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General: La primera vez que escuché de Masonería
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من: Kadyr  (الرسالة الأصلية) مبعوث: 16/02/2026 19:42

La primera vez que escuché de Masonería

 

Pongan atención a lo siguiente que les voy a contar, porque es de esas historias que se quedan grabadas en el alma y que sólo  entre nosotros los masones cobran su verdadero sentido.

Cuando yo era niño, en aquel pueblo mexicano donde nacieron mis padres, la primera vez que oí hablar de la Masonería no fue en un libro ni en una plática solemne, sino de boca de la persona que me tenía mucho cariño me tuvo en este mundo: la bruja Julia Pedrosa. Ella me quería como a un hijo, y yo a ella como a una madre. Era una mujer que parecía doblar la realidad con las manos, como si el mundo fuera arcilla suave entre sus dedos.

Julia me contaba una y otra vez la historia de su propio nacimiento, y cada vez que la repetía yo sentía que algo grande y oculto se movía detrás de las palabras.

Me decía que su madre había estado de parto desde el amanecer. Horas y horas de dolor, sin que la niña quisiera salir. El sol se fue escondiendo, y con él cualquier esperanza. En ese México de antes, donde la noche era noche de verdad, sin luz eléctrica, sólo  el resplandor tembloroso de las velas y los quinqués de petróleo, la casa estaba sumida en sombras y angustia.

De pronto, en medio de aquella oscuridad absoluta, apareció un hombre. Venía caminando desde la nada, perfectamente trajeado, con un maletín negro en la mano. Se presentó con calma: “Soy médico partero… y soy francmasón”. Aquellas palabras cayeron como un bálsamo en la casa. La familia, agotada y asustada, sintió de inmediato una confianza inexplicable al verlo. Había algo en su porte, en su voz serena, que transmitía autoridad y bondad al mismo tiempo.

Abrió el maletín, sacó unos remedios que nadie reconoció, y en poco tiempo el parto se resolvió de forma natural y perfecta. Julia nació sana, fuerte, llorando con ganas. El hombre guardó sus cosas, cerró el maletín, miró a la criatura por un instante y, sin decir más, se dio media vuelta y se perdió nuevamente en la noche negra. Ni una palabra de pago, ni un gracias esperado. Simplemente se fue.

A la mañana siguiente, los padres, todavía maravillados, preguntaron en el pueblo por aquel médico masón que había salvado a su hija. Nadie lo conocía. Nadie lo había visto llegar ni partir. Era como si la tierra se lo hubiera tragado. Había surgido de la oscuridad para cumplir su misión y luego se desvaneció del mismo modo.

Yo crecí escuchando esa historia, viendo cómo Julia, con sus ojos profundos, parecía llevar dentro una chispa que no era de este mundo. Al final de sus días, cuando ya sabía que le quedaba poco, me tomó las manos, me miró fijo y me dijo: “Tú tienes que guiar a otros hacia la Gran Luz”. Y se fue, dejando en mí esa encomienda.

Los que hemos caminado un poco más por estos senderos, los que sentimos lo que no se ve, saben perfectamente lo que esta historia verdaderamente significa. No hace falta decirlo con todas sus letras. Sólo  hace falta recordarlo… y honrarlo.

Alcoseri

Alcoseri

La primera vez que escuché de Masonería

La primera vez que escuché de Masonería, fue cuando era niño, y esto “NO” fue algo convencional en el contexto masónico, o de las cosas convencionalmente normales de este mundo.-

Era la poderosa bruja de mi pueblo, una bruja que en lo personal tenía mucho cariño hacia mí y yo claro hacia ella, era el pueblo mexicano de mis padres, y ella contaba frecuentemente sobre su tortuoso nacimiento.

