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Biografías de la Reforma Protestante: BERNARDO DE CLAIRVAUX...
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De: Julianhgm  (Mensaje original) Enviado: 27/04/2012 19:35

BERNARDO DE CLAIRVAUX (1090-1153)

El mas grande de los predicadores de la Edad Media, predico en 2000 monasterios y su area de influencia.

Bernardo de Clairvaux (Bernardus Clarævallis) es una de las más prominentes personalidades del siglo XII, de la Edad Media y de la historia de la Iglesia en general

Importancia de Bernardo.

Dio un nuevo impulso a la vida monástica, influyendo en asuntos que estaban más allá del monasticismo y contribuyó al despertar de una piedad interior en círculos más amplios. No sólo sabía cómo inspirar a las masas con su poderosa predicación sino que también entendía cómo guiar a las almas individuales mediante su pacífica conversación, alivio de la mente y dominio de la voluntad. Se decía en su tiempo que la Iglesia no había tenido predicador igual desde los tiempos de Gregorio Magno, lo cual no es una exageración si nos atenemos a sus alocuciones, que en copiosidad de pensamiento y belleza de exposición son magistrales. Reverenciado por sus contemporáneos como santo y profeta, sus escritos, que pertenecen a las más nobles producciones de la literatura eclesiástica, le han asegurado una influencia de largo alcance sobre la posteridad. Alabado por Lutero y Calvino, el nombre de Bernardo ha retenido una buena reputación entre los protestantes, aunque él representó muchas cosas a las que la Reforma se opuso.

Primeros años. Abad de Clairvaux.

Bernardo nació en Fontaines, Francia, en el año 1090 y murió en Clairvaux (en el valle de Aube) el 20 de agosto de 1153. Era el tercer hijo del caballero Tecelin y de la piadosa Aleth, cuya influencia decidió su futuro. Mientras era niño perdió a su madre y al no estar capacitado para el servicio militar fue destinado a una carrera de estudios. Fue educado en Chatillon y durante un tiempo parece que fue influenciado por el mundo (cf. MPL, clxxviii, 1857; Vita, I, iii, 6). Pero este periodo no pudo ser de larga duración, pues el recuerdo de su madre y las impresiones de un solitario viaje le hicieron recapacitar, resolviendo rápida y firmemente romper enteramente con el mundo. Indujo a algunos de sus hermanos, parientes y amigos a seguirle, y tras pasar medio año juntos en Chatillon entraron en el 'nuevo monasterio' de Cîteaux. En 1115 un monasterio hermano fue fundado en Clairvaux y Bernardo fue su abad. Entregó todas sus energías a la fundación del monasterio, pasando tiempo en prácticas ascéticas que el famoso Guillermo de Champeaux, obispo entonces de Chlons, vigilaba de tiempo en tiempo (Vita, I, vii, 31-32). Bernardo fue pronto consejero espiritual no sólo de sus monjes sino de muchos que buscaban su guía, dejando siempre Clairvaux impresionados, por el espíritu de solemnidad y paz que parecía flotar sobre el lugar (Vita, I, vii, 33-34). Sus sermones también comenzaron a ejercer una poderosa influencia, que fue aumentando a medida que su reputación como profeta y obrador de milagros (Vita, I, x, 46). Según la constitución que la nueva orden adoptó, Clairvaux fue la casa madre de una de las cinco principales divisiones en las que se organizó la comunidad cisterciense, siendo pronto Bernardo la personalidad más influyente y famosa de la orden entera. Ya en el pontificado de Honorio II (1124-1130) era uno de los hombres más prominentes de la Iglesia en Francia. Disfrutó del favor del canciller papal Haimeric (Epist., xv), tuvo relación con legados papales (Epist., xvi-xix, xxi), y fue consultado sobre importantes asuntos eclesiásticos. En el sínodo de Troyes (1128), al que fue llamado por el cardenal Mateo de Albano, habló en favor de los Templarios, se aseguró de su reconocimiento y se dice que bosquejó la primera regla de su orden (M. Bouquet, Historiens des Gaules et de la France, xiv, París, 1806, 232). En la controversia que se originó el mismo año con el rey Luis VI, que era antagonista de la Iglesia pero defendía celosamente sus derechos, Bernardo y sus frailes defendieron al obispo delante del rey (Epist., xiv), luego también delante del papa (Epist., xlvi, cf. xlvii), aunque al principio no obtuvo resultado.

