Al conocerse la recuperación de un nuevo nieto, y confirmarse que es nieto de Estela de Carlotto, también se identific y se cerró su historia por el lado paterno. Walmir Oscar "el Puño" Montoya, fue el compañero de Laura y papá de Guido. La foto que muestra el parecido entre Guido y su padre.
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guido carlotto y su papá. Foto Lvds
La noticia de la aparición del nieto 114 pudo llevar alegría y felicidad a dos familias que tras 36 años de búsqueda incansable pudieron completar parte de su historia. Un de los lados de la historia abarca al lado materno, conformado por la familia de Estela de Carlotto, titular de Abuelas. Al conocerse la noticia, también se confirmó la otra parte de la historía, el lado paterno y se supo que Walmir Oscar "el Puño" Montoya es el padre de Guido.
A mediados de los 70, Oscar viajó a La Plata a estudiar, donde concretó su militancia política y se enroló en Montoneros. En La Plata conoció a Laura y entre enero y febrero de 1977, tuvo su último contacto con su familia en Santa Cruz y fue secuestrado a finales de ese año en Buenos Aires o en La Plata.
"Dicen que se parece mucho al papá", comentó Estela de Carlotto sobre su nieto.
La emoción de Hortensia Ardura, la otra abuela de Guido Carlotto
La madre de Walmir Oscar Montoya, padre del nieto recuperado, contó su alegría: "Sabía que existía, pero no esperaba esto". La historia familiar en Caleta Olivia. Audio. Galería de imágenes.
En diálogo con Vorterix, Hortensia afirmó que "sabía que existía", aunque no esperaban el impacto.
"Recibimos esto con una alegría inmensa e incontenible. Sabía que existía, pero no esperaba esto. No veo la hora de conocerlo, de tenerlo cerca, de abrazarlo. Saber que es mi nieto", describió la abuela paterna de Guido.
Hortensia, quien aseguró que no tenía hasta el momento ningún tipo de contacto con Estela de Carlotto, recordó quién era su hijo desaparecido: "El papá de Guido se llamaba Walmir Oscar Montoya. Era mi primer hijo. Que los militares de porquería lo persiguieron hasta que lo hicieron desaparecer de mi vida. Es una historia muy larga, muy triste, que no quiero recordar. Quiero recordar solamente lo bueno".
"Empezó su militancia cuando salió del servicio militar. Ahí empezó toda su historia. La conoció a Laura cuando él estaba militando en Buenos Aires. Luego teníamos contacto, pero había peligro... Hablábamos dos minutos y cortábamos. No podíamos hablar mucho porque estábamos todos perseguidos".
"No soñaba poder conocerlo. Son historias tan amargas, tan largas, que uno no sabe cuándo va a poder conocerlos. Uno no sabe si va a poder conocerlos, si va a poder verlos, es toda una historia muy larga y muy triste. Y hoy se colmó de alegría con su aparición".
Hortensia se retrotrajo además a los recuerdos de la infancia de Walmir Oscar. "Somos de Caleta Olivia. Todo el mundo lo conocía por 'puño' en Caleta. Le decían 'puño', se lo puso mi mamá". Sobre su nieto dijo: "No veo la hora de conocerlo, de abrazarlo, tenerlo conmigo. Le va a costar reponer toda su historia. Él va a querer conocer la historia de sus padres. Toda la familia mía está enloquecida con la llegada de este nieto que sabíamos que existía, pero no sabíamos dónde estaba. Gracias a Dios va a poder tener su nombre, va a saber quién era su abuelo, quién era su familia".
La abuela, quien tiene además otro hijo llamado Jorge, dos nietas y un bisnieto, concluyó: "No sabe cómo agradezco a Dios todo esto. Esta alegría inmensa que me han dado. Es un acto de reparación para la Argentina, para nuestra Patria, que sufrió tanto con esos malditos militares, que Dios me perdone".
Publicada en 1985, esta novela de Gabriel García Márquez consagrada al amor se inicia con dos muertes: la de Jeremiah de Saint-Amour, un refugiado antillano inválido de guerra, y la del doctor Juvenal Urbino, que al regresar de casa de su amigo suicida, en su intento de recuperar un loro huido, refugiado en el mango del patio de la suya, cae desde lo alto y se mata. "Sólo Dios sabe cuánto te quise", tiene apenas tiempo de decirle a Fermina Daza, su mujer, la misma a quien un rato después, Florentino Ariza, uno de los asistentes al velorio, le dirá: "Fermina: he esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para repetir una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre".
