Realmente no podía disimular. Mis amigos más cercanos y mi familia me lo habían notado. Un desmoronamiento paulatino en mi ánimo me iba invadiendo desde hace tiempo. La vida es una constante lección de fortaleza, y mi mutismo respondía a esa lección. Incluso gentes que no me conocían, al pasar junto a mí, palmoteaban mi espalda dándome ánimos. Volaba un jilguero, y yo veía un cuervo. Comía una langosta y a nada me sabía. Sin embargo ahora he vuelto a sonreír. El sol vuelve a brillar. Y todo, porque parece que lo del mandatario de Venezuela es irreversible y rápido. Pronto alcanzarán la libertad millones de personas que hoy viven bajo la opresión de un animal. Con perdón para los animales. A ver si toman ejemplo en Cuba, Bolivia, etc…, y mi regocijo será pleno.