 Actividad a favor de Inocencio II y contra Anacleto II.

Con el cisma de 1130, Bernardo se situó en primera fila entre los hombres influyentes de su tiempo, al defender desde el principio la causa de Inocencio II contra Anacleto II. Este posicionamiento de Bernardo y otros, estaba motivado sin duda por el temor de que Anacleto fuera influenciado por intereses familiares. A causa de esto pasaron por alto los procedimientos ilegales en la elección de Inocencio, valorándolos como una mera violación de ciertas formalidades, defendiéndole con razones de dudoso valor y subrayando el valor personal del papa. En la conferencia que el rey convocó en Étampes con personalidades seculares y espirituales sobre el asunto, Bernardo parece que tomó el papel de informador. También trabajó a favor del papa en negociaciones y mediante escritos (Epist., cxxiv, cxxv). Cuando Inocencio fue incapaz de mantenerse en Roma y fue a Francia, Bernardo estuvo a su lado. Más tarde, probablemente al comienzo de 1132, fue a Aquitania, como encargado de oponerse a la influencia de Gerardo de Angoulême sobre el conde Guillermo de Poitou, que estaba de parte de Anacleto (Vita, II, vi, 36). Su éxito aquí fue solo temporal (Epist., cxxvii, cxxviii), y no fue hasta 1135 que Bernardo pudo cambiar la mente del conde (Vita, II, vi, 37-38). Cuando en 1133 Lotario emprendió su primera campaña contra Roma, Bernardo acompañó al papa desde su residencia temporal en Pisa hasta Roma, impidiendo la reapertura de los procedimientos sobre los derechos de los papas opositores (Epist., cxxvi, 8 sqq.). Previamente había visitado Génova, animando al pueblo por sus alocuciones e inclinándolos a un acuerdo con los de Pisa, pues el papa necesitaba el apoyo de ambas ciudades (cf. Epist., cxxix, cxxx). También fue Bernardo quien en la primavera de 1135 indujo a Federico de Staufen a someterse al emperador (Vita, IV, iii, 14; Otto de Freising, Chron., vii, 19). Luego fue a Italia, donde a comienzos de junio dio comienzo el concilio de Pisa; según la Vita (II, ii, 8), todo el mundo le rodeó, de manera que parecía no estar in parte sollicitudinis, sino in plenitudine potestatis. Sin embargo, las resoluciones que se pasaron en ese tiempo referentes a las apelaciones a la sede papal difícilmente podían ser del agrado de Bernardo. Tras el concilio logró persuadir a Milán y otras ciudades de Italia septentrional a someterse al papa y al emperador (Epist., cxxix-cxxxiii, cxxxvii, cxl). En Milán intentaron elevarle casi a la fuerza a la sede de Ambrosio (Vita, II, ii-v). Durante la última campaña de Lotario contra Roma, Bernardo fue a Italia, en 1137, por tercera vez, trabajando con éxito contra Anacleto y tras Pentecostés de 1138 consiguió que su sucesor se sometiera a Inocencio, acabando así el cisma (Epist., cccxvii). Tras esto dejó Roma. Cuán grande fue la influencia en Roma de Bernardo, se aprecia en su oposición a Abelardo. Los asuntos político-eclesiásticos de Francia atrajeron pronto la atención de Bernardo. El joven rey, Luis VII, haciendo temerarios usos de sus prerrogativas, originó muchas fricciones, como cuando rechazó investir a Pedro de Lachtre, a quien el capítulo de Burdeos había elegido arzobispo. El papa le consagró y así estalló un conflicto que fue agravado por la entrada en escena del conde Tebaldo de Champagne. Tras un intervalo se le pidió a Bernardo que mediara, realizando fielmente su tarea y gozando de la confianza del rey hasta el fin de sus días (cf. Epist., ccciv), mientras que sus relaciones con el papa parecen haberse enturbiado al final (Epist., ccxviii; ccxxxi, 3).

