

El niño ya ha nacido, ha venido a esta parte del mundo. Silencio…duerme….no lo despiertes…

Cierra la boca si vas a decir algo, medítalo bien antes, después sencillamente brindale tus manos con entrega, y siempre, la mirada al frente, a los ojos.
Abre las manos y entrégalas generosamente al desvalido que esta noche solo tiene de acompañante el frío de su alma.
Invéntate lunas de perfumes y estrellas bronceadas, y deja tu pena en el camino.
Abrázate a la vida, no la desperdicies, solo tenemos una y hay que cuidarla.
Dale gracias a Cielo por todo lo que la vida te ha regalado a cambio de nada, a eso se le llama: generosidad.
Acuérdate que aquí estamos de paso, no lo des en falso, más bien asegúrate del camino menos pedregoso.
Habla, pero habla con mesura, con franqueza y con el corazón cuando llega la hora, se te va a notar rápido si lo sabes hacer bien.
Y cuando como yo ahora en nada de tiempo me vaya a descansar, cierra los ojos y por unos minutos, acuérdate de los que no han tenido la dicha enorme de sentir esta paz porque la vida le negó muchas oportunidades, o quizás las ha tenido y no supo guardarlas en la caja fuerte del diario pasar, del enorme tráfico, y se encontró en un momento en el atasco de cualquier carretera que no conduce a parte alguna, tú no lo permitas amigo o amiga, no disponemos de GPS que nos marque el verdadero camino. Emborráchate de vida y mira silenciosamente a esa cuna donde duerme El Niño Dios, pero…no lo despiertes.
Reme.