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Respuesta  Mensaje 1 de 2 en el tema 
De: Thenard  (Mensaje original) Enviado: 29/07/2012 19:22

 

Tecnología de la Oración
 
Quiero conocer los pensamiento de Dios... el resto son detalles".
Albert Einstein
 
La ciencia perdida de la oración y de la profecía por Gregg Braden
 
Las antiguas tradiciones sugieren que el efecto de la oración pro­cede de algo más allá de las palabras en sí mismas. Quizás esta sea la razón por la que haya tanta gente que parezca haber perdi­do la fe en la oración. Tras las revisiones de la Biblia en el siglo IV, los detalles subyacentes al lenguaje de la oración se fueron per­diendo gradualmente en las tradiciones occidentales, dejando sólo las palabras. En esta era, muchos empezaron a creer que el poder de la oración residía sólo en la palabra hablada. Las revela­ciones de los textos anteriores al siglo IV, sin embargo, nos recuerdan que no hay códigos mágicos en las vocales y las conso­nantes que nos abran las puertas a reinos olvidados. El secreto de la oración trasciende las palabras de alabanza, los encantamientos y los cantos rítmicos de los «poderes que son». * Mediante textos como los manuscritos del mar Muerto, se nos invita a vivir la intención de nuestra oración en nuestras vidas, pues si las palabras sólo se «repiten con los labios, son como una colmena muerta... que no da más miel».
* En el lenguaje esenio se hace referencia a los ángeles de muchas formas, una de ellas es como fuerzas o poderes.
 
EXPRESAR LO QUE NO PODEMOS EXPRESAR CON PALABRAS
 
El poder de la oración reside en una fuerza que no se puede descri­bir ni transmitir como la palabra escrita; son los sentimientos que sus palabras evocan en nuestro interior. Es el sentimiento que ponemos en nuestras oraciones el que nos abre la puerta e ilumina nuestro camino hacia las fuerzas visibles e invisibles. Aunque, con frecuencia, otras referencias antiguas hacen alusión a este aspecto de nuestra comunión con la creación, el abad del Tíbet nos confirmó el elemento del sentimiento en la oración durante nuestra audiencia privada.
 
Respecto a mi pregunta sobre lo que les estaba ocurriendo inte­riormente a los monjes y a las monjas cuando contemplábamos la expresión exterior de sus oraciones, el abad respondió con una sola palabra: sentimiento. Las expresiones externas de la oración qué presenciamos en los monasterios del Tíbet eran una manifestación de los movimientos y sonidos que utilizaban los monjes y las mon­jas para crear los sentimientos en su interior. El abad llevó su comentario un poco más lejos cuando nos dijo que el sentimiento era algo más que un factor en la oración. ¡Hizo hincapié en que el sentimiento es la oración!
 
A través de la comunión con los elementos de este mundo, se nos abren las puertas a los grandes misterios de la vida, a la opor­tunidad de «ver lo invisible, escuchar lo inaudible y expresar lo que no podemos expresar con palabras». La oración en su forma más pura no tiene expresión externa. Aunque podamos pronunciar una secuencia de palabras prescrita que nos ha sido transmitida de generación en generación, esta ha de originar un sentimiento dentro de nosotros, para que llegue al mundo que nos rodea. En el mejor de los casos, cualesquie­ra que sean las palabras que escojamos para recitar nuestras oracio­nes en voz alta, sólo serán una aproximación al sentimiento interior que intentan describir. ¿Cómo pudieron los grandes maestros hace dos mil años enseñar estos sentimientos? ¿Cómo podemos compartirlos hoy en día?
 
«¿Cuál es la diferencia entre emoción y senti­miento? Siempre hemos en pensado que eran lo mismo».
 
Algunos diccionarios con­sideran ambas palabras casi sinónimas y usan cada una de ellas para definir a la otra. En The American Heritage Dictionary of the English Language, la palabra sentimiento es definida como «un estado emocional o disposición; una emoción tierna». (En el mismo texto, emoción la definen en un sitio como «sentimiento fuerte», y en otro como sinónimo de sentimiento.) Aunque estas definiciones puedan servir a los propósitos de nuestro mundo actual, los antepasados hacían una distinción. Además, aunque íntimamente relacionados, pensamiento y sentimiento se conside­ran elementos sin conexión, claves, que se pueden utilizar para realizar un cambio en las condiciones externas, en nuestro cuer­po, nuestro mundo y más allá de éste.
 
COMO ARRIBA...
 
Los antepasados nos ofrecieron una elocuente visión de una ­forma de pensar que nos permite redefinir lo que hemos experimentado fuera recurriendo a aquello en lo que nos hemos convertido interiormente. Una escuela de medicina, similar en algunos aspectos al sistema de la práctica sanitaria occidental, aporta un cambio al atacar la enfermedad misma. Según este sistema se eliminan los cuerpos extraños mediante medicamentos, o se extirpan quirúrgicamente los órganos y tejidos que parecen enfermos. Otra escuela de pensamiento trasciende la expresión externa del aspecto de nuestro cuerpo y va en busca de los factores subyacentes que pueden ser la causa de ese estado, donde las fuerzas invisibles del pensamiento, el sentimiento y la emoción se convierten en el plano que nos ayudará a comprender y cambiar las situaciones de nuestra vida que ya no nos sirven.
 
Para cambiar las condiciones del mundo exterior, se nos invita que primero las transmutemos desde dentro. Cuando lo hacemos, las nuevas condiciones de salud o de paz se proyectan en el mundo que nos rodea.
 
Para aportar paz a nuestros seres queridos, primero hemos de con­vertirnos en esa paz. En el lenguaje de su tiempo, los autores de los manuscritos del mar Muerto incluso nos ofrecen revelaciones de la tecnología que facilita esta sanadora cualidad de la paz: se ha de producir en nuestros pensamientos, sentimientos y cuerpos. ¡Qué poderoso concepto y cuánta fuerza transmite!
 
A través de sus visiones, los esenios ancianos diferenciaban cla­ramente entre emoción, pensamiento y sentimiento. Aunque el pensamiento y la emoción estén íntimamente relacionados, prime­ro han de ser considerados aparte, y luego fundirse en una unión de sentimiento que se convierte en el lenguaje de creación silencio­so. Las descripciones siguientes de cada experiencia son consignas que nos conducen al núcleo de nuestro perdido modo de orar.
 
