Un día co
mo el de hoy, pero del año 1977, el padre Rutilio Grande, muere en una emboscada, bajo el fuego de la metralla de los “Escuadrones de la muerte” salvadoreños. El sacerdote jesuita, párroco de Aguijares, se dirigía, por la carretera, en su Jeep para dar misa. Nadie investigó el crimen. La impunidad era una plaga que golpeaba a demasiada gente, y las víctimas, ni siquiera eran reconocidas como tales por el Estado terrorista de aquellos años. Sus verdugos lo sentenciaron a muerte luego del “sermón de Apopa” donde el padre Grande, en su denuncia, expresaba : “… me doy perfecta cuenta que muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán cruzar las fronteras. Sólo nos llegarán las cubiertas, ya que todas las páginas son subversivas (contra el pecado), se entiende. De manera que si Jesús cruza la frontera cerca de Chalatenango, no lo dejarán entrar. Le acusarían al Hombre – Dios… de agitador, de forastero judío, que confunde al pueblo con ideas exóticas y foráneas, ideas contra la democracia, esto es, contra las minorías. Ideas contra Dios, porque es un clan de Caínes. Hermanos, no hay duda que lo volverían a crucificar. Y lo han proclamado”. Es que el establecimiento de Unidades Eclesiales de Base y la organización del campesinado, resultaban intolerables para los terratenientes y el gobierno de ultra-derecha. Rutilio Grande, fue un religioso que se entregó a la tarea de hacer concientes de su dignidad cristiana a los miembros de su parroquia. Dignidad de seres libres que deben buscar el bien, la justicia, el desarrollo y el respeto de sus propios derechos.