Es la afirmación de que la presencia de Dios, “en forma de esclavo”, ésa es la forma definitiva que Dios ha asumido, sin vuelta atrás. Porque la forma humillada del que no puede pretender imponerse a nadie, ésa es la forma de presencia divina que Dios ha exaltado para siempre. El Dios kenótico que se nos ha dado a conocer en el Cristo kenótico nos viene a decir que a Dios sólo lo encontramos en lo kenótico: en la forma de vida del que se vacía de toda pretensión de grandeza, de majestad o de poder y dominación.
Conclusión: todo esto no es masoquismo, es humanidad. Lo kenótico es lo sencillamente humano. Aquello en lo que todos los seres humanos coincidimos, en lo que todos los humanos nos igualamos, lo que es común a todos, es decir, lo laico. De donde resulta que la conclusión a la que llegamos es que al Dios de Jesús, al Dios del cristianismos, lo encontramos, ante todo y sobre todo, en la laicidad: en la sociedad laica, en el Estado laico, en las instituciones laicas.
Porque ese modelo de sociedad, ese modelo de Estado, ese modelo de instituciones, no nos separan, ni nos dividen, ni nos enfrentan, sino que nos hacen coincidir a todos en la misma dignidad, en los mismos derechos, en la misma categoría. La categoría que salió de las manos de Dios, la categoría humana. Y no las “otras categorías”, que no vienen ya de Dios, sino que las hemos inventado los hombres: las categorías culturales, las categorías religiosas, las categorías sociales, las categorías políticas y todas las malditas categorías que nos hemos sacado de la manga, para imponernos unos a otros o, lo que es más grave, para enfrentarnos a los unos con los otros.
Al llegar a este punto, resulta inevitable hacer una referencia a la forma, visible y a la imagen externa, desde la que la Iglesia y sus dirigentes pretenden “representar” al Dios de Jesús. Es evidente que, si tomamos en serio la teología de los evangelios y de Pablo, el Dios kenótico no puede ser presentado y representado desde el boato, el lujo, la grandiosidad y el poder desde los que el clero pretende “representar” y “hacer presente” al Dios de Jesús en el mundo. No estamos hablando de una cuestión marginal. Al decir estas cosas, estamos tocando el fondo.
IV. Cómo vivir este cristianismo
Aquí me limito a hacer algunas propuestas conclusivas. Entre otras, me parece que se pueden presentar las siguientes:
1. Promover y fomentar, como las actitudes más básica y más fundamentales en la vida, el respeto y la tolerancia. Respeto y tolerancia con todos, sean del origen que sean, de color que sea, y tengan la mentalidad, la nacionalidad, las creencias, las costumbres o la forma de vida que tengan. Respeto es dejar vivir. Dejar que cada uno sea el que es, y que sea como es. Sin echar nunca nada en cara. Sin pasar facturas por los servicios prestados. Teniendo sólo el orgullo de que los demás sean como son.
Y luchando, en todo caso contra el fanatismo, cuya esencia consiste, como se ha dicho muy bien, “en el deseo de obligar a los demás a cambiar” (Samuel Oz). No olvidemos que “fanatismo” y “fanático” son términos que proceden del latín fanum, que, en la religión romana antigua, era el “lugar sagrado”. Por eso se comprende que “pro-fano” es lo que está fuera del fanum, es decir, al margen de “lo sagrado”. Así, la etimología nos enseña que la intolerancia y el fanatismo tienen su explicación última en la Religión. Una persona religiosa o que “sacraliza” sus ideas, sus convicciones, sus intereses, he ahí una persona intolerante, fanática, que irá por la vida faltando al respeto a todo el que no se somete a sus ideas y sus intereses.
Esto nos pone en la pista para descubrir la urgente necesidad que tenemos de trabajar por una sociedad laica y una convivencia laica. Pero, sobre todo, esto nos hacer caer en la cuenta de que, afectivamente, solamente en lo laico, y desde lo laico, es posible vivir el cristianismo. Tenía razón Dietrich Bonhoeffer, cuando en los años de la segunda guerra mundial, se preguntaba: “¿Cómo es posible que Cristo pueda hacerse Señor de los irreligiosos? ¿Hay realmente cristianos sin religión? ¿Qué es un cristianismo irreligioso?” Y el mismo Bonhoeffer se respondía con esta afirmación tan profunda como desconcertante: “El pecado del hombre no está en su caída en lo real, sino en su huida a lo ideal”.
Sigue parte 8