Emoción
 
La emoción se puede considerar como la fuente de poder que nos guía hacia delante en nuestras metas en la vida. Mediante la energía de nuestra emoción alimentamos nuestros pensamientos para hacerlos realidad. Sin embargo, este poder de la emoción por sí solo puede desperdigarse y perder el rumbo. El pensamiento con­fiere una dirección a nuestras emociones, y éstas inyectan vida en la imagen producida por nuestros pensamientos.
 
Las tradiciones antiguas sugieren que somos capaces de tener dos emociones primarias. Quizá para ser más exactos, podríamos decir que a lo largo de nuestras vidas experimentamos varias condiciones que se resuelven en una sola emoción. El amor es un extremo de esas condiciones. Cualquier cosa que creamos que se opone al amor es el segundo extremo, con frecuencia definido como miedo. La calidad de nuestra emoción determina cómo se expresará esta. La emoción, unas veces fluyendo y otras alojada en los tejidos de nuestro cuerpo, está íntimamente relacionada con el deseo, que es la fuerza que conduce a nuestra imaginación a una resolución.
 
Pensamiento
 
El pensamiento se puede considerar como el sistema de guía que dirige nuestra emoción. La imagen o la idea creada por nuestro pensamiento es la que determina hacia dónde se dirige nuestra atención o emoción. El pensamiento está íntimamente relacionado con la imaginación. Sorprendentemente, para muchas personas, el pensamiento por sí solo no tiene mucha energía; es sólo una posi­bilidad sin energía que le dé vida. Es la belleza del pensamiento puro. Ante la ausencia de emoción, no hay poder que pueda hacer realidad nuestros pensamientos. Nuestro don del pensamiento carente de emoción es el que nos permite modelar y simular las posibilidades de la vida sin riesgo, sin crear temor o caos en nues­tras vidas. Es sólo con nuestro amor o miedo hacia los objetos de nuestros pensamientos como infundimos vida a las creaciones de nuestra imaginación.
 
Sentimiento
 
El sentimiento sólo puede existir cuando hay pensamiento y emo­ción, puesto que representa la unión de los dos. Cuando sentimos, estamos experimentando el deseo de nuestra emoción fusionada con la imaginación de nuestros pensamientos. El sentimiento es la clave de la oración, al igual que nuestro mundo de los sentimientos lo es para la creación. Cuando atraemos o repelemos a otras perso­nas, situaciones y condiciones que encontramos en nuestra experiencia, quizá deberíamos observar nuestros sentimientos para comprender la razón.
 
Por definición, para tener un sentimiento, en primer lugar hemos de tener un pensamiento y una emoción. El reto para desa­rrollar nuestro nivel más elevado de dominio personal es reconocer qué pensamientos y emociones representan nuestros sentimientos. De estas simples y hasta quizá demasiado simplificadas defini­ciones, es evidente por qué es imposible «pensar sin más» en expe­riencias aterradoras y dolorosas. El pensamiento sólo es un componente de nuestra experiencia, «ver» en nuestra mente los posibles resultados. El dolor, sin embargo, es un sentimiento, el producto de nuestro pensamiento alimentado por el amor o el odio hacia lo que nuestra mente cree que ha ocurrido. Los maestros esenios, con esta fórmula, nos invitan a sanar los recuerdos de nuestras expe­riencias más dolorosas cambiando la emoción de la propia ex­periencia.
 
Como antigua base para el axioma moderno «la energía sigue a la atención», una parábola concisa del perdido Evangelio que describe este concepto: «Quien quiera proteger su vida, acabará per­diéndola». Estas engañosas y breves palabras explican por qué a veces atraemos a nuestras vidas experiencias que son las últimas que habríamos deseado tener.
 
En este ejemplo, mientras nos pre­paramos y defendemos contra todas las posibilidades y situacio­nes en las que podríamos perder nuestras vidas, el modelo sugie­re que en realidad estamos llevando la atención a esa misma experiencia que estamos intentando evitar. Al no querer, creamos la condición que permite que suceda. En lugar de centrar nuestra atención en lo que no queremos, es mucho mejor identificamos con lo que queremos traer a nuestras vidas y vivir con esa pers­pectiva. Justamente las afirmaciones proporcionan un maravilloso ejemplo de este principio.
 
Últimamente, las afirmaciones se han hecho muy populares entre los seguidores de algunas enseñanzas metafísicas y espiritua­les. En estas tradiciones se sugiere que al afirmar, muchas veces al día, las cosas que elegimos experimentar en nuestra vida, estas llegan a suceder. En general, cuanto menos complicada sea la afirma­ción, más claro será el efecto. Las palabras de nuestras afirmaciones con frecuencia reflejan un deseo de cambio en la vida, como por ejemplo: «Mi pareja perfecta se está manifestando para mí en este momento» o «Estoy lleno de prosperidad ahora y en todas las manifestacio­nes futuras».
 
Conozco personas que llevan sus afirmaciones hasta el grado de convertirlas en una disciplina formal. Empiezan a prepararse en el aseo con notas pegadas alrededor del espejo, recordándose las afirmaciones. Cuando cogen el coche para ir al trabajo por la mañana, pegan las notas en el tablero y se las cuelgan en los retrovisores. En el trabajo en su despacho las pegan en la mesa, en su agenda de notas y en la pantalla de su computadora; cada nota es como un recordatorio de esas cosas que han elegido cambiar o traer a sus vidas.
 
Es evidente que a algunas personas las afirmaciones les han abierto poderosas puertas. Por primera vez, las personas han empe­zado a sentirse dueñas y responsables de las cosas que les pasan en la vida. A algunas personas las afirmaciones les han funcionado; sin embargo, a otras muchas no. Tras meses de innumerables repeti­ciones de recordatorios creativos sin resultado alguno, sencillamente han dejado de repetir las afirmaciones. Nuestro antiguo modelo de pensamiento, emoción y sentimiento podría ayudar a esas per­sonas a comprender lo que ha sucedido o lo que no ha sucedido.
 
 
CUANDO LA ORACIÓN NO FUNCIONA
 
No hace mucho hice una encuesta informal entre los participantes de mis seminarios respecto a la oración. Utilicé los resultados para proporcionar un ejemplo actual de la naturaleza de la oración en ese tipo de audiencia en particular. Cada encuesta empezaba con la pregunta: «Cuando rezas, ¿qué pides?». Me puse un rotafolio con las hojas y delante de él iba registrando los múltiples y variados escenarios que habían descrito los miembros de cada grupo. Después de seis meses de estas encuestas informales, de públicos que eran una muestra representativa de distintos estratos sociales, étnicos, geográficos y de edad, pude definir cuatro propósitos para orar: para conseguir más dinero, un trabajo mejor, tener buena salud y mejorar las relaciones, justamente en este orden.
 

