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Tiempo devocional-Hector Spaccarotella: LA PARADOJA DE LA FELICIDAD
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De: hectorspaccarotella  (Mensaje original) Enviado: 12/08/2014 14:30

 

LA PARADOJA DE LA FELICIDAD

 

Un cuento muy antiguo relata que un hombre quería llevarle nueces a su esposa, que había prometido cocinarle su comida preferida hecha a base de estos frutos.

Lleno de gozo por la fiesta para su estómago que venía por delante, hundió la mano en la vasija que contiene las nueces y tomó todas las que pudieron entrar en su mano.

Al pretender sacar el brazo de la vasija le fue imposible por más que tiraba de él. Hizo todos los esfuerzos que pudo, hasta llegó a lastimarse la piel de la muñeca. Insultó, gritó, lloró.

Llamó a su esposa para que le diera ayuda tomando el recipiente mientras él tiraba con todas sus fuerzas. Pero la mano seguía trabada en el cuello de la vasija.

Luego de innumerables intentos llamaron a los vecinos.

Todos estaban muy interesados en ayudar. Uno de ellos miró a los ojos al hombre desesperado y le dijo:

 

-“te liberaré si hacés exactamente lo que te pido que hagas”.

-Lo haré de mil amores con tal que me liberes de esta tortura.

-Vuelve a meter la mano hasta el fondo de la vasija (dijo el vecino)

 

Esto soprendió al hombre. ¿porqué habría de meter el brazo en las profundidades del recipiente si quiere lograr precisamente lo opuesto?

No obstante recordando su promesa, hizo lo que le pidieron.

El vecino dijo luego:

 

-Ahora abrí tu mano y dejá caer las nueces.

 

Esto enojó al prisionero, porque si abría la mano dejaría caer las nueces y se quedaría sin su comida favorita. Pero refunfuñando obedece las indicaciones de su vecino.

Éste le dijo:

 

-Ahora cierra la mano juntando los dedos y sácala lentamente de la vasija.

 

La mano salió con toda facilidad. Pero el hombre no estaba totalmente satisfecho.

 

-He logrado sacar la mano, pero ¿y las nueces?

 

Entonces el vecino toma la vasija, la inclina e hizo rodar fuera tantas nueces como fue necesario.

El hombre liberado lo observa con gran sorpresa y le dice: “¿vos sos mago?”

 

Hasta aquí la historia. Cuando la leía días atrás este relato, me pareció que tenía que ver conmigo, y probablemente con vos también.

Es una variante de un muy antiguo relato que hablaba de la paradoja de la felicidad. Cuando más tratamos de alcanzarla más parece alejarse. Lo que deseamos poseer con todas nuestras fuerzas se resiste cada vez más.

Hay personas que pasan gran parte de su vida persiguiendo un deseo que nunca logran alcanzar.

Lo más bello, lo más deseado, lo más valioso, no admite ser tomado por la fuerza. Y habitualmente está completamente fuera de nuestro alcance.

Sin embargo, estas mismas cosas vienen a nosotros en momentos en que estamos en paz, simplemente en paz con nuestro presente.

Entonces y de un modo completamente imprevisto, nos sorprenden viniendo y entrando a nuestras vidas. Entonces nos envuelven y nos llenan de sorpresa. Nos iluminan.

De repente la felicidad más inmensa penetra en el corazón y lo compensa de todas las miserias espirituales vividas.

Eso es gracia.

El recibir inesperadamente un regalo, sabiendo que no lo merecemos. Y un regalo tan hermoso que nos inunda, nos deja las manos llenas.

Lo imposible, aquello que es tan inmenso que nunca lo soñaríamos alcanzar, lo irrealizable se presenta sorpresivamente y sin anuncios previos y se deposita gentilmente en nuestras manos que hasta entonces estaban vacías.

La enseñanza que deja el cuento es: “Actuá como si pretendieses exactamente lo contrario de lo que deseás”. Concretamente: “introduce el brazo en la vasija; abre la mano. ¡Suelta las nueces!”

Y no te preocupes, porque lo valioso te va a ser dado. Las nueces caen solas sin que las busques en cuanto la vasija es inclinada. Y caen en tu misma dirección.

 

Mt 5, 1-12a Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
         —Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.
         "Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
         "Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
         "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
         "Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
         "Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
         "Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
         "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
         "Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

Al leer estas palabras del Señor reflejadas en el Evangelio según San Mateo, podemos imaginarnos la escena. Es una de mis preferidas, sin duda: Jesús ante un numeroso grupo que le escucha, mientras Él con paciencia, pero con mucha fuerza, va detallando el camino hacia la plenitud, hacia el consuelo, hacia la prosperidad, hacia la esperanza. Realmente deseaba grandemente que muchos encuentren una felicidad plena, completa.

