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Mitos y Leyendas: Leyenda del origen de Noya
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From: Thenard  (Original message) Sent: 27/07/2010 21:31
[Agradecemos a Juan G. Atienza, permitirnos reproducir un fragmento de su libro "Guía de leyendas españolas"].


____J.G.Atienza es uno de los historiadores y filólogos heterodoxos más rigurosos y fascinantes. Autor, entre otras obras, de "Los santos imposibles", "En busca de la historia perdida", "Leyendas del camino de Santiago" o sus libros sobre los Templarios.

*********

Leyenda del origen de Noya (Coruña,Galicia,España,Europa,La Tierra).-




¿Sabéis por qué Noya se llama Noya?. Porque allí mismo tuvo lugar el desembarco del patriarca Noé después del Diluvio Universal. Porque aquí llegó la paloma, tomó la rama de olivo y regresó al Arca. Y porque aquí mismo plantó Noé su viña y se emborrachó con sus primeros frutos. Y ahí arriba, en las faldas del monte Barbanza que configura la península, quedó enterrada para siempre el Arca de la salvación.


Luego, los hijos de Noé le dieron nietos al patriarca; algunos, al parecer, nacieron aquí mismo. Uno de ellos, Tubal, tuvo a su vez una hija a la que puso de nombre Noela. Y Noela casó con su hermano, Galo Gafeto, y ambos fundaron la ciudad en memoria de su antepasado.


Comentarios de Atienza: Memorias noéticas.-


Es más que curioso que la historia peninsular -y no precisamente la que hoy nos enseñan oficialmente, sino la que repitieron machaconamente cronistas e historiadores hasta el siglo XVII, que luego fue rechazada de plano repentinamente y considerada como simple y llana fabulación de ignorantes que hicieron sólo caso de las narraciones del vulgo y de la Biblia- viene sistemáticamente a incidir en unos orígenes del pasado peninsular que, sin excepción, parten de ese instante mítico del fin del Diluvio Universal y de la llegada a nuestras tierras de un Noé, o de varios, que fundaron aquí un poderoso imperio en los instantes más oscuros y desconocidos del tiempo. Un imperio, por cierto, que si juzgamos por aquellas lecturas, se revistió de una indudable coherencia narrativa y hasta cronológica, aunque partiera de un instante temporal que, sin más, podemos ya rechazar en tanto que origen de la Humanidad, aunque la cosa variaría sustancialmente si nos planteásemos ese origen como el de una Humanidad determinada, es decir, de una civilización concreta o hasta, si queremos, de nuestro propio mundo histórico.


En esa historia que cabalga sobre el mito, la descendencia noética se encuentra claramente establecida en la descripción de los acontecimientos y circunstancias que rodearon y determinaron la singularidad de aquellos monarcas que iban enlazando su propia vivencia con la corroboración legendaria de toda la mítica mediterránea. Es una aventura histórica que no hace otra cosa -pero no es poco- que evidenciar y dar crédito a todo el universo mítico que los historiadores posteriores se dedicaron a demoler sistemáticamente, hasta dejarlo relegado a simple fabulación popular sin fundamento. Nadie quiso pensar entonces -y aún ahora, pocos se atreven a hacerlo- que nada se inventa desde la nada y que todo, incluso las alucinaciones esquizofrénicas, serían impensables sin el sostén de un esquema vital o histórico que corroborase por un lado o por otro cualquier supuesta invención.


La cosa, sin embargo, se complica cuando surgen indicios, por sutiles que sean, de que hay efectivamente una base de relativas verosimilitudes en lo que siempre vino a tomarse como pura invención sin fundamentos palpables; o cuando se constata que determinadas afirmaciones pueden tener un sentido si aplicamos una tabla de valores interpretativos distinta a la habitual; o cuando, en fin, nos damos cuenta de que algo aparentemente gratuito y sin sentido empieza a adquirir identidad si somos capaces de relacionar hechos o circunstancias que hasta entonces estuvimos midiendo por diferentes raseros, cuando en realidad formaban parte de un mismo todo.