Orar por                                    Pensamiento             Sentimiento               Emoción

1. Más dinero                         ?       ?                         ?     ?                        ?                                 ?
2. Un trabajo mejor
3. Buena salud
4. Mejorar las relaciones
 
Al aplicar nuestro modelo de oración como pensamiento, senti­miento y emoción, podemos averiguar por qué funcionan nuestras oraciones y qué sucede cuando no es así. Por ejemplo, a la cabeza de la lista, lo más normal era rezar por dinero. Si queremos rezar para conseguir «más dinero», primero hemos de ser conscientes de cuánto dinero tenemos. Si rellenamos los espacios en blanco a medida que nos desplazamos por la tabla hacia la derecha, obtendremos una visión sobre la cualidad de dichas percepciones.
 
Cuando pedí a los asistentes que piden más dinero en sus ora­ciones que describieran sus pensamientos sobre él, las respuestas me llegaban desde todas las direcciones de la sala. Como cabía esperar, eran bastante similares. Frases como «no tengo bastante», «necesito más» y «se me está acabando» eran bastante frecuentes. Enseguida apunté las palabras que correspondían al apartado «pensamiento».
 
Antes hemos identificado el pensamiento como nuestro sistema de guía, el programa direccional para la energía que movemos en el mundo. Sin ese poder que alimenta a nuestro pensamiento, este podría existir indefinidamente como una posibilidad en nuestra mente. El potencial del pensamiento sin la energía que lo alimenta, es lo que conocemos como deseo. Para que nuestro pensamiento tenga fuerza, hemos de infundirle energía; quizás esta sea la respuesta a por qué nuestras oraciones a veces parecen no tener respuesta.
 
Cuando no está el poder que da vida a nuestras afirmaciones, éstas pueden existir indefinidamente como un potencial, como deseos bien intencionados.
Es nuestro don de la emoción el que confiere poder a la posibi­lidad de nuestro deseo. Al reconocer que podemos elegir amor o miedo como la emoción que alimenta a nuestro pensamiento, es más frecuente que basemos nuestra necesidad en el segundo. Cuando decimos que «necesitamos más» o que se «nos está aca­bando», generalmente la emoción que está detrás de estas afirmaciones es el miedo. Aun reconociendo que puede haber excepcio­nes, he colocado la palabra «miedo» a la cabeza de la categoría «emoción» en nuestra tabla. Con estos elementos de la oración aparentemente simples, adquirimos una claridad tremenda acerca del mecanismo de cómo y por qué nuestras oraciones funcionan (ó no funcionan) en el modo en que lo hacen.
 
Con los resultados de esta tabla delante, planteo la siguiente pregunta: cuando unimos la emoción del miedo con el pensamien­to de «no tengo suficiente», ¿qué sentimiento obtenemos?
La respuesta suele ser el silencio. No me sorprende, porque el sentimiento es distinto para todos. La palabra que utilizamos para describir el sentimiento no es importante. Lo que importa es el sentimiento.
-¡Venga! -les vuelvo a preguntar-. ¿Cómo se sienten cuando piensan que no tienen dinero y experimentan la emoción del miedo?
-¡Uf! -oigo exclamar desde algunas partes de la sala. -¡Fatal! -dice alguien, -¡Pésimo! -
Dice otro.
-Justamente -respondo yo-. Ahí es precisamente adonde quiero llegar. -A través de nuestros sentimientos, de la unión invisible de pensamiento y emoción, escogemos las situaciones que condicionan nuestra vida. Cuando imaginamos un resultado con el ojo de nuestra mente y somos conscientes de la emoción que lo está alimentando, forjamos el sentimiento. Para comprender lo que hemos creado, basta con mirar el mundo que nos rodea. ¿Cómo vamos a crear dinero, relaciones y salud si los sentimientos que alimentan a nuestra creación son «fatal», «pésimo» y «uf»? Los sentimientos de desvalorización alimentan precisamente la creación de esa expe­riencia contraria a la que deseamos tener en nuestra vida, el senti­miento de falta de autoestima. Casi todas las personas presentes ya han escuchado los principios del ejercicio. Quizá lo que les resulte nuevo sea la oportunidad de poder comprender qué es lo que les había sucedido en el pasado cuando rezaban. Ahí es donde empieza nuestra sanación.
 
Al repasar juntos estos ejercicios, en menos de diez minutos, con la ayuda de un sencillo tablón para colgar hojas, es posible ilustrar el mecanismo de lo que puede que sea el poder más grande de la creación. ¡Es la dicha que surge de recordar nuestro poder para traer bienestar, abundancia, salud, seguridad y felicidad a nuestras vidas, que se había perdido en Occidente hace mil quinientos años! Además de identificar cómo funciona nuestra tecnolo­gía interna de la oración, también tenemos que cambiar los elemen­tos de nuestra oración para que nos sirvan mejor en el futuro.
 
 
EL CALDO DE LA CREACIÓN
 
La idea de que el componente sutil del pensamiento, senti­miento y emoción pudiera tener algún efecto sobre el mundo físico de moléculas, átomos y células era un misterio para mí, por lo hice un experimento que recuerdo haber realizado en una fase temprana de mi vida para probarme los principios de los que estábamos hablando.
 
-El caldo de la creación existe como un estado de posibilida­des. Todos los componentes para cualquier cosa que podamos llegar a concebir, incluyendo la propia vida, existen en ese estado de posibilidad. Aunque allí están los componentes para formarlas, no hay ningún desencadenante que las «empuje» a moverse. Esta idea es muy similar a hacer una barra de caramelo de colores con una jarra de agua a la que le hemos añadido mucho azúcar. Podemos añadir muchas cucharadas de azúcar en el agua y ver cómo se disuelve y desaparece. Aunque ya no vemos el azúcar, sabemos que hay varias cucharadas en esa agua.
 
