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Érase una vez un sueño, caprichoso, obstinado e insistente. Y que este sueño de mente en mente viajaba, sin encontrar el alma ideal, sin encontrar el dueño que de él se encargara, que de él cuidara, que de él se preocupara. Errante sentimiento, errante travesía sin destino fijado, viajero intranquilo de aguas turbulentas, por entre neuronas y pensamientos de gente que no lo dejaba entrar. Pero, sucedió un día, bendito encuentro, que el sueño encontró un alma, una mente, igual de caprichosa, igual de obstinada e insistente pero con mucha ternura y pasión guardada por dentro. Y, juntos, desde aquel dichoso día, viajan errantes por la nebulosa dicha, él alimentando la mente, ella haciéndolo realidad


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