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Respuesta  Mensaje 1 de 1 en el tema 
De: Marti2  (Mensaje original) Enviado: 16/03/2013 04:49
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SaintSaint-Exupéry era un piloto de caza que luchó contra los nazis

y murió en acción.

Antes de la segunda guerra mun­dial, luchó contra los fascistas en la

guerra civil española. A partir de aquella experiencia escribió

un cuento fasci­nante con el título de La sonrisa (Le sourire).

Éste es el relato que quisiera compartir con vosotros ahora.

Aunque no está claro si la intención del autor era escribir

un texto autobiográfico o de ficción,

yo prefiero creer en la primera posibilidad.

Cuenta el autor que, capturado por el enemigo,

lo confi­naron en una celda. Por las miradas desdeñosas y

el rudo tratamiento que recibió de sus carceleros,

estaba seguro de que al día siguiente lo ejecutarían.

A partir de aquí contaré la historia tal como la recuerdo,

con mis propias palabras.

•Estaba seguro de que me matarían, y me fui poniendo tremendamente

inquieto y nervioso. Repasé mis bolsillos en busca de algún

cigarrillo que pudiera haber quedado en ellos pese al registro

y encontré uno que, con manos tem­blorosas,

apenas pude llevarme a los labios.

Pero no lenía fósforos; eso sí se lo habían llevado.

•Por entre los barrotes miré a mi carcelero,

que evitaba mantener contacto conmigo.

Después de todo, nadie in­tenta mirar a los ojos a una cosa,

a un cadáver. Decidí preguntarle:

•¿Tiene fuego, por favor?

•Me miró, se encogió de hombros y se acercó a encen­derme el

cigarrillo.

•Mientras se acercaba para encender el fósforo, sin inten­ción alguna,

nuestros ojos se cruzaron. En ese momento, sin saber por qué,

le sonreí.

Quizá fuera por nerviosismo, tal vez porque cuando dos personas

están muy cerca una de otra es muy difícil no sonreír.

En todo caso, le sonreí. En ese instante fue como si

se encendiera una chispa en nuestros corazones,

en nuestras almas: éramos humanos.

Sé que aunque él no lo quería, mi sonrisa pasó a través de los barrotes

y provocó otra sonrisa en sus labios.

Me encendió el cigarrillo y se quedó cerca,

mirándome directa­mente a los ojos, sin dejar de sonreír.

•También yo seguí sonriéndole; ahora ya lo veía como a una persona,

no como a un simple carcelero.

Pareció como si el hecho de que me mirara hubiera cobrado

tam­bién una nueva dimensión.

—¿Tienes hijos? -me preguntó.

—Sí, mira.

•Saqué la cartera y busqué las fotos de mi familia.

Él tam­bién sacó las fotos de sus hijos y empezó a hablar de los planes

y las esperanzas que ellos le inspiraban.

A mí se me llenaron los ojos de lágrimas.

Le dije que temía no vol­ver a ver nunca a mi familia,

no poder llegar a verlos cre­cer.

A él también se le humedecieron los ojos.

•De pronto, sin decir nada más, abrió la puerta

y sin aña­dir palabra me guió hacia la salida. Ya fuera de la cárcel,

silenciosamente y por callejas apartadas

y me condujo fuera de la ciudad.

Allí, ya casi en el límite, me dejó en libertad y,

sin una palabra más, regresó.

•Aquella sonrisa me había salvado la vida.

Sí, la sonrisa... el contacto espontáneo, natural,

no afec­tado entre las personas.

Éste es un episodio que cuento en mi trabajo

porque me gustaría que la gente pensara en que,

debajo de todas las capas defensivas que construimos

para protegemos, para proteger nuestra dignidad,

nuestros títulos,- nuestros grados,

nuestro estatus y nuestra necesi­dad

de que nos vean de tal o cual manera...

por debajo de todo eso, sigue estando,

auténtico y esencial, lo que so­mos.

No me asusta llamarlo alma.

Realmente, creo que si esa parte de ti y

esa parte de mí pudieran reconocerse la una a la otra,

no seríamos enemigos.

No podríamos sentir odio ni envidia ni miedo.

Con tristeza llego a la conclu­sión de que todos esos

estratos que tan cuidadosamente vamos construyendo

a lo largo de toda la vida, nos distan­cian de los demás

y nos aislan de cualquier auténtico con­tacto con ellos.

El relato de Saint-Exupéry nos habla de ese momento

mágico en que dos almas se reconocen.

No he tenido más que unos pocos momentos como aquél.

Enamorarse es un ejemplo y también observar a un bebé.

¿Por qué sonreímos cuando vemos un bebé?

Quizá sea porque vemos a alguien que aún no tiene todas

esas ba­rreras defensivas, alguien que, bien lo sabemos,

cuando nos sonríe lo hace de forma totalmente auténtica y sin en­gaños.

Y el alma de bebé que seguimos llevando dentro

sonríe con melancólico agradecimiento.

Hanoch McCarty

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