 La segunda cruzada.

Un suceso inesperado fue la elección de otro Bernardo, abad de Aquæ Silviæ cerca de Roma, y antiguamente monje en Clairvaux, como papa Eugenio III (1145-53). Bernardo escribió poco después (Epist., ccxxxix) que todo el que tenía una causa venía a él, porque se decía que era él, y no Eugenio, el papa. Es verdad que ejerció una considerable influencia sobre Roma, especialmenteal principio, pero Eugenio no siempre siguió sus consejos e ideas; tenía que considerar a los cardenales, que estaban celosos de Bernardo. Hacia ese tiempo Bernardo, a petición del cardenal Alberico de Ostia, realizó un viaje al Languedoc, donde la herejía había avanzado grandemente y Enrique de Lausana tenía muchos seguidores. La presencia de Bernardo allí, especialmente en Toulouse, no pasó desapercibida, pero para tener éxito fue necesaria la predicación continua. Una comisión más importante le fue encomendada por el papa al año siguiente para predicar la cruzada. En Vézelay, donde el rey y la reina de Francia tomaron la cruz el 21 de marzo de 1146, la alocución de Bernardo fue totalmente efectiva. Luego atravesó el norte de Francia y Flandes, induciéndole los hechos oficiosos del monje Radulfo a adentrase en las regiones del Rin, teniendo éxito en la supervisión de las persecuciones contra los judíos en Mainz, que Radulfo había provocado. Su viaje por el Rin fue acompañado de numerosas curaciones, de las que la Vita (vi) da noticias en forma de diario. Pero la maravilla de las maravillas para él fue que, en vista de las consideraciones políticas, pudo influir en el rey Conrado a favor de la cruzada el mismo día de Navidad del año 1146. Durante la cruzada, Eugenio buscó refugio en Francia y Bernardo le acompañó, estando presente en el gran concilio de Reims de 1148; en el debate contra Gilberto de Poitiers que hubo tras el concilio, Bernardo fue su principal oponente, pero la envidia de los cardenales propició que Gilberto escapara (Vita, III, v, 15; Otto de Freising, De gestis Frid., i, 55-57; Hist. pont., viii, MGH, Scrip., xx, 522 sqq.). Entonces llegaron las primeras noticias negativas de la cruzada, tras las cuales siguieron las de su completa derrota. Nadie lo sintió tanto como Bernardo, quien con profética autoridad había predicho un desenlace favorable (De consid., ii, 1). En los últimos años de su vida experimentó muchas cosas que le causaron tristeza. Los hombres con los que había estado en contacto a lo largo de su vida habían muerto. Sus relaciones con Eugenio III a veces fueron turbulentas (Epist., cccvi) y su fragilidad y dolencias corporales aumentaron. No obstante, su vitalidad mental permaneció intacta, denotándolo su última obra, De consideratione.

 Ascetismo.