Una Historia en el cual su madre al momento del alumbramiento no podía darla a luz, su madre había estado horas tratando de que ella naciera pero sin éxito, así los graves problemas desde la mañana, y la partera ya se había dado por vencida .-

 Ya al anochecer, en un México de principios del Siglo XX donde no había luz eléctrica y la única luz que alumbraba era la pálida luz de las velas y los quinqués de liquido de petróleo, fue cuando de pronto en medio de la nada y la oscuridad de la Noche se presenta un hombre exquisitamente trajeado, y con un maletín a la mano; él se presenta como médico partero; y entre las cosas que decía, fue que era un francmasón.

 La familia de la bruja por nacer se siente confortada al ver a tan eminente medico masón, en su casa, este médico masón saca de entre su maletín unos medicamentos, los cuales precipitan el nacimiento normal de mi gran amiga de siempre, esa la Poderosa Bruja Julia, la cual siempre tendré en mi memoria como alguien que me amó como una madre.

Así ella nació gracias a la intervención de ese enigmático masón médico. Al nacer ella, él tomó su maletín y sus pócimas y se retiró en medio de la obscuridad, así sin más, sin pedir honorarios ni el menor pago.

 Al día siguiente los padres de la bruja, preguntaban sobre el médico masón que había asistido al alumbramiento de la niña, pero nadie sabía de él, solamente había aparecido en un pequeño pueblo en medio de la noche y así había desaparecido de igual manera, con un buen número de testigos entre ellos familiares míos, y es que en un pequeño pueblo como esos del México antiguo , todo se sabe de quien llega y quien se va , y del misterioso médico masón , nadie supo, lo único que mencionó al retirarse era que esa bebe traía una importante misión que cumplir en este mundo .

Esa bruja curandera  de mi pueblo, me daba la impresión que podía manipular la realidad como si fuera una plastilina en sus manos, y ella al final de su vida me encargó que guiará a otros por el camino a la Gran Luz. Los que son sensitivos o conocedores añejos del tema masónico y de la brujería mexicana  sabrán perfectamente que es lo que hoy quiero transmitirles, y es que de alguna u otra manera , si no fuera por ella  , yo no me hubiera interesado en estos temas de esoterismo, masonería y ciencias ocultas -

Hermanos, si me permiten ahondar en lo que Julia me dejó como legado, es algo que aún me motiva por dentro cada vez que lo recuerdo.

Supe que estaba muy enferma , y una tarde , ya al final de su vida, fui a despedirme de ella, sus manos temblaban y su voz era apenas un hilo, me sentó frente a ella en la vieja mecedora de la sala de su casa ese pueblo. La luz del sol entraba sesgada por la ventana, dibujando sombras largas en el piso de ladrillo. Me tomó las manos con una fuerza que no esperaba de alguien tan débil y me miró directo a los ojos, como si quisiera grabar sus palabras en el fondo de mi alma.

“No es cualquier encargo, Orlando”, me dijo. “Tú has visto lo que yo veo. Has sentido lo que yo siento desde que aquel hombre masón  cerró su maletín y se fue por donde vino. Esa Luz que me trajo al mundo no era de este mundo, y ahora te toca a ti llevarla adelante”.

Yo intenté hablar, pero ella apretó más mis manos y siguió:

“No te pido que hagas milagros. No te pido que aparezcas en la oscuridad de nadie con un maletín negro. Te pido que, cuando veas a alguien perdido en su propia noche, sin saber cómo salir, le des la mano. Que le digas las palabras justas. Que le muestres el camino hacia la Gran Luz, esa que no se apaga con la muerte ni con el olvido. Porque esa Luz es la misma que nos une a todos los que sabemos, la que nos hace hermanos más allá de nombres y apellidos”.

Calló un momento, como si estuviera midiendo el peso de lo que venía.

“Y cuando lo hagas, no busques agradecimiento. No firmes tu nombre con envanecimiento . Hazlo y sigue caminando, como hizo él aquella noche sin mirar atrás. Que tu paso sea silencioso, pero que deje huella”.

Después de eso, soltó mis manos, cerró los ojos y sonrió como quien ya ha terminado su trabajo. Dos días después se fue, y asistí a su funeral.

