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Vaga el alma por los caminos interiores de mi vida, que, gastada, exprime su energía.
Vaga el alma, no exenta de alegría, descubriendo en la madurez paisajes que a los veinte años ni soñaría.
Y aunque el cuerpo amenace ruina, herido por la edad y las sorpresas enlutadas (que nos embisten tras las esquinas), ríe el alma; ríe y vibra, deleitándose en su armónico deambular por los intrínsecos senderos de mi vívida y vivida vida.

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