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La vida; aquel ente que nos sumerge en el fondo del alma, que nos señala múltiples senderos; apacibles parajes, inhóspitos horizontes, valles de júbilo y desdicha, encuentros de amor y oquedad perenne; pasar que nos deleita con sus poesías al son de la lira, transitar de épocas y ciclos entrañables; manifestación tránsfuga del ocaso de nuestra lozanía, plenitud de un andar sereno y furtivo que nos cautiva en tonalidades distintas, abstrayéndonos al mundo del pintor, aquel poeta artífice del más selecto arte, que con pinceladas nos forja un mundo reflejo de su alma, manifestación de su ímpetu y vasallo de su propio espíritu, emancipador de preseas que aderezan la magnificencia del hálito de su existencia. Sí, el pintor, aquel ser que plasma su propia existencia, su perspectiva en el torrente de la vida y la cosmogonía, fruto de origen de aquella obra engalanada con maestría. Proezas que hacen de la vida un arte o vida que del arte surge altiva.


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