Esto ocurre un domingo de Pentecostés de principios de la década de los años treinta, en una ciudad colombiana del litoral del Caribe que por su cercanía a la desembocadura del río Magdalena podríamos suponer que se inspira en Barranquilla; en un tiempo que no volveremos a recuperar hasta haber leído trescientas páginas largas de esta novela que alcanza las quinientas.
Trescientas páginas a través de las cuales asistimos, en gran parte, a la "educación sentimental" de Florentino, enamorado, siendo aún adolescente, de Fermina Daza, con quien apenas cruza palabra pero sí mantiene una muy nutrida y apasionada correspondencia. A la vuelta de un viaje por el interior, impuesto a Fermina Daza por su padre (que quiere apartarla de su enamorado), se da cuenta repentinamente de que Florentino Ariza no es el hombre que puede hacerla feliz y le rechaza, casándose con el doctor Urbino, a quien rechazaba en un principio. Aunque relativamente feliz, Fermina Daza no tardará en darse cuenta de su equivocación; ha rechazado al hombre que quería y, llevada por un extraño destino, se ha entregado al que no quiere.
Gabriel García Márquez
Mientras esto ocurre, el cólera hace estragos y se suceden las guerras entre liberales y conservadores, sin que por ello se resienta demasiado la vida de la ciudad caribeña. Florentino Ariza, a pesar de seguir queriendo a Fermina, va pasando de mujer en mujer, de aventura en aventura, al tiempo que escala puestos en la compañía familiar de navegación fluvial, de la cual acabará siendo presidente.
Muerto Urbino, y de nuevo rechazado por Fermina, Florentino Ariza volverá, como ya hizo en la adolescencia, a escribirle, a conquistar poco a poco con su verbo apasionado a la mujer, que acabará aceptando primero su amistad y luego viajar por el río Magdalena en uno de los barcos de la compañía, sin saber, hasta el último momento, que Florentino la acompañará.
Será en el río Magdalena donde estos viejos, que ya pasan de los setenta, se entregarán a su amor, con tanto apasionamiento que, para librarse de testigos y permanecer a solas en el barco, Florentino hará que en el viaje de vuelta se enarbole la bandera amarilla del cólera y, una vez llegados a la desembocadura, y por lo tanto a la ciudad, vuelva a remontar el río; un Magdalena muerto, debido a la tala excesiva de la selva, por el que bajan cadáveres, con un tiro en la nuca o bien víctimas del cólera, pues los tiempos del cólera no han quedado atrás, pese a los partes de las autoridades sanitarias. Tampoco ha quedado atrás el amor, puesto que el amor es amor "en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más se acerca a la muerte".
Con visiones de muerte, que no consiguen sobreponerse al amor, acaba como comenzó esta novela por la que cruzan muchos personajes que en ningún momento arrebatan su protagonismo a la pareja de amantes, que sólo con Urbino comparten. Mucho más lineal que otras del mismo autor, la poesía ya no nace de esos elementos mágicos a que tanto nos tiene acostumbrados García Márquez, aunque tampoco falten algunos (la muñeca negra que aumenta de tamaño, Florentino comiendo rosas), sino de la fuerza de su mismo tema: el amor, protagonista absoluto de la obra, arropado, en ocasiones, por un paisaje mucho más mágico de cuanto puedan serlo otros fenómenos y aconteceres más sorprendentes y extraños.
Lanata denunció la trama oculta de la relación comercial con China
En el programa Periodismo para Todos, el periodista reveló los sobreprecios en los vagones comprados al gigante asiático. La relación comercial entre la Argentina y China sería altamente dispar.
Las relaciones comerciales y diplomáticas entre China y Argentina vienen de larga data. El mayor intercambio se produjo en las últimas dos décadas y, en paralelo, periódicamente son anunciadas por parte del Gobierno nacional, inversiones millonarias por parte del Estado chino. El último vínculo comercial se produjo sobre todo con las inversiones en trenes, cuyas cifras son cuestionadas.
Según el programa Periodismo para Todos, conducido por Jorge Lanata, la Argentina habría pagado sobreprecios por vagones, trenes, sillas y demás elementos que por otra parte se podrían haber creado en el país.
La relación comercial entre la Argentina y China sería altamente dispar, consigna TN. El país oriental compra nuestra materia prima y nos vende su infraestructura. De esta manera, la Argentina queda con un rojo en la relación de 5 mil millones de dólares.