La vida toda de Bernardo estuvo dominada por la resolución que tomó cuando era joven. La obtención de la salvación de su alma y, lo que era lo mismo para él, la dedicación al servicio de Dios fue la suma de su vida. Servir a Dios demandaba por encima de todo una batalla contra la naturaleza, siendo honesto en esta pelea. Las tentaciones sensuales parece que las venció pronto y completamente (Vita, I, iii, 6), distinguiéndose por su pureza. Para suprimir la sensualidad en el más amplio sentido de la palabra se sometió a los más duros castigos, pero su exceso, que minó su salud, después lo frenó en otros (cf. Vita, I, xii, 60). Siempre permaneció entregado a un ascetismo muy estricto (Epist., cccxlv; Cant., xxx, 10-12; Vita, I, xii, 60), pero el castigo era para él un medio para la piedad, no la piedad en sí misma, que demanda del hombre otras cosas añadidas. La vida nueva viene sólo de la gracia de Dios, pero exige la más seria lucha por nuestra parte. La importancia que Bernardo atribuyó a esta obra se deduce de las amonestaciones que dirigió sobre ese punto a Eugenio. Que prefiere la vida contemplativa a la activa no es nada peculiar en él, deseando sin ninguna duda entregarse enteramente a ella. Realmente sólo el deber y el amor le impulsaron a actuar. De su propia experiencia recibió la fuerza para trabajar y la completa formación de su personalidad, por la que ejerció un poder de fascinación sobre otros; por otro lado, su actividad práctica le impulsó a un mayor deseo para la contemplación y le reportó mayores frutos (De diversis, sermo iii, 3-5).

 Estudio de la Biblia.

De sus horas tranquilas, a pesar de sus muchas presiones, una parte las dedicó al estudio, siendo su ocupación favorita la Sagrada Escritura. Su conocimiento de la Biblia era notorio, no solo citándola a menudo, sino que todas sus alocuciones están impregnadas de referencias, alusiones y frases bíblicas. Es cierto que su exégesis no va más allá de la usual de su tiempo; sin embargo los grandes pensamientos de la Sagrada Escritura son su gran influencia. Al alimentarse de ellos sabía de manera magistral cómo instilarlos en otros. Todas las cualidades de un predicador se conjugaban en él, pues además de estar vitalmente cautivado por la gracia de Dios, tenía un deseo ferviente de servir a sus oyentes, un conocimiento profundo del corazón humano y una riqueza de pensamiento y exposición fascinante, que de hecho no estaba libre de manierismo. Lo que se echa de menos en sus sermones son referencias a la variedad de relaciones en la vida, pero esto es comprensible porque sus oyentes eran monjes.

 Gracia y obras.

La genialidad religiosa es la cualidad más distintiva en la disposición general de Bernardo y a ello se debe la impresión que causó en su tiempo y la importancia que tiene en la historia de la Iglesia. A la vez, Bernardo es un hijo de su tiempo y sobre todo, de la Iglesia de su tiempo, en la que su vida religiosa pudo crecer sin conflicto. En este aspecto Bernardo no tiene relación con Lutero sino con Agustín, permaneciendo entre ambos León Magno, Nicolás I y Gregorio VII. Bernardo está imbuido del sentimiento de que lo debe todo a la gracia de Dios, y que descansa en la obra de Dios desde el principio al fin para la salvación, confiando sólo en su gracia y no en sus obras o méritos. Del perdón de pecados surge la vida cristiana (De diversis, sermo iii, 1). La fe es el medio por el cual nos aferramos a la gracia de Dios (In vigil. nativ. domini, v, 5; In Cant., sermo xxii, 8; cf. también In Cant., lxvii, 10; In vigil. nat. dom., sermo ii, 4). El hombre nunca puede estar seguro de su salvación poniendo su esperanza en su propia justicia, pues todas nuestras obras son siempre imperfectas. Por otro lado, Bernardo no niega que el hombre pueda y deba tener méritos, pero son sólo posibles por la gracia precedente y continuada de Dios; son dones de Dios, que tienen su recompensa en el mundo venidero como fruto, pero sin ser motivo de auto-glorificación. Ante Dios no hay exigencias legales, sino una adquisición para la eternidad, hecha posible y dirigida por la gracia de Dios. Una constante característica es la excesiva glorificación que Bernardo dedica a los santos, especialmente a María. Aunque se opone (Epist., clxxiv) a la nueva doctrina de su Inmaculada Concepción, sin embargo usa expresiones sobre la madre de Jesús de largo alcance (In nativ. Beat. Virg. Mariæ, v, 7; In assumpt. Beat. Virg. Mariæ, i, 4; In adv. dom., ii, 5). Igualmente sobre otros santos en (In vigil. Petri et Pauli, §§ 2, 4, y al final de la segunda alocución In transitu B. Malachiæ). No obstante, las usa en ocasiones especiales, tales como las fiestas de los santos, quedando siempre en un segundo lugar y ocupando solo Cristo el papel protagonista.

