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Las viudas africanas son unos pajaritos negros como el azabache que, al igual que el cuco, ponen los huevos en nidos de otras especies para que las incautas les críen a la prole. Pero tienen una peculiaridad: de polluelos aprenden las canciones de sus anfitriones. Cuando alcanzan la mayoría de edad se largan de su nido adoptivo, como buenos parásitos desagradecidos, pero llevan impresa en el cerebro la marca de su destino. Porque los machos cantan las canciones que han aprendido de pequeños. Y las hembras eligen como pareja sólo a los machos que cantan esas mismas canciones. Para colmo, cuando esas hembras tienen que poner los huevos, eligen los nidos de la especie que canta la misma canción, con lo que el ciclo se repite generación tras generación. El resultado de esa auténtica bomba darwiniana es que una única especie de viuda africana se ha dividido recientemente en nada menos que diez especies distintas: cada vez que a una viuda le da la pájara y deja sus huevos, aunque sea por error, en el nido de una especie no ensayada hasta entonces, la bomba darwiniana se pone en marcha y acaba apareciendo un nuevo modelo de viuda. No se precisa mucho tiempo. Tampoco una barrera geográfica. Basta perder por un minuto la partitura. Imaginen un símil humano. Los niños que crecen inyectándose OT se hacen adultos, se van de casa y sólo se aparean con otros niños que también crecieron inyectándose OT y, ¡oh, Dios mío!, allí no surge ninguna especie nueva porque todos los niños del mundo han crecido con la misma canción. La permanencia
intacta de nuestra especie parece estar garantizada por el mal gusto.

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