Murió cuando quiso. No lo sorprendió la muerte: la eligió. Fidel se fue como vivió, dueño de su tiempo, de su escenario, de la última palabra y del último suspiro.
Digo con regocijo que fue un pillo, sí, porque supo moverse entre sombras y luces, entre la astucia de la calle, el silencio de los bosques y la solemnidad del palacio. Conspirador nato, tejió redes invisibles, urdió planes que parecían imposibles y los convirtió en hechos que tatuaron para siempre la historia.
Moldeó hasta a sus propios enemigos, los diseñó para que fueran dóciles y terminaran en su trama, les dió voz y papel. Nadie de los que quiso matarlo le sobrevivió sin un altísimo costo, sin grandes rasguños de la historia.
Hombre de instintos, de intuición, de esa rara capacidad de leer el pulso de la multitud y adelantarse al giro de los acontecimientos. Visionario, porque no se conformó con lo inmediato: pensó en grande, pensó en siglos, pensó en pueblos que aún no habían nacido.
Su vida fue una trama de conspiraciones y certezas, de improvisaciones que convirtió en estrategias. Fidel caminó siempre al filo de lo improbable, y allí encontró la fuerza telúrica que aún sacude la tierra en algún que otro lugar cuando se le antoja, ya sea en Caracas o Mineápolis.
Su muerte no es un final, sino un epílogo escrito por él mismo. Murió ecuánime, sosegado, seguro, como quien cierra un libro sabiendo que las páginas ya no necesitan marcas, erratas ni añadiduras. Y en ese gesto volvió a ser lo que siempre fue: un hombre que convirtió su vida en relato, y su relato en el destino de millones.
SALUDOS REVOLUCIONARIOS 

(Gran Papiyo)