»El azúcar permanece en el mismo estado, invisible, hasta que llega algo que cambia las condiciones del agua. A eso lo llamamos catalizador, algo que desencadena una nueva oportunidad para que el agua y el azúcar interactúen. El desencadenante puede ser algo tan simple como colocar una cuerda de fibra en el agua. Cuando el agua impregnada de azúcar se absorbe en la cuerda, se evapora el agua y se separa del azúcar. Al no haber agua, el azúcar se cristaliza en una nueva expresión de sí mismo, en los diminutos cristales que siguen las leyes del aire más que las del agua. Diferentes temperaturas y presiones representan distintas leyes y producen cristales diferentes.
»Cuando creamos sentimientos sobre las cosas que queremos experimentar en el mundo, estos son como la cuerda en la solución de azúcar. Entre las posibilidades de la creación colocamos una imagen de sentimientos, con la energía suficiente para hacer realidad una nueva posibilidad. Sin embargo, la clave de este sistema es que la creación devuelve precisamente lo que nos ha mostrado nuestra Imagen. La imagen le dice al caldo creativo dónde hemos puesto nuestra atención. La emoción que asociamos a nuestra imagen atrae la posibilidad de la misma. Cuando «no queremos» algo -Una emoción que se basa en el miedo-, nuestro miedo está aumentando eso que no queremos.
 
Estas leyes nos invitan a robuste­cer nuestras elecciones centrándonos en las experiencias positivas que hemos elegido más que preparándonos para las cosas negativas que no deseamos. La creación simplemente produce la consecuen­cia de nuestro sentimiento, perpetuando aquello que hemos imagi­nado. Este es el antiguo secreto de un modo olvidado de oración, algo que se perdió en el siglo IV.
 
 
¿CÓMO ORAMOS?
 
Tras él ejercicio de afirmaciones y oración, pregunté a los participan­tes si sentían que sus oraciones en el pasado habían tenido respues­ta. Al principio hubo silencio, dudaban en responder. Poco a poco la gente empezó a levantar la mano para decir «no» o «sólo a veces». Estas personas me estaban diciendo que para las categorías de la oración concernientes al dinero, trabajo, relaciones y maestros, muchos sentían que sus ruegos no habían sido escuchados.
 
Mi siguiente pregunta fue: «¿Por qué?». ¿Adónde recurrimos para comprender la sofisticada tecnología de la oración y cómo la aplica­mos a nuestras vidas? Los investigadores de la oración, por razones de estudio, dividen las múltiples aplicaciones y métodos de oración utili­zados en Occidente en grandes categorías. Por ejemplo, Margaret Paloma, profesora de sociología en la Universidad de Akron (Ohio), identifica cuatro clases o modos, que describo a continuación.
 
Oración coloquial
Nos comunicamos con Dios con nuestras propias palabras, descri­biendo informalmente nuestros problemas o dando las gracias por las bendiciones que recibimos en nuestras vidas: «Amado Dios, por favor, permite por esta vez que mi coche llegue a la gasolinera que está en la próxima salida de la autopista, te prometo que nunca volveré a dejar que se me acabe la gasolina».
 


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Respuesta  Mensaje 2 de 2 en el tema 
De: Thenard Enviado: 29/07/2012 19:23
Oración de petición
En este tipo de oración pedimos nuestro bien a las fuerzas creativas de nuestro mundo para obtener cosas o resultados específicos. La oración de petición puede ser formal o con nuestras propias pala­bras: «Poderosa presencia "Yo soy", reclamo mi derecho a ____________».
 
Oración ritualista
Aquí repetimos una secuencia determinada de palabras, quizás en ocasiones especiales o en momentos concretos. Las oraciones antes de irse a dormir como el «Con Dios me acuesto...», o el «Señor, bendice los alimentos que vamos a tomar... » antes de las comidas, son ejemplos por todos conocidos.
 
Oración meditativa
Una oración meditativa es la que trasciende las palabras. En medi­tación estamos en silencio, quietos, abiertos y conscientes de la presencia de las fuerzas creativas dentro de nuestros mundos y nuestros cuerpos. En nuestra quietud, dejamos que la creación se exprese a través de nosotros en ese momento.
 
Para muchas personas, la práctica de la meditación va más allá de la oración. En el sentido más estricto de la palabra, si la medita­ción implica un pensamiento, un sentimiento y una emoción, puede ser definida como meditación y oración.
 
Los cuatro modos descritos, utilizados individualmente o com­binados, constituyen el grueso de las modalidades de oración que se emplean en Occidente.
En mi experiencia de las tradiciones indígenas o esotéricas, siempre ha habido referencias a un modo de oración que nunca ha parecido encajar en ninguna de estas categorías. Los viajes a algunos de los lugares más sagrados de la Tierra me han revelado un modo de oración que está reservado para los iniciados y los estu­diantes serios de temas espirituales. Las paredes de los templos de Egipto, las costumbres de los amerindios del Norte y los curanderos de las montañas de Perú me han enseñado una forma de oración que no parece ser conocida en las tradiciones occidentales.
 
¿Es posible que exista un quinto modo que nos permita fusiona nuestros pensamientos, sentimientos y emociones en una única y potente fuerza de creación? Además, ¿es esta la fuerza que abre directamente la puerta a los procesos de sanación en nuestro cuer­po y en el mundo? Tanto los textos antiguos como los estudios modernos nos dan a entender que así es.
 
Ejemplos de cáncer curado, entre otros fenómenos inexplicables, nos ofrecen pistas sobre el secreto que envuelve a nuestro olvidado método de ora­ción. Gracias a nuestra nueva comprensión del tiempo y de los puntos de elección, la física cuántica considera la posibilidad de que estos aparentes milagros como productos que ya exis­ten. El secreto de nuestro olvidado método de oración es cambiar nuestra visión de la vida sintiendo que el «milagro» ya se ha pro­ducido y que nuestras oraciones ya han sido escuchadas. Los pue­blos indígenas del mundo comparten el recuerdo de esta oración en sus textos más sagrados y en sus tradiciones más antiguas. Ahora tenemos la oportunidad de atraer esta sabiduría a nuestras vidas en forma de oraciones de gratitud por lo que ya tenemos, en lugar de pedir para que nuestras oraciones sean escuchadas.
 