 El misticismo de Bernardo.

Bernardo siempre ha sido catalogado como un representante principal del misticismo cristiano y sus escritos ha sido muy usados, siendo la principal fuente de la Imitatio Christi. Pero ya aquí se hace evidente cuán diferentes son los fenómenos que se encuadran dentro del nombre de misticismo. Con el misticismo neoplatónico del pseudo-Dionisio el de Bernardo tiene algunos puntos de contacto, pero difiere en su carácter religioso. Es sabido de qué manera tan despreciativa hablaba Lutero del Areopagita, pero esta animadversión no tiene que ver con el misticismo de Bernardo. No es el hombre quien escala la altura divina sino la gracia de Dios en Cristo, que primero perdona el pecado y luego eleva al pecador perdonado. El misticismo de Bernardo se centra en Cristo, el humillado y exaltado; le agrada concentrarse en su apariencia terrenal, su sufrimiento y muerte, al ser la 'obra de redención' que provoca, más que otra cosa, el amor en el redimido (In Cant., xx, 2; De grad. hum. en sus primeros capítulos). Al mismo tiempo Bernardo percibe que una devoción sensual hacia el sufrimiento de Cristo no es la meta con la que uno debe satisfacerse; lo esencial es llenarse con el espíritu de Cristo y por su medio ser como él. Por la obra redentora de Cristo, la Iglesia es su esposa. A ella, es decir a la totalidad de los redimidos, pertenece ese nombre en su sentido primario y propio, y al alma individual sólo en tanto es parte de la Iglesia (In Cant., xxvii, 6, 7; lxvii; lxviii, 4, 11). Lo que recibe de él es en primer lugar misericordia y perdón de pecados, luego gracia y bendición. El clímax de la gracia es la unión perfecta, que en esta vida es experimentada por el piadoso en ciertos momentos (De consid., V, ii, 1; De grad. hum., viii; De dilig. Deo, x). Cuando Bernardo habla de ser uno con Cristo y con Dios, su pensamiento se viste con expresiones bíblicas, pero distingue esa unión de la consustancialidad que existe entre el Padre y el Hijo en la Trinidad. Bernardo está totalmente libre de pensamientos panteístas, de forma que su misticismo no entra en oposición con la Iglesia, tal como su actitud eclesiástica en conjunto muestra.

 Doctrina de la Iglesia.

La Iglesia es para Bernardo, con su jerarquía, a cuya cabeza está el obispo de Roma, sucesor de Pedro y vicario de Cristo, la demostración del reino de Cristo en la tierra. Por esta razón ha de gozar de perfecta autonomía, teniendo el derecho de supervisión sobre todo en la cristiandad, incluso sobre príncipes y estados. Tiene el derecho hasta sobre la espada secular (De consid., IV, 7; cf. Epist., cclvi, 1). Sin embargo, Bernardo no es un ciego adherente de las ideas de Gregorio VII. En primer lugar demanda una perfecta separación entre los asuntos seculares y espirituales; lo secular es dejado como tal al gobierno secular y sólo para propósitos espirituales y en su sentido espiritual tiene el papa supervisión (De consid., i, 6). Pero Bernardo es también un oponente del poder papal absoluto en la Iglesia. Tan ciertamente como reconoce la autoridad papal como la más alta en la Iglesia, igualmente reprueba el esfuerzo de hacerla única. Incluso los rangos medios y bajos de la Iglesia tienen su derecho ante Dios. Retirar a los obispos de la autoridad de los arzobispos, a los abades de la autoridad de los obispos, para que todos sean dependientes de la curia significa hacer de la Iglesia un monstruo (De consid., iii, 8).