Ese "Bienaventurados", que repite una y otra vez, parece contener su deseo de vernos colmados, definitivamente satisfechos para siempre.

El destino común, la Bienaventuranza que aguarda a los que demuestren ser suyos en las diversas circunstancias que Jesús va desgranando, es una felicidad y satisfacción tan grandes, que no es posible pensar en nada mejor.

 Pero me sorprende, cómo en el texto bíblico, Jesús hace uso de la herramienta del mensaje para enseñarnos lo mismo que el cuento del hombre y las nueces. Que por lo adverso se llegue a la más completa y eterna felicidad.

Lo que nos resulta difícil de asimilar es que los valores son completamente opuestos a los que hoy en día rigen la vida del hombre de hoy. No es así como nos organizamos socialmente en este mundo. Por el contrario, se nos muestra todo el tiempo que la plenitud humana se logra a través de acumular satisfacciones. El mensaje que la sociedad nos muestra 24 horas al día es: “cuanto más satisfacciones, más felicidad”

Sin embargo, el Señor insiste en que la plenitud propia de los hombres no está en eso. Consiste más bien, repite una y otra vez, en el desprendimiento de los bienes materiales porque no son nuestro fin; en la limpieza de corazón para amar dignamente a los demás, libre de otras compensaciones; en sufrir con paciencia la adversidad de un ambiente que con frecuencia es ajeno a Dios; en conservar la paz, cuando sería más fácil recurrir a la violencia; en ser menospreciados por permanecer leales a la fe...

Desprenderse, soltar, vaciar nuestro corazón, aceptar el sufrimiento, buscar la paz, aceptar que nos desprecien y nos corran al último lugar, al menos buscado, al que nadie quiere.

Todo esto exige esfuerzo por parte del hombre, y exige confianza en aquello que nuestros ojos no pueden ver: Estar dispuestos a renunciar al planteo de un estilo de vida que busca sencillamente el confort a corto plazo y contempla al hombre como un ser sólo de este mundo.

Este paradigma social es justamente una de las claves de porqué la sociedad en la que vivimos toma valores que contradicen la felicidad del hombre.

Entender esto es el primer paso hacia una vida plena. Jesús está diciendo: “tené confianza, yo te ofrezco una realidad que va a contramano de la que vivís como cosa cotidiana”.

La propuesta paradójica del Sermón del monte es la misma que la del cuento de las nueces. A   lo más esplendoroso se llega a través de lo difícil.

Nuestro Dios conoce de sobra nuestra flaqueza y nuestra tendencia a buscar caprichosamente pequeños deleites inmediatos. Más aún, sabe que, aunque queramos, somos incapaces, sin su ayuda, de vivir el ideal generoso que nos propone. Pero con su ayuda sí. Siendo hijos pequeños de un Padre Todopoderoso y Bueno, nada nos es imposible.

Como Maestro, Jesús sabe que enseña algo en cierta medida nuevo, revolucionario. Ese afán de muchos por disfrutar a base de no tener problemas y gozar al máximo de estímulos placenteros, no es propiamente, ni puede ser, la causa de la verdadera felicidad en los hombres. Sin duda que estamos hechos para más. Estamos pensados para la Bienaventuranza, para una felicidad completa, definitiva, que no se puede perder y la mayor posible para cada persona.

Soltar, abrir las manos, arriesgarse a actuar contrario a lo que nuestra lógica humana parece sugerirnos.

Perder para ganar. Vaciarnos para ser llenos.

Y esperar en ese buen Dios que está solamente preocupado por conquistar nuestro corazón, porque podamos abrirnos a su Amor, ser inundados por su Amor y aprender a confiar en Él.

Me gustaría invitarte en este día a cerrar los ojos y abrir las manos. ¿Te acordás? Cuando éramos chicos y nos traían un regalo nos decían así. “Tengo un regalo para darte. Cerrá los ojos y abrí las manos”.

 

¿Entonces los cerrabas? ¿Sin espiar?

¿Te animás ahora a hacer lo mismo?

 

La primera condición es que para recibir, las manos tienen que estar vacías. La segunda es que estemos dispuestos a abrirlas. La tercera es cerrar los ojos. CERRAR LOS OJOS Y CONFIAR EN DIOS.

Jesús te está diciendo en este día que no te creas los mensajes vacíos de contenido del mundo en que vivimos.  Que es posible ser feliz. Plenamente feliz. Lo que pasa es que la felicidad está exactamente en sentido contrario a la dirección en que hasta ahora la buscaste.

 

HECTOR SPACCAROTELLA          

Río Gallegos, Argentina

tiempodevocional@hotmail.com

www.puntospacca.net

 



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De: Dios es mi paz Enviado: 13/08/2014 00:26


 
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