El gran sacerdote maya les informó a sus compañeros: “He decidido cambiar el ritual, muchachos. En adelante a las vírgenes las traeremos con nosotros, y a los dioses del cenote les arrojaremos unas galletitas”.
El primogénito del jefe piel roja estaba al borde de un insondable precipicio contemplando el paisaje que se extendía ante él. Con silenciosos pasos llegó por atrás Ciervo Blanco, indio medio cab..., e hizo como que lo empujaba al vacío. Con una carcajada le dijo: “¿Verdad que te saqué un susto, hijo de Toro Sentado?”. Contestó, rencoroso, el muchacho: “Sí, hijo de tu tiznada madre”.