 
LA ORACIÓN DE DAVID
 
Estiré la mano por encima del hombro para alcanzar una botella de agua fresca de mi mochila. Eran sólo las once de la mañana y el alto sol del desierto ya había penetrado el grueso nailon, eliminando cualquier resquicio de frescor de la botella. Durante semanas nos habían estado avisando de que estaban prohibidas las fogatas y quemar basuras. Incluso lanzar un cigarrillo desde la ventana de un vehículo en marcha podía suponer una cuantiosa multa. Este era el tercer año de sequía en el desierto del sudoeste de Estados Unidos. Aunque era una época de climas extremos en todas partes, parecía que las montañas del norte de Nuevo México estaban espe­cialmente afectadas, las pistas de esquí no habían abierto ese año, y el río Grande se había reducido a un hilo antes de fusionarse con el río Rojo cerca de Questa.
 
Al coger la reblandecida botella de plástico para abrirla, se me derramó un poco de agua alrededor del tapón. Observé fascinado cómo el agua salpicaba el suelo. La superficie estaba tan reseca que las gotas se fusionaban formando un charquito antes de rodar al interior de una pequeña depresión cercana. Incluso dentro de ese hoyo superficial, no se difuminaron y absorbieron en la tierra. Para mi sorpresa, todo el charquito se evaporó en cuestión de segundos.
-La tierra tiene demasiada sed para beber -me dijo David suavemente desde detrás.
-¿Has visto antes una sequía como ésta? -le pregunté.
-Los ancianos dicen que hace más de cien años que las lluvias no nos dejaban durante tanto tiempo -respondió David-. Esta es la razón por la que hemos venido a este lugar, para invocar a la lluvia.
 
Hacía años que conocía a David; de hecho, desde antes de tras­ladarme al elevado desierto del norte de Santa Fe. Los dos había­mos emprendido un viaje sagrado alejándonos de nuestros hoga­res, familias y seres queridos. Su gente llamaba a estos viajes la «búsqueda de la visión». Para mí suponía la oportunidad de escaparme de mis compromisos corporativos y estar en contacto con la tierra durante mi etapa periódica de reflexión sobre mi propósito y rumbo en la vida. A los cinco meses de habernos conocido, me fui a vivir a las montañas que había visitado para estar en soledad. Aunque David y yo rara vez nos veíamos, cuando lo hacíamos era como si hubiéramos estado hablando el día anterior. Nunca había ninguna sensación de extrañeza o necesidad de disculparnos por nuestra falta de contacto. Los dos sabíamos que teníamos que dar prioridad a las cosas de nuestra vida que nos exigía nuestra atención. En ese momento estábamos juntos, compartiendo una tórrida mañana de verano en el desierto.
 
Tras un largo trago de mi botella caliente, me levanté y empecé a caminar hacia David. Él estaba a unos veinte pasos por delante. Le seguía por un camino invisible que sólo él podía ver. Nuestra marcha se hacía más rápida a medida que nos abríamos paso por densos matorrales de salvia y chamico que llegaban a la altura de las rodillas. Miré el suelo que tenía delante. Cada uno de mis pasos levantaba una pequeña nube de polvo que desaparecía en la tórrida y seca brisa. Detrás no quedaba ni rastro del camino que estábamos creando. David sabía exactamente adónde íbamos; era un lugar conocido por su familia y antepasados durante muchas generacio­nes. Año tras año acudían a ese lugar en busca de la visión, para realizar sus ritos de paso, y en ocasiones especiales como hoy.
-Allí -dijo David. Miré hacia donde estaba apuntando. Tenía el mismo aspecto que los otros miles de hectáreas de salvia, junípero y pino que nos rodeaban en el valle.
-¿Dónde? -pregunté.
-Allí, donde cambia la tierra -respondió David.
 
Miré detenidamente, estudiando el paisaje. Revisé la parte superior de la vegetación, mis ojos buscaban irregularidades en el espacio y en el color. De pronto saltó a la vista, como una imagen oculta en uno de esos gráficos tridimensionales que disfrazan una imagen entre los puntos. Miré más de cerca y vi que las puntas de los arbustos de salvia tenían una distribución diferente. Al dirigir­nos hacia la aparente anomalía, pude ver algo en el suelo, algo grande e inesperado. Me detuve para colocarme a la sombra que creaba mi propio cuerpo, y entonces pude ver una serie de piedras, hermosas y de todo tipo, organizadas para formar perfectas líneas y círculos geométricos. Cada piedra estaba exactamente situada, revelando la precisión con la que las antiguas manos las habían colocado cientos de años antes.
 
¿Qué es este lugar? -le pregunté a David-. ¿Por qué está aquí, en medio de la nada?
-Esta es la razón por la que hemos venido -dijo riendo- por esto, lo que tú llamas «nada», es por lo que estamos aquí. Hoy sólo estamos tú y yo, la tierra, el cielo y nuestro Creador. Eso es todo. Aquí no hay nada más. Hoy nos pondremos en contacto con las fuerzas invisibles de este mundo; hablaremos con la Madre Tierra, con el Padre Cielo y con los mensajeros que están entre medio.
»Hoy rezaremos lluvia -dijo David.
 
Siempre me sorprende la rapidez con la que los viejos recuer­dos pueden inundar el presente. Al igual que me sorprende lo pronto que se desvanecen. Al momento, mi mente buscó las imá­genes de lo que esperaba que iba a suceder a continuación. Recor­dé las escenas de oración que me eran familiares. Recordaba haber ido a los pueblos vecinos y ver a los nativos ataviados con prendas de su tierra. Recuerdo haberlos estudiado mientras se movían rít­micamente al son de los mazos de madera con los que percutían los tambores de cuero de alce tensado sobre marcos de pino. Sin embargo, ningún recuerdo de mi mente podía prepararme para lo que iba a presenciar.
 
-El círculo de piedra es una rueda de medicina -me explicó David-. Que nosotros recordemos, siempre ha estado aquí. La rueda no tiene poder en sí misma. Sirve como objeto de concentración para invocar la oración. Puedes verlo como un mapa de carreteras.
Yo debía de haber puesto cara de perplejidad. Por lo que David se adelantó a mi pregunta y la respondió antes de que hubiera aca­bado de formularla en mi mente.
-Un mapa entre los seres humanos y las fuerzas de este mundo -dijo respondiendo a la pregunta que todavía no había formulado-. El mapa fue creado aquí, porque en este lugar las pieles de ambos mundos son muy finas. Cuando yo era un niño me enseñaron el lenguaje de este mapa. Hoy recorreré un antiguo camino que conduce a otros mundos. Desde esos mundos, hablaré con las fuerzas de esta tierra, para hacer lo que hemos venido a hacer. Invitar a la lluvia.
 