En el informe se explica que la Argentina pagó 134 millones de dólares para comprar 160 coches chinos para renovar los vagones ferroviaros. Pero hubo que aceptar las condiciones de China. Por ejemplo, los vagones fueron diseñados para funcionar a cielo abierto. Sin embargo, eso no condice con las promesas de soterramiento, sostenidas en el tiempo.
Por otra parte, los durmientes de hormigón también fueron comprados a China a pesar de que pueden ser producidos en el país. El costo de importación incrementó el precio, que, de por sí, era un 30 por ciento más caro.
Un dato que vislumbraría poca previsión, es la denuncia sobre que los técnicos chinos que acompañan a los motorman ante cualquier inconveniente técnico, no hablan castellano.
Por otra parte, como ya fue denunciado con anterioridad, los vagones no fueron funcionales para el diseño de las estaciones. El piso del andén quedó muy bajo para los nuevos transportes y hubo que reformular las estaciones, lo que costó 263 millones de pesos.
Asimismo, China invirtió en la Argentina en centrales hidroeléctricas. A la par, cuenta con CNOC, la segunda petrolera más importante de nuestro país según los datos difundidos en el país.
La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo relató que el encuentro con su nieto recuperado "fue en familia, fue una charla muy linda" en la que hablaron "de música y de qué le gusta leer". "Yo no lo quería ni tocar, para no abrumarlo, pero el abrazo que le di fue un abrazo contenido de tantos años", contó.
"El encuentro fue maravilloso, doy gracias a Dios, a la gente, a ustedes (en alusión de la prensa) por haber encontrado fuerzas, porque uno no sabe dónde estaba, qué le pasaba y me he encontrado con un ser humano maravilloso, puro, sencillo, íntegro, positivo 100 por ciento", reveló Estela de Carlotto al retirarse de su casa en la localidad platense de Tolosa.
Detalló que el encuentro con su nieto Guido, que se concretó ayer en la ciudad de La Plata, "fue en familia, fue una charla muy linda" en la que hablaron "de música y de qué le gusta leer". "Fue un encuentro de personas que se encuentran para conocerse", apuntó.
Relató que ella esperó que su nieto ingresara a la casa donde se produjo la reunión y, cuando entró, lo abrazó y lo llamó Guido. "Yo no lo quería ni tocar, para no abrumarlo, pero el abrazo que le di fue un abrazo contenido de tantos años", contó aún emocionada. Con una sonrisa amplia, Estela recordó que al despedirse, Guido le dijo "chau, abu".
El abogado de Abuelas de Plaza de Mayo, Alan Iud, sostuvo que con los resultados genéticos que establecieron que Guido es el hijo de Laura Carlotto y Walmir Oscar Montoya se "deberá reconstruir cómo fue sacado de los brazos de su mamá". Agregó que el entregador "sería un civil y estaría fallecido", aunque evitó dar precisiones.
Según Iud, la causa iniciada en 1982 en el juzgado de María Servini de Cubría estaba "con bastante fatiga y con pesquisas que no dieron sus frutos", pero a partir de la aparición de Guido Montoya Carlotto la investigación "deberá reconstruir cómo fue sacado de los brazos de su mamá".
"Habrá que determinar cómo salió de los brazos de Laura, quién la entregó y reconstruir la cadena de intermediarios que participaron", dijo el abogado en declaraciones a radio del Plata. Agregó que el entregador "sería un civil y estaría fallecido", aunque evitó dar precisiones porque "tenemos denuncias que no fueron chequeadas".
También mencionó que se deberá investigar "el médico que firmó una partida de nacimiento falsa" con fecha 2 de junio de 1978, en lugar del 26 de junio como lo acredita la justicia.
Iud reconoció que con la difusión del nombre con que fue anotado el nieto de Estela de Carlotto, la jueza Servini de Cubría "alteró todo". "Por la tranquilidad de Guido y de la familia Carlotto no es prudente difundir esa información que puede comprometer la investigación en curso", dijo el abogado al anunciar que pedirá a Servini la postergación del llamado a declaración de Guido Montoya Carlotto.
EL PAIS › JORGE MONTOYA, HERMANO DE WALMIR “PUñO” MONTOYA Y EL OTRO TIO DEL NIETO DE ESTELA DE CARLOTTO
“Su aparición es una inyección de vida”
Cuando vio las fotos de su sobrino Guido encontró los rasgos de su hermano. Hace unos diez años se enteró de que probablemente Walmir hubiera tenido un hijo con una compañera. Ahora espera reunirse pronto con él.
