias, la seguridad y el amor divinos permanecen conmigo a cada paso del camino. Acojo la guía clara y continua que el Espíritu me ofrece. Sé lo que debo hacer y cuándo hacerlo. Encuentro paz y consuelo en Dios.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios. La aurora nos visitó desde lo alto.—Lucas 1:78
Acepto la plenitud como el modelo divino de mi ser. Cuando alineo mis pensamientos con esta Verdad, estimulo la salud en todo átomo y célula de mi cuerpo. Myrtle Fillmore escribió: “Dios es la vida perfecta que fluye por medio de nosotros… Dios es nuestra única realidad; todo lo demás no es más que una sombra”.
Elijo evaluar esos patrones o creencias que no son parte de la voluntad de Dios para mí. Los saco de las sombras y los entrego a la luz de la transformación. Este dejar ir eleva mi conciencia a una nueva expectativa de plenitud. Digo palabras de verdad, amor y gratitud a mi cuerpo. Todo mi ser —cuerpo, mente y espíritu— responde a la vida divina. Soy renovado.
Si todo tu cuerpo está lleno de luz … será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.—Lucas 11:36