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General: HAZ OBRA DE EVANGELISTA
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De: Atlacath  (Mensaje original) Enviado: 17/08/2021 01:40

Haz obra de evangelista

 

“Hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos.”

2 Reyes 7:9

 

El hambre se había apoderado de los habitantes de Samaria, ciudad asediada por el rey de Siria (leer 2 Reyes 6:24 a 7:20). Nos da idea de ello el precio que se pagaba por la cabeza de un asno o por el estiércol de las palomas con el fin de alimentarse de ello. La irritación de una madre que un día se ha comido a su hijo junto con otra mujer, la que al día siguiente rechaza comerse al suyo, sobrepasa toda imaginación. Es una imagen del hambre espiritual del mundo en que vivimos, asediado por el príncipe de las tinieblas. Se persigue lo que no vale nada. Las exhibiciones inmorales que nos repugnan son las delicias de una multitud depravada. ¿No hay padres que viven de la decadencia moral de sus propios hijos? Así como antaño el rey de Samaria imputaba este mal al profeta de Dios, hoy en día los que sufren a causa de estos excesos lo imputan a un cristianismo impotente, mientras que ellos mismos rechazan al Señor.

A la puerta de tal mundo, el hijo de Dios se alimenta del maná celeste, bebe del río de la vida y llena su corazón de provisiones espirituales; así hacían los cuatro leprosos que habían encontrado abundancia de alimentos y riquezas en el campamento sirio abandonado. ¿No debemos decir como ellos: “No estamos haciendo bien”, guardando estos tesoros para nosotros mismos y dejando que aquellos que nos rodean se mueran de hambre?

No se trata de un problema de mejoramiento moral o social, es una cuestión de vida, de vida eterna. Si verdaderamente somos felices en el Señor, protegidos por la sangre de Cristo, y disfrutamos de las bendiciones que emanan de la cruz, no podremos permanecer indiferentes al lado de aquellos que corren hacia la perdición. El deseo de nuestro corazón y la súplica que dirigiremos a Dios será “para salvación” (Romanos 10:1). La oración de todos los días, de cada momento, será para la salvación de las almas, y a menudo de un alma en particular. Sin duda, será necesario que perseveremos en la oración (Romanos 12:12). La súplica ferviente del justo puede mucho (Santiago 5:16). El Señor enviará obreros a su mies (Mateo 9:37). Como él prepara las buenas obras de antemano (Efesios 2:10), preparará también las ocasiones. ¡Que sepamos aprovecharlas citando la Palabra a su debido tiempo! (Colosenses 4:6).

Si bien es cierto que hay algunos particularmente calificados para predicar el Evangelio, todos pueden hacer la obra de evangelista; todos son «hermanos en la obra». El más joven puede invitar a un compañero a una reunión, a la escuela dominical, o darle un evangelio. Muchos de nuestros vecinos tienen un buzón, ¿por qué no les dejamos un tratado evangélico? En el trabajo, la oficina, escuela o universidad, ¿nos sonrojamos cuando hace falta declarar que somos cristianos, “siervos de Jesucristo”? Habiendo sido rescatados por la preciosa sangre de Cristo, ¿podríamos tener vergüenza del Evangelio, que es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”? (Romanos 1:16). El mensaje de la gracia es muy sencillo. Juan el Bautista, mirando a Jesús que iba pasando, dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. Dos de sus discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Pronto después, Andrés encontró a su hermano Simón y le dijo: “Hemos hallado al Mesías” y le condujo a Jesús (Juan 1:36-42).

Primeramente debemos tener la seguridad de nuestra salvación, y el santo deseo de seguir a nuestro Salvador y Maestro. Entonces podremos hacer nuestros los mensajes de Pablo a su hijo espiritual Timoteo, incluso cuando nos diga: “Sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2 Timoteo 2:3).

También debemos huir de las pasiones juveniles (2:22), ser amables con todos (2:24), ser sobrios en todo (4:5), sintiendo en nuestros corazones que el Señor está a nuestro lado (4:17); así haremos que el Evangelio sea recomendable, “recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios” (2 Corintios 4:2). La semilla sembrada ya no está en nuestras manos, sino en los corazones y las conciencias; el Señor es quien dará el crecimiento (1 Corintios 3:6).

“Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás” (Eclesiastés 11:1).

H. Al.

 

 

 

En cuanto al servicio

Cada servicio tiene como punto de partida el “estar a los pies del Señor Jesús”, donde le escuchamos y tenemos comunión con Él. En la acción de María, derramando el precioso nardo a los pies de Jesús, y en la de Marta, preparando la comida para el Señor y sus discípulos (Juan 12:2-3), vemos los dos aspectos del servicio cristiano. Con María, se nos dirige hacia el Señor, hacia Dios, y con Marta se nos presenta el aspecto aplicado a los hombres. Así leemos en 1 Pedro 2 que somos un “sacerdocio santo”, “para ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo”. Pero después encontramos que somos “un real sacerdocio”, para que anunciemos las virtudes de Aquel que nos ha llamado de la oscuridad a su luz maravillosa.

Es un gran principio de las Escrituras que uno cumpla cada servicio por mandato del Señor y sintiendo su responsabilidad ante Él. Para el que reflexione, esto resulta clarísimo. Un siervo del Señor comunica a los hombres un mensaje de parte de Dios. ¿Puede ser de otra manera, sino que Dios mismo llame a sus siervos y les proporcione los dones que precisan? En Efesios 4:7-12 está escrito que el Señor resucitado ha recibido dones y que los distribuye a los suyos.

Ningún hombre, ningún siervo de Dios e igualmente tampoco la Iglesia, tienen algo que ver con el llamamiento y nombramiento de los obreros del Señor (Gálatas 1:1).

(ar) 


© Ediciones Bíblicas - 1166 Perroy (Suiza)
Se autoriza sacar fotocopias de este folleto para uso o difusión personal. En este caso, utilizarlo en su integralidad y sin cambios.



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