Por Irina Hauser
Apenas vio las fotos de su sobrino Guido que circulaban por los medios, Jorge Montoya encontró en su cara los rasgos de su hermano Walmir, asesinado durante la última dictadura. “¡La nariz! ¡Es igual!”, celebra, todavía pasmado. Cuando revuelve los recuerdos y las imágenes difusas de la última vez que lo vio, Jorge llora. Llora mucho. Se le mezclan los años, los días, los lugares, su búsqueda solitaria por distintas provincias, las personas que le hablaron de que lo habían visto en alguna parte. Pide disculpas por el embrollo. “Es un poco de negación pese a tantos años de terapia –explica– y otro poco es que se me hizo carne lo que habíamos pactado con mi hermano cuando nos veíamos en secreto: no sabíamos nada, de nada ni de nadie. Era el modo de protegernos.” Quizás eso, piensa, fue lo que le permitió sobrellevar la incertidumbre desde que hace cerca de diez años supo que posiblemente su hermano hubiera tenido un hijo, y desde que más adelante surgió la posibilidad de que fuera el nieto de Estela de Carlotto.
“Tengo mucha ansiedad por verlo, es el hijo de mi hermano, es mi familia. Pasaron muchos años y son muchas las emociones, se me vienen todas las imágenes juntas, el calor, el amor y también la bronca. Me pregunto cómo es que padre e hijo no se conocieron. Cuando baje la euforia voy a entender mejor de qué se trata todo esto, lo más genuino. Todavía no tuve contacto con Guido. El momento lo va a decidir él, pero no tengo dudas de que va a ser pronto. Su aparición es una inyección de vida. La prueba es mi mamá, que ayer estaba engripada y hoy tiene todas las pilas. Con sus 91 años, tiene las cosas muy claras”, dice Jorge en diálogo con Página/12.
A Walmir Montoya le decían Puño. “Todo el mundo piensa que es porque era rudo o peleador. Pero era simplemente un apodo familiar. Justamente acabamos de hablar de eso con mi mamá, y me contó que a ella le salía decirle Puñalito, y le quedó Puño. Su nombre, Walmir, lo eligió porque cuando ella estudiaba como pupila en La Plata conoció a una mujer que tenía un nietito que se llamaba así y le gustaba”, cuenta Montoya. Puño, su único hermano, era cinco años mayor que él, que ahora tiene 56. Vive en Caleta Olivia, en Santa Cruz, igual que su mamá, Hortensia. Los hermanos vivieron su infancia a 14 kilómetros de allí, en Cañadón Seco, un campamento de YPF donde había conseguido trabajo su papá, que había emigrado de España. Trabajaba en un depósito, pero había conseguido entrar por sus dotes como saxofonista. “YPF tenía un gran movimiento cultural y por eso ser músico lo favoreció e integró la banda de la empresa”, recuerda. A Jorge, el entorno artístico lo llevó a convertirse en actor. Su mamá fue directora de la escuela del lugar hasta que se jubiló. Era docente, casualmente igual que Estela.
El hecho de que Guido sea músico es algo que lo conmovió y que le impacta, no sólo porque su padre lo era sino porque también Puño tocaba la batería. Tenía, con amigos, una banda que se llamaba Nosotros. En el torbellino de llamados que tuvo en las últimas horas, Jorge recibió el de una vieja amiga que le contó que tenía guardada una foto de la fiesta de 15 de su prima, en la que Walmir y su grupo estaban tocando. El se la pidió, con la idea de poder dársela a Guido. A Jorge le quedaron pocas fotos de su hermano. Quemó muchas de las que tenía cuando los grupos de tareas irrumpieron en su casa. La otra pasión de su hermano era volar, era piloto civil.
Puño había ido a hacer el servicio militar a Sarmiento, entre Comodoro Rivadavia y Esquel. “Cuando volvió, empezó a militar en Montoneros. Mi papá le pedía que estudie y él se negaba. Primero se fue un tiempito a trabajar en las minas de Río Turbio, porque le habían dicho que había injusticias, y cuando volvió empezaron a apretarnos. Fue entonces que se fue con tres compañeros de militancia: Nardi, La Vieja Rampoldi y el Pato Galván. Fueron a Trelew y terminaron en La Plata. Nos mandaba cartas y se notaba que su compromiso era cada vez mayor y que su militancia se acrecentó cuando lo mataron a Rampoldi. En un momento empezó a enviar las cartas a nombre de otros. De toda mi familia, yo fui el que tuvo más contacto con él durante ese tiempo, pero fue cada vez más difícil. La última vez que habló con mi papá, le dijo ‘nos están escuchando, cuidate’”, relata.
