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POEMA DE HALLOWEEN Hugo Néstor Olaiz
Hoy cayó Halloween en las montañas (el terror de un millón de calabazas) y las calles de Utah se poblaron de fantasmas y de brujas.
Tu abuelo Robert dice que la vida es un tango que hay que saber bailar, pero hoy la vida parece un carnaval, un desfile fatal de mascaritas, de cacerolas y de túnicas.
Celina Shaiel Olaiz, ¿qué más te cuento? Vos elegiste un año duro en que nacer --un año de derrumbes y de incendios--, pero eso tal vez tenga sus ventajas: Según una leyenda muy antigua, las niñas que nacen con revoluciones, saben hablar un lenguaje muy secreto, edifican altares con piedritas de basalto y, de noche, corren carreras con los pumas.
Cuando yo tenía diez u once años edifiqué con ladrillos de juguete las paredes del Templo de San Pablo, y a los ladrillos rotos los ponía en la parte que se queda a oscuras.
Celina, hija de Venus y de Diana, ciudadana de la selva y de la espuma, portadora del lenguaje misterioso que en el altar de Jackson, Misurí, le enseñaste a Adán con lecciones magistrales, pero que él nunca pasó de balbucear sino en un laberinto de señas y figuras: Todos los templos del cielo y de esta tierra tienen un cuarto que se queda a oscuras. Y aunque algunos sigan rompiendo porcelanas, cuando a vos y a mí nos toque el turno de reedificar el Templo de Nauvoo, las piedras solares las pondremos en la base y arriba irán las piedras de la luna; y en esa subversión universal de tierra, cielo, estrellas y culturas, restauraremos un lenguaje original y fundaremos una nueva arquitectura.
Celina Shaiel Olaiz, ¿qué más te cuento? A veces, en el milagro de un momento, el sol y la luna se saludan.
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