Observé cómo David se sacaba los zapatos. Hasta la forma en que se desataba los lazos de sus viejas botas de trabajo era una oración, metódica, intencionada y sagrada. Con sus pies descalzos sobre la tierra, se dio la vuelta y se apartó de mí en dirección al círculo. Sin emitir sonido alguno recorría su camino alrededor de la rueda, con sumo cuidado para respetar la colocación de cada una de las piedras. Con veneración hacia sus antepasados, colocó sus desnudos pies sobre la tierra agrietada. En cada paso, los dedos de sus pies se acercaban a menos de un centímetro de las piedras exteriores. Ni una sola vez las tocó. Cada piedra se quedó justo en el mismo sitio donde otras manos, de una generación hace mucho tiempo desaparecida, las habían colocado.
 
Mientras circundaba el contorno más lejano del círculo, David se giró, permitiéndome ver su rostro. Para mi sorpresa, sus ojos estaban cerrados. Habían esta­do así todo el tiempo. ¡Estaba venerando una a una la posición de cada piedra blanca y redonda sintiéndolas mediante la posición de sus pies! David regresó al lugar más cercano a mí y colocó sus manos en posición de oración delante de su cara. Su respiración era casi imperceptible. Parecía no enterarse del calor del sol del mediodía. Tras unos breves segundos en esta posición, respiró profundamente, relajó la postura y se giró hacia mí.
-Vámonos, aquí ya hemos terminado -dijo mirándome directamente.
-¿Ya? -pregunté un poco sorprendido. Parecía como si aca­báramos de llegar-. Pensé que íbamos a rezar para invocar a la lluvia.
David se sentó en el suelo para ponerse de nuevo los zapatos. Me miró y sonrió.
-No, yo te dije que «rezaría lluvia» -respondió-. Si hubiera rezado para invocar a la lluvia, nunca podría suceder.
 
Por la tarde cambió el tiempo. La lluvia empezó de repente, con unos pocos sonidos sordos sobre la tierra que estaba en direc­ción a las montañas del este. En cuestión de minutos las gotas se fueron haciendo más grandes y más frecuentes, hasta que se decla­ró una tormenta con todas las de la ley. Enormes nubes negras cubrían el valle, oscureciendo las montañas de Colorado por el norte durante el resto de la tarde. El agua se acumulaba con tanta rapidez que la tierra no la podía absorber, y al cabo de poco tiem­po empezaron los temores a las inundaciones. Miré los 18 kilóme­tros de salvia que había entre donde me encontraba yo y la cadena montañosa al este. El valle parecía un inmenso lago.
 
A última hora de la tarde, miré la previsión meteorológica de las estaciones locales. Aunque no estaba sorprendido, recuerdo haber sentido admiración mientras los mapas del tiempo colorea­dos parpadeaban en la pantalla. Las flechas animadas indicaban el típico patrón de aire frío y húmedo que descendía formando un ángulo desde la región Noroeste del Pacífico, atravesaba Utah y entraba en Colorado, como solía hacer en los meses de verano. Luego, inexplicablemente, la corriente cambió su curso e hizo algo excepcional. Observaba, sorprendido, cómo la masa de aire se adentraba con precisión en el sur de Colorado y norte de Nuevo México antes de formar un cerrado bucle para cambiar de direc­ción y regresar al norte, reanudando su camino a través de la región Central.
 
Con ese descenso se convertía en un frente de baja presión y aire frío que se mezclaría con el aire caliente y húmedo que ascendía del Golfo de México, la receta perfecta para la lluvia. Por las previsiones del tiempo, parecía que iba a llover y bastante. Llamé a David a la mañana siguiente.
-¡Qué desastre! -exclamé-. Las carreteras han desapareci­do. Las casas y los campos están inundados. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo explicas toda esta lluvia?
La voz al otro lado de la línea permaneció en silencio durante unos segundos.
-Ese es el problema -dijo David-. ¡Esta es la parte de la oración que todavía no he comprendido!
 
A la mañana siguiente, la tierra ya estaba lo bastante húmeda para aceptar más agua. Me monté en el coche y atravesé varios Pueblos en dirección a la ciudad más cercana. La gente estaba exta­siada contemplando la lluvia. Los niños jugaban en el barro. Los granjeros estaban en las ferreterías y tiendas de ultramarinos, ocupándose de sus negocios de ganadería y agricultura. Las cosechas habían sufrido un daño mínimo. El ganado tenía agua en sus estan­ques y parecía como si el norte de Nuevo México hubiera superado la tristeza de la sequía, al menos en lo que quedaba de verano.
 
 
GRATITUD: RESPIRAR LA VIDA EN NUESTRAS ORACIONES
 
La historia de David ilustra perfectamente el funcionamiento interno de un modo de oración olvidado por nuestra cultura hace casi dos mil años. Tras su breve ceremonia dentro del círculo de la medicina, David me había mirado y dicho simplemente: «Vámo­nos, aquí ya hemos terminado nuestro trabajo». El resto del tiempo que estuve con David ese día, ahora tiene mucho más sentido e importancia.
Ya sé lo que significaba la respuesta de David «he venido a rezar lluvia». El resto de la historia quizá sea mejor contarla con sus propias palabras.
 
-Cuando era joven -dijo-, nuestros mayores me transmitieron el secreto de la oración. El secreto es que cuando pedimos algo, estamos reconociendo que no lo tenemos. Seguir pidiendo sólo aumenta el poder de lo que nunca sucederá.
« El camino entre el ser humano y las fuerzas de este mundo empiezan en nuestro corazón. Es allí donde nuestro mundo de los sentimientos se une con el de nuestro pensamientos ». En mi ora­ción, empecé con un sentimiento de gratitud por todo lo que existe y por todo lo que ha sucedido. Di gracias al viento del desierto, al calor y a la sequía, pues hasta ahora así es como ha sido. No es bueno. No es malo. Ha sido nuestra medicina.»
 
Luego he escogido otra medicina. Empecé a sentir lluvia. Sentí la lluvia cayendo sobre mi cuerpo. De pie en el círculo de piedra, imaginé que estaba en la plaza de nuestro pueblo, descalzo bajo la lluvia. Sentí la sensación de la tierra húmeda que rezumaba entre los dedos de mis pies. Olí el olor de la lluvia en las paredes de paja y barro de las casas de nuestro pueblo después de las tor­mentas. Sentí la sensación de caminar por los campos de maíz que crecía hasta la altura de mi pecho debido a la generosidad de las lluvias.
 