 Monasticismo.

A pesar de las muchas actividades polifacéticas de Bernardo, él fue y permanece sobre todo como monje, no cambiando su monasticismo ni por la sede de Ambrosio ni por el primado de Reims. Para él el monasticismo es el ideal del cristianismo. Reconoce que el verdadero cristianismo es también posible viviendo en el mundo (Apol., iii, 6; In Cant., lxvi, 3; De div., ix, 3), pero tal vida comparada con la monástica le parece inferior y en lo espiritual una posición peligrosa (De div., xxvii, 2), una división del alma entre lo terrenal y lo celestial. No es tanto que la vida monástica sea un mérito en sí misma, sino que es el camino más seguro de salvación. A ese fin ha de someterse todo el orden del monasterio y aparte de ello carece de valor. Bernardo tuvo relaciones con los diferentes monasterios, no faltando en sus relaciones con los cluniacenses fricciones (cf. Epist., i; clxiv; cclxxxiii; etc., y especialmente la Apologia ad Guilelmum), pues el surgimiento de la nueva orden tuvo lugar parcialmente a expensas de la antigua. Sin embargo, Bernardo fue altamente estimado por los cluniacenses, teniendo estrechas relaciones con su cabeza, Pedro el Venerable. Que no fuera interrumpida esta amistad se debió principalmente a Pedro, quien sabía cómo sobrellevar la ocasional falta de consideración de su gran amigo (cf. Epist., clxvi, 1; clxviii, 1) sin resentimiento (Epist., ccxxix, 5). Existió entre ambos un mutuo afecto y admiración, siendo las cartas que intercambiaron un testimonio honorable que puede ser apreciado por lectores modernos.

 Escritos.

Las obras de Bernardo incluyen una gran colección de cartas, varios tratados, dogmáticos y polémicos, ascéticos y místicos, sobre monasticismo y el gobierno de la iglesia; una biografía de Malaquías, el arzobispo irlandés, y sermones. También se le atribuyen himnos. Las obras más importantes son sus cartas, que constituyen una de las más valiosas colecciones de historia eclesiástica, y los sermones, de los cuales los del Cantar de los cantares son la principal fuente del misticismo de Bernardo. El primero y el quinto libro de su De consideratione son también de carácter místico, mientras que el ii, iii y iv contienen una crítica de los asuntos de la iglesia de su tiempo, proponiendo un programa para la conducta papal que un papa contemporáneo habría tenido dificultades en seguir.

Himnos.

A Bernardo se le atribuyen cinco himnos: (1) Rhythmus de contemptu mundi, "¡O miranda vanitas! ¡O divitiarum!" (2) Rhythmica oratio ad unum quodlibet membrorum Christi patientis, una serie de salves dirigidas a los pies, rodillas, etc. del crucificado, (3) Oratio devota ad Dominum Jesum et Beatam Mariam matrem ejus, "Summe summi tu patris unice"; (4) un himno de Navidad "Lætabundus exultet fidelis chorus"; (5) Jubilus rhythmicus de nomine Jesu, "Jesu dulcis memoria," sobre la bendición del alma unida a Cristo. Todas esas composiciones, además de ser bellas en forma y composición, se distinguen por una ternura y un vivo afecto de fervor místico y santo amor. Si realmente son suyos, merece el título de Doctor mellifluus devotusque. También el Salve regina, que se cierra con las palabras "O clemens, O pia, O dulcis virgo, Maria," se le atribuye. Mabillon niega que sean de Bernardo todos estos himnos a pesar de la antigua y prevaleciente tradición. Pero uno se inclina a aceptar la tradición, especialmente desde que el escolástico Berengario, en su Apologia Abelardi contra S. Bernardum, señalara que Bernardo se dedicó a la poesía desde su juventud

 



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Respuesta  Mensaje 2 de 2 en el tema 
De: Dios es mi paz Enviado: 28/04/2012 23:01

 

 

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Interesantisimo, Araceli


 
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