–¿Usted llegó a enterarse de que estaba en pareja con Laura Carlotto?
–Supe después que estaba en pareja, por un compañero de él a quien vi en un encuentro de teatro en Trelew. Me contó que ella tenía pelo negro y era de su misma estatura. Nosotros somos bajitos. Pero la última vez que lo vi no me dijo nada, no me habló de Laura. Me había contactado un amigo y fui a verlo a La Plata. No sé bien qué fecha era, pero recuerdo que fue dos o tres días después de un partido de fútbol amistoso entre Argentina y Hungría en el que jugó Diego Maradona.
–¿Cómo fue ese encuentro?
–Fue en la calle, en la puerta de un edificio. Hablamos un rato de la familia. Me preguntó si yo estaba con miedo y yo le decía que sí. Tengo la imagen de Puño yéndose de ahí en bicicleta. Después de eso no nos vimos más. Eso habrá sido entre 1976 y 1977.
Jorge habla entre sollozos. Cuando empezó a pasar el tiempo sin noticias, su mamá dijo que ya no podía soñar con él y fue el momento de tomar conciencia de su desaparición. Jorge lo buscó en soledad, viajando. Fue a Córdoba, Santa Fe, La Plata y hasta Misiones. Se aferraba a datos que escuchaba o leía, pero conocía a pocas personas cercanas a él. En democracia se acercó a la Conadep y “después, cuando la gente empezó a contar más” alguien se acercó a su familia en un acto en homenaje y dijo que Walmir se había enamorado y que su pareja estaba embarazada. La presentación en la Conadi permitió cruzar datos. El papá de Laura Carlotto, Guido, había hablado de Walmir y lo describió como un muchacho que venía del Sur, de pelo castaño y tez blanca.
Las hipótesis se entretejieron y una paciente expectativa se apoderó de la familia Montoya, que dio sus muestras de ADN. Jorge dice que guardó silencio “para preservar la investigación” y como había aprendido con su hermano. En 2009, los restos de Puño fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en una fosa con otro cuerpo. Se cree que también estuvo detenido en el centro clandestino La Cacha, igual que Laura. “Cuando nos dieron los restos fue una emoción tremenda; lo vi con tanta paz... decidimos cremarlos y esparcimos las cenizas con mis hijas, Sabrina y Melina, y con mi mamá, en un campo donde se crió ella, en Bahía Lángara, ahí en Santa Cruz”, describe. “La identificación del cuerpo nos ayudó a cerrar un ciclo. Encontrar, saber qué. A mi mamá le cambió la vida la certeza de que estaba el cuerpo, que ya no era un desaparecido y poder despedirse”, dice Jorge.
–¿Tenía todavía expectativa de que podía aparecer su sobrino?
–Nosotros siempre ejercitamos mucho la esperanza y la paciencia. Sabíamos que desde acá, desde tan lejos, no podíamos hacer nada, y decidimos confiar en la Conadi y en las Abuelas. Si no se nos iba la vida. Ellas, las Abuelas, siempre nos atendieron con amor.