Los ancianos nos recuerdan que así es como elegimos nues­tro camino en este mundo. Primero hemos de tener el sentimiento de lo que deseamos experimentar. Así es como plantamos las semi­llas para un nuevo camino. De ahí en adelante -prosiguió David- nuestra oración se convierte en una acción de gracias.
-¿Gracias? ¿Quieres decir gracias por lo que hemos creado?
-No, no por lo que hemos creado --respondió David – la creación ya esta completa. Nuestra oración se convierte en una oración de gracias por la oportunidad se elegir que creación vamos a experimentar. Mediante nuestro agradecimiento, veneramos to­das las posibilidades y atraemos a nuestro mundo aquellas que deseamos.
 
De este modo, con las palabras de su pueblo, David había compartido conmigo el secreto de entrar en comunión con las fuerzas de nuestro mundo y nuestros cuerpos. Aunque había escu­chado y comprendido lo que me había dicho, sus palabras todavía son más significativas para mí hoy en día.
 
 
NUESTRO MÉTODO DE ORACIÓN OLVIDADO
 
Después de haber estado con David, volví a buscar en los textos, algunos antiguos, otros contemporáneos. Descubrí que muchos grupos, organizaciones y sistemas filosóficos hablaban de nuestro olvidado método de oración. Muchos continúan practicándolo, con técnicas que nos dicen «piensa como si tus oraciones ya se hubieran hecho realidad» o «como si tus oraciones vinieran del lugar donde se cumple la oración». No obstante, por más que he investigado estas tecnologías, casi siempre el elemento del senti­miento brillaba por su ausencia.
 
A mediados del siglo XX, un hombre conocido simplemente como Neville puso en la vanguardia del pensamiento contemporáneo el método olvidado de oración con su trabajo pionero sobre las leyes de causa y efecto. Nacido en Barbados, Antillas, Neville des­cribió elocuentemente su filosofía de hacer realidad nuestros sue­ños mediante el sentimiento e invitamos a «hacer de [nuestro] futuro sueño un hecho en el presente, adoptando el sentimiento de [nuestro] deseo realizado». Además, Neville sugiere que es el amor por nuestro nuevo estado el que infunde poder para que su exis­tencia se haga realidad. «A menos que tú mismo entres en la ima­gen y pienses desde ella, esta no puede nacer. » Examinar una ora­ción específica, como una oración por la paz, puede aportar un grado de concreción a estos conceptos a veces un tanto confusos.
 
Los condicionamientos reinantes en nuestras tradiciones occi­dentales han hecho que «pidiéramos» que la paz se produzca bajo determinadas circunstancias. Al pedir que haya paz, por ejemplo, estamos reconociendo inconscientemente el hecho de que no la hay, quizá hasta reforcemos lo que puede ser visto como un estado de violencia. Desde la perspectiva de nuestro quinto modo de oración, se nos invita a crear paz en nuestro mundo mediante el pensamiento, el sentimiento y la emoción en nuestro cuerpo. Una vez que hemos creado en nuestra mente la imagen de nuestro deseo y hemos sentido que este se ha reali­zado en nuestro corazón, ¡Ya ha sucedido!. Aunque el propósito de nuestra oración puede que, todavía no se haya materializado ante nuestros sentidos, suponemos que así es. El secreto del quin­to modo de oración reside en reconocer que cuando sentimos, el efecto de nuestros sentimientos ya ha tenido lugar en alguna parte, en algún plano de nuestra existencia.
 
Nuestra oración se origina entonces desde una perspectiva muy distinta. En lugar de pedir que se produzca el resultado de nuestra oración, reconocemos nuestro papel como una parte activa de la creación y damos gracias por lo que estamos seguros de haber creado. Tanto si vemos los resultados inmediatamente como si no, reconocemos que en algún lugar de la creación nuestra oración ya ha sido escuchada. Ahora nuestra oración se convierte en una ora­ción afirmativa de acción de gracias, que alimenta nuestra creación y permite que se desarrolle en su máximo potencial. A continua­ción expongo un resumen de nuestra oración por la paz, desde la perspectiva tradicional y desde la de nuestro método olvidado de oración.
 
Oración de petición
1.        Nos centramos en las condiciones donde creemos que no lo que deseamos manifestar.
2.        Pedimos la intervención de un gran poder para que cambie dichas condiciones.
3.        Al hacer la petición, puede que estemos reconociendo hay carencia de aquello que deseamos se manifieste
4.        Continuamos pidiendo esta intervención hasta que vemos que se produce el cambio en nuestro mundo.
 
Este modo de petición es el más extendido en nuestra cultura actual y por todo lo explicado más ineficiente, a tal grado que fomenta que muchas personas pierdan la fé en sus oraciones y creencias en lo superior.
 
El quinto modo de oración
1.            Tomamos nota de todos los acontecimientos, los que vemos cuando no hay lo que deseamos que se manifieste, sin juzgarlos como buenos, malos, justos o injustos. Simplemente “son”.
2.            Mediante la tecnología del pensamiento, el sentimiento y la emoción creamos las condiciones desde nuestro interior que elegimos para tomar nota de nuestro mundo exterior. Por ejemplo: «Un cambio positivo en la Tierra, sanación para todo tipo de vida y paz en todos los mundos, prosperidad y felicidad para todos». Nuestro sentimiento de que ya es así da fuerza a nuestra oración y materializa ese fruto. Al hacerlo, hemos renovado el recuerdo de una posibilidad mejor.
 
Reconocemos el poder de nuestra «tecnología interna» y damos por hecho que nuestra petición ya se ha cumplido; la paz y el cambio positivo ya están aquí.
Nuestra oración consiste ahora en:
a)  reconocer lo que hemos elegido,
b)        sentir que ya se ha cumplido,
c)        dar gracias por tener la oportunidad de elegir, y al hacerlo infundimos vida en nuestra elección.
 
Las últimas traducciones de los textos arameos originales ofre­cen nuevas visiones de por qué las referencias a la oración han sido tan ambiguas en el pasado. Los manuscritos del siglo XII revelan el grado de las libertades que se tomaron para condensar la estructura de las frases y simplificar su significado. Quizás una de las referen­cias más evidentes y al mismo tiempo sutiles, sea una oración que se ha enseñado durante varias generaciones a los estudiantes de teología y a los alumnos del catecismo dominical. Este fragmento de nuestro método de oración olvidado nos invita a «pedir» el beneficio de nuestra oración, como en nuestra conocida admoni­ción «pedid y recibiréis». La comparación del texto arameo amplia­do con la versión bíblica moderna de la oración nos ofrece poderosas revelaciones sobre las posibilidades de esta tecnología perdida.
 