Desde entonces, cada vez que he tenido la oportunidad de tender una mano, de abrir una puerta, de decir una palabra que despierta algo en otro, siento que estoy cumpliendo lo que la bruja Julia me encargó. No lo hago por gloria. Lo hago porque sé que, en algún lugar, en alguna noche oscura, alguien necesita que aparezca un hermano masón con su maletín lleno de remedios que no son de farmacia, sino de esa Luz que ella conoció desde su primer aliento.

Y así, hermanos, voy pagando la deuda de luz que me dio Julia. Porque la Luz que salvó a Julia no se quedó con ella: pasó por sus manos y ahora pasa por las mías, esperando llegar a ustedes.

 

Alcoseri

Tercera parte

Hermanos, si me permiten, hablar del encargo de Julia siempre me rompe un poco por dentro. Es como si ella siguiera aquí, sentada a mi lado, con esa mirada suya que atravesaba todo.

Recuerdo perfectamente esa tarde. Yo ya era hombre hecho y derecho, pero me sentía otra vez como el niño que corría a su casa a refugiarse. Ella estaba muy débil, la piel casi transparente, los huesos marcándose bajo la sábana. La habitación olía a hierbas secas y a ese perfume suyo de lavanda y tierra húmeda que nunca olvidaré.

Me hizo sentarme en la silla baja, la misma donde yo me sentaba de chico a escuchar sus historias. Tomó mis manos —tan frías, tan livianas— y las apretó con una fuerza que no parecía de este mundo. Sus ojos, aunque apagados por la enfermedad, brillaron de pronto con esa intensidad que siempre me asustaba y me consolaba al mismo tiempo.

“Mi niño”, me dijo, y se le quebró la voz. “Tú eres el único que realmente entendió lo que me pasó aquella noche. El único que vio la Luz en mis ojos cuando te contaba la historia. Por eso te lo dejo a ti. No es una tarea, es una deuda de amor”.

Yo sentí que se me hacía un nudo en la garganta. Intenté hablar, pero ella no me dejó.

“No quiero que prediques ni que hagas ruido. Sólo  quiero que, cuando veas a alguien ahogándose en su propia oscuridad —como mi madre aquella noche—, te detengas. Le des la mano. Le digas la palabra exacta que necesita oír. Le muestres, aunque sea un instante, que hay una Luz más grande que todo el miedo y todo el dolor. Porque esa Luz me trajo a mí, y ahora tiene que seguir viajando”.

Las lágrimas me rodaban por la cara, y ella las vio. Sonrió con esa ternura suya que era capaz de curar cualquier herida.

“Y cuando lo hagas, no esperes que te den las gracias. No dejes tu nombre. Desaparece como desapareció él. Que tu paso sea suave, pero que deje marca para siempre”.

Después me soltó las manos, cerró los ojos y suspiró como quien por fin deja caer un peso que cargó toda la vida. Dos días después, se fue. Yo estuve a su lado hasta el final, sosteniéndole la mano como ella me la sostuvo a mí tantas veces.

Desde entonces, hermanos, cada vez que cumplo su encargo siento que ella está ahí, mirándome con orgullo. Cada vez que alguien me dice “no sé cómo, pero tus palabras me salvaron”, sé que no fui yo: fue Julia hablando a través de mí. Fue aquella Luz que entró por la puerta de su casa en medio de la noche y nunca se fue del todo.

A veces, en la quietud de la noche, cierro los ojos y vuelvo a sentir sus manos frías en las mías. Y lloro, no de tristeza, sino de gratitud inmensa. Porque ella no sólo  me dio cariño de madre: me dio un propósito. Me convirtió en portador de algo que no merezco, pero que llevo con todo el corazón.

Y así voy, hermanos, pagando la deuda más hermosa que me dejaron. Porque esa Luz que la trajo al mundo ahora vive en mí, late en mí, y sólo  espera pasar por mis manos para llegar a las suyas.

Alcoseri

 


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