Ejemplificar cuanto acabo de decir escaparía a los condicionamientos generales de esta Guía y nos obligaría a dedicar demasiadas páginas a la cita de circunstancias que nada o muy poco tendrían que ver con ella. Sin embargo, la misma NOYA -y por eso ha sido elegida por mí por enésima vez a la hora de meterle mano a los orígenes de las leyendas y a las causas de su aparición- contiene en su entorno y hasta en su mismo núcleo urbano suficientes claves para permitirnos colocarla como ejemplo característico de muchos otros casos que, luego, cualquier lector con ganas podrá encontrar fácilmente por su cuenta en veinte lugares distintos.


La identidad del Arca.-


El Arca de Noé fue -resulta ya hasta estúpido recordarlo- una nave que guardó, en instantes cruciales para la Humanidad, la semilla de la vida, que luego habría de fructificar en un planeta arrasado por el Gran Cataclismo. Fue, pues, el contenedor de todo cuanto significa existencia y supervivencia y fue diseñada y construida por el patriarca Noé, según las estructuras, la materia prima y las medidas exactísimas y precisas que le fueron dictadas por la Divinidad en persona (Gén. VI, 14-21): la misma Divinidad que dictaría a Moisés las características justas de la otra Arca -la de la Alianza (Ex.XXV, 10-22)- y a Salomón las medidas, las proporciones y los materiales y hasta los objetos de culto de los que saldría el Templo (1Reyes,VII,1-38).


El Arca es, por lo tanto, -y vuelvo sobre la de Noé- , obra directa de Yavé, aunque el patriarca fuera su amanuense, designado como tal lo mismo que fue el encargado de cumplir con la preservación de esa semilla vital de la que renacería la vida en un mundo destruido por la catástrofe. El Arca contendría, pues, no sólo ese germen de vida del que surgiría el renacer planetario, sino toda una serie de claves que acercarían, a quien supiera descubrirlas, a una parte fundamental de la identidad divina, del saber sagrado prohibido a la ignorancia de los humanos.


Curiosamente, en la tradición popular religiosa universal -y me refiero al sentimiento divinal inmediato de los seres humano- el legado de unos antepasados desconocidos que dejaron la huella de su remota presencia en monumentos de piedra -los restos conservados de las formas culturales megalíticas: dólmenes, menhires, cromlechs, piedras solares y petroglifos- pasó a ser, de modo generalizado, la manifestación inmediata e inmortal de unos poderes y unos conocimientos que ya sólo cabía venerar, como muestras que eran de una trascendencia que había identificado la sacralidad con el saber y la vida con el conocimiento de los secretos del Cosmos, esencialmente desconocido, misterioso y aterrador por su infinitud inabarcable. El pueblo, contra vientos de dogmas y mareas de anatemas, asimilaba sacralidad y conocimiento, magia y saberes arcanos, presencia de un pasado desconocido y recuerdo de acontecimientos mitificados que se aceptaban como credo incontrovertible.


El Arca, decían en NOYA, recaló en las cumbres del monte Barbanza, el Ararat gallego, uno de los dos o tres olimpos célticos de la comarca de la Costa de la Muerte. Allí sigue enterrada, esperando que los tiempos la descubran y den cuenta cabal de su poder. Pero ese monte Barbanza, que se levanta en forma de macizo boscoso a la vera de NOYA, conformando su península sinuosa, es uno de los principales núcleos del megalitismo gallego; un lugar donde puede detectarse la presencia de numerosos dólmenes, algunos de ellos en casi increíble estado de conservación respetuosa y todos ellos, sin excepción, piadosamente venerados por los campesinos y pescadores de la comarca como monumentos auténticamente sagrados, procedentes de un pretérito secularmente divinizado y levantados por seres míticos que compartían su naturaleza semidivina con los patriarcas bíblicos -semidioses también, o santos cristianizados de la nueva fe- que, como Noé mismo y algunos de sus descendientes, pasaron a formar parte del panteón tradicional que no se limitó al mundo judeo-cristiano, sino al acervo religioso del Mediterráneo y hasta el Cercano Oriente.