Una corriente de afecto nos arrasó a todos y a todas esta semana, un aire cálido que nos empujó a abrazar a los nuestros, a mirar a las propias abuelas con otros ojos, a extrañar a las perdidas en el magma del tiempo, a inscribirnos en una genealogía que es personal y al mismo tiempo compartida. Tuvimos lugar en nuestra generación, la que sea, hijos o hijas, padres o madres, entramados de historia colectiva y personal, ahí estábamos replicando cinco palabras mágicas que se impusieron con la fuerza del nombre propio: “Apareció el nieto de Estela”. Y si hacía falta el apellido fue por la propia incredulidad a la que nos acostumbramos a veces, esa que retacea la voluntad para arañar el cielo de los imposibles. Pero ese cielo se resquebraja y cae sobre nuestras cabezas, levanta esa corriente cálida del afecto que ya es viento y se expande, sopla en cada llamado telefónico, en la voz trémula que suena en la radio, en la tele, en lo que se escribe a las apuradas en las redes sociales, en las lágrimas que consuelan al gesto contraído de la emoción. Es la fuerza del nombre propio. La fuerza de una historia particular de la que somos parte. Cada vez que aparece un nieto o una nieta el corazón late más fuerte, pispeamos el relato con avidez, se formulan preguntas que no siempre pueden responderse. Cada vez es una emoción, pero ésta fue una luz cegadora. Porque todos y todas sabemos quién es esa abuela, esa directora de escuela que apareció el martes por primera vez despeinada y con el maquillaje apenas corrido, que no perdió su tono docente, su lengua medida y acostumbrada a decir para que se entienda, que se entienda más allá de donde ya se ha ganado la comprensión, un lenguaje si se quiere domesticado pero capaz de vulnerar las barreras de los insensibles, un lenguaje cuidado que ha sabido traducir cuál es el valor de la verdad, que con la paciencia de los pequeños derrumbó aquel otro relato, ese que hablaba del derecho de los apropiadores por los cuidados entregados a sus presas. Cada quien sabe dónde estaba el martes cuando la alegría invadió las plazas, las calles y las casas. Cada quien recordará quién se lo dijo, a quién abrazó primero, cuánto tardó en caer en la cuenta de lo que significaba y significa esta recuperación de un nieto más, porque de tanto ver a esa abuela ya la habíamos confundido con la institución, porque de tanto escuchar su nombre creímos que era sólo testimonio, que a ella no le iba a pasar tanto como solemos pensar que las cosas maravillosas nunca le pasan a una. Estela fue esta semana la protagonista de las historias que casi se había acostumbrado a narrar para otras y la humanidad se impuso por sobre las palabras y se puso a tocar fibras en cada cuerpo, esas que vibran con el amor, que cantan la canción del deseo, que arrullan a los niños sobre el pecho con el tuntún del latido de la vida. Que le tocara a ella fue como si nos tocara a cada uno y a cada una, la comprobación visceral del desgarro de la pérdida y el poder de la perseverancia abriéndose camino a toda costa. Nuestra historia reciente servida en cada mesa, esto pasó, ese niño nació de una mujer esposada y encapuchada, ese niño es un hombre y acaba de nacer a su otra historia, en los berreos de este parto nuevo hacemos el coro, porque aunque la vida ahora nos bese esta emoción nace de la ausencia, de la muerte, del desamparo de un niño deseado y arrebatado a una mujer que apenas tenía 23, que había perdido dos embarazos, que sabía que podía morir pero que entendía la vida más allá del mero pulso de la sangre.
Estela lo dijo ayer; con voz vibrante y orgullo genuino dijo que su hija y su compañero, los padres de este hombre al que le faltaba media historia, eran montoneros, “montoneros de los que dieron la vida”, y algo más que el peinado se le desbarató con la emoción que la arrasaba, se salió apenas de cuadro, de ese cuadro de maestra de escuela y cursiva perfecta en el pizarrón, le apareció una garra con su filo, rasgó otro velo de la foto estática de su hija de ojos maquillados y 18 recién cumplidos para el documento. Porque es verdad que esos hijos e hijas, esos padres y madres asesinados y desaparecidos no querían morir, pero estaban dispuestos a dar la vida, algo tan difícil de comprender ahora. Pero que es nuestra historia viva.
Cada quien tendrá grabado en su memoria el martes que pasó y esta semana que todavía se hamaca con esa historia particular que nos pertenece como pueblo. A mí me lo comunicó mi hija, me llamó por teléfono y me dijo: “¡Mamá! ¡Apareció el nieto de Estela!”. Y su emoción fue más emocionante para mí que la noticia porque daba cuenta de ese entramado que sostiene a la vida misma, daba cuenta de cómo se ha logrado transmitir la historia, enhebrar el relato, conseguir que las alegrías y las luchas sean compartidas. Después, mientras mirábamos la televisión arrobadas, asistiendo al blooper del micrófono que no andaba, al pogo de otros jóvenes que recuperaron su identidad en el último tiempo dando cuenta de que sí, que la verdad cuenta y da libertad, el más chiquito preguntó cuándo él iba a encontrar a sus abuelos. Y no, de ellos no tendremos un abrazo nuevo, pero su ausencia es presente en la voz de ese niño de cinco que es su nieto y los añora porque sabe como puede que está inscripto en esa genealogía de amor, de dolor y de lucha.
Esperamos por los que faltan ahora. Esperamos que cada juicio tenga su estrado y cada culpable su castigo. Deseemos que esta corriente cálida que nos arrasó esta semana no deje de soplar, porque es lo que nos merecemos como pueblo, este pueblo que sabe sumergirse en la fiesta colectiva y sacudir con sentidos nuevos esa frase que nunca quedó del todo anquilosada: Nunca Más.