La versión moderna condensada:
 
En verdad, en verdad os digo, que todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido (Jn, 16,23­24).
 
La versión original, vuelta a traducir del arameo:
Todo aquello que pidas directa y abiertamente... en mi nombre, te será concedido. Hasta ahora no lo has hecho. Pide sin un motivo oculto y serás rodeado por la respuesta. Déjate envolver por lo que deseas, que tu júbilo sea completo...'
 
A través de las palabras de otros tiempos, se nos invita a acoger nuestro olvidado método de oración como una conciencia que nosotros encarnamos, en lugar de una forma prescrita de acción que realizamos para tal efecto. Al invitarnos a estar «rodeados» por nuestra respuesta y «envueltos» por lo que deseamos, este antiguo pasaje hace hincapié en el poder de nuestros sentimientos. En nuestro lenguaje actual, esta elocuente frase nos recuerda que para crear nuestro mundo, en primer lugar hemos de tener los sentimientos de que nuestra creación ya se ha realizado. Nuestras oraciones se convierten entonces en una acción de gracias por lo que hemos creado, en lugar de ser peticiones de lo que queremos que suceda.
 
UNA NUEVA FE
 
No puedo decir a ciencia cierta que la oración de David tuviera algo que ver con las tormentas que se produjeron durante el tiempo que estuvimos juntos. Lo que sí puedo decir es que el tiempo en el norte de Nuevo México cambió ese día. Tras sema­nas de sequía, de cosechas perdidas y ganado deshidratado, en un día cambió el tiempo y llegaron lluvias torrenciales que dieron lugar a lluvias diarias que duraron hasta las heladas de otoño. Además, puedo decir que hubo una sincronicidad entre el inespe­rado cambio de tiempo y la experiencia que compartí con David. El tiempo que transcurrió entre los acontecimientos fue cuestión de horas. ¿Cómo podemos probar un hecho de tal magnitud e importancia?. Es más sabio creer que no creer.
 
Los habitantes de los pueblos de amerindios en la desierta región suroeste no necesitan pruebas; sin duda alguna, ellos saben que dentro de cada uno de nosotros se encuentra el poder para comunicarnos directamente con las fuerzas creadoras de este mundo y fuera de él. Lo hacen sin expectativas, sin juzgar el resul­tado de su comunión. Por ejemplo, si no hubieran venido las llu­vias, David habría visto la ausencia de las mismas como una parte de su oración, en lugar de como una señal de fracaso. Su oración no ponía condiciones. No puso una fecha al resultado de su comu­nión con las fuerzas de la naturaleza. David había compartido un momento divino con los poderes de la creación, había plantado la semilla sagrada de una posibilidad a través de su oración y había dado gracias por tener la oportunidad de elegir otro resultado. Su inquebrantable fe en que su oración había logrado algo es la clave para regresar a nuestra oración perdida.
 
En nuestro mundo moderno, con frecuencia esperamos una gratificación y una respuesta rápida. El tiempo de procesamiento de nuestros ordenadores, por ejemplo, supera en más de cincuenta veces la rapidez de los primeros microordenadores de principios de los ochenta. Entonces, pensábamos que eran rápidos. Esperar durante más de una fracción de segundo tras teclear nuestro comando en el teclado a veces nos provoca ansiedad por obtener una respuesta que hace sólo unos años suponía el último avance de la tecnología. Los hornos microondas han reducido a la mitad el tiempo que se necesitaba para hervir el agua con la cocina de gas o eléctrica convencional. Se pudo de moda pizzas en menos de 30 minutos entregadas en tú casa, hamburguesas al instante que las pides. Ahora, esperamos con impaciencia a que el reloj digital marque los segundos que quedan para que hierva el agua. Ha habido una tendencia a ver los resultados de la oración del mismo modo. Si los resultados no son inmediatos, sentimos que no ha funcionado. Los antepasados eran más sabios.
 
Cuando David oraba lluvia, sabía a ciencia cierta que con su ora­ción había invitado una nueva posibilidad. Esto es un concepto científico de la Física Cuántica que explica que vivimos en un mundo de posibilidades simultáneas que corren paralelas en tiempo presente y el hecho de seleccionar una la convierte en la realidad, (Te recomiendo ver la película ¿Y tú que sabes? Para ampliar el concepto). También sabía que su oración no era más que una posibilidad. Quizás el efecto no seria inmediato para nuestros ojos. Mientras él y yo estábamos de pie en el campo de salvia, en lo alto de los desiertos del norte de Nuevo México, el hecho de que no viéramos inmediatamente la lluvia no le afectó a David demasiado. Estaba seguro de su capacidad para elegir otro resultado y su confianza era algo natural para él.
 
La certeza de David de haber plantado la semilla de la posibi­lidad en alguna parte de las profundidades de la creación, nos conduce a replanteamos una palabra que puede que en los últi­mos tiempos haya perdido su significado. Esa palabra es fe. Aun­que en The American Heritage College Dictionary la fe se define como «creencia que no se basa en pruebas lógicas o evidencias materiales», los antepasados y los pueblos indígenas de nuestros días aceptan una definición de la palabra mucho más amplia. Su comprensión es tan válida hoy en día como lo fue en generacio­nes pasadas, cuando la fe era la clave para comunicarse con las fuerzas invisibles de nuestro mundo. Gracias a su maravillosa­mente integrada visión de nuestro papel en la creación, la fe se convierte en la aceptación de nuestro poder como fuerza directriz en la creación.
 
Esta visión unificada es la que nos permite avanzar en la vida con la confianza de que a través de nuestras oraciones hemos plantado las semillas de nuevas posibilidades. Nuestra fe nos per­mite reasegurarnos de que nuestras oraciones han sido escucha­das. Con esta conciencia, nuestros rezos se transforman en expre­siones de gratitud que infunden vida a nuestras elecciones a medida que estas se manifiestan en el mundo. Es posible que esta sea la tecnología para ser co-creadores junto con el Universo.
 
 
Celebremos la vida !!!
Juan Carlos Fernández


 
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