Iniciación: claves y sospechas.-


Pues no son sólo los signos de las losas lo que mueve al pensamiento de que allí -en torno a aquel enclave- se encierran unos indicios que pudieron motivar la presencia de grupos o de personalidades de inclinación claramente ocultista. Si pensamos de nuevo en la leyenda noética que ha venido a provocar este viaje; y si seguimos pensando, enlazando con ella y con su significado tradicional, que la búsqueda del conocimiento por caminos esotéricos ha tenido como base el convencimiento de la existencia remota de un saber arcano y perdido que habría que recuperar a partir de las claves que dejaron sus poseedores, queda la evidencia de que estos lugares del Finis Terrae fueron fundamentales a la hora de emprender esa búsqueda. Planteémonos abiertamente que esta zona constituye el más allá del Camino de Santiago (que termina, oficialmente al menos, con el encuentro de la muerte -siempre iniciática- bajo la figura del sepulcro de Compostela) y, por tanto, marca el comienzo ideal del saber trascendente que ha de llegar, por necesidad, después de la muerte, de la putrefacción alquímica. Pero no nos detengamos en ello y veremos cómo, para estos buscadores, el encuentro con el símbolo y la empresa de su interpretación, tanto a través de la leyenda como de la imagen, constituían la clave que habría de abrirles la puerta de ese saber ansiado; y que estos lugares están tachonados por todas partes con esas llamadas de atención que había que descubrir primero, para interpretar después y terminar comprendiendo.


Comencemos, si así lo queremos, por el mismo simbolismo que hemos descubierto a la entrada misma del cementerio: la leyenda subsidiaria de las serpientes que guardaban el lugar para que nadie se atreviera a hollarlo. Se trataba, pues, de un lugar protegido y estaba protegido porque guardaba un secreto. Curiosamente, la serpiente, desde el Génesis bíblico, ha sido tradicionalmente la guardadora del saber prohibido, de ese saber en pos del cual anda el ser humano a partir de ese instante en que prescinde del cumplimiento de la obediencia que le imponen los ritos y de las prohibiciones que emanan de los grupos de presión espiritual de todas las formas religiosas. La serpiente es la poseedora de ese saber vetado y, cuando surge, -bajo la forma de guardiana de tesoros, o hasta de un cementerio, como es éste el caso- hay que comenzar a plantearse que ese lugar guardado y prohibido contiene un secreto que necesita ser desvelado para penetrar en su significación.


Pero esta serpiente del cementerio de NOYA no es la única. Si cruzamos la ría por el puente Nafonso sobre el Tambre -un puente construido, según la tradición, por un pontífice también iniciado que pidió ser enterrado a los pies de su obra-, llegaremos a MUROS, la población que da nombre a este brazo de mar con NOYA. En la iglesia de esta villa, apenas entremos, nos tropezaremos con una pila bautismal de agua bendita. Miremos en su interior: descubriremos una soberbia serpiente labrada en la misma piedra que sirvió para hacer la pila. Una serpiente que, colocada estratégicamente en aquel lugar, nos está dando igualmente la clave de que aquel agua tiene, gracias a ella, una doble bendición: la de la sabiduría añadida a la de la fe.


Pero la misma iglesia de MUROS tiene otro elemento que no podemos pasar por alto: un Cristo crucificado que recibe la devoción de todo el pueblo y que, según la tradición que abona su origen, llegó milagrosamente del mar. Dije milagrosamente. Pues todo lo que es prodigio, sacralidad, milagro, relación con lo divino, con el saber, con lo inalcanzable, cuando sucede aquí, viene del mar. También en MUROS hay una Virgen que llegó del mar. Y en CORCUBIÓN, un poco más arriba, una imagen de san Marcos que quiso quedarse allí cuando la llevaba para su tierra un velero veneciano. Y otro Cristo, el de Fisterra, que también lo encontraron flotando en medio de las olas y se puso a hacer prodigios en cuanto lo instalaron en su capilla y le colocaron un faldellín rojo para que nadie dudase de su sacralidad.


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