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Respuesta  Mensaje 1 de 1 en el tema 
De: marce702  (Mensaje original) Enviado: 19/04/2011 00:09
 
ANGELES EN FORMA HUMANA

El famoso pintor y escultor renacentista Benvenuto Cellini cuenta en su autobiografía cómo un ángel le salvó la vida en una de sus estancias en la cárcel.

El problemático y pendenciero Cellini había ya sido encarcelado en varias ocasiones, una de ellas, condenado a muerte por asesinato, habiéndose librado de su sentencia gracias a la intervención directa del Papa Paulo III.

Cellini – también joyero – fue en otra ocasión encarcelado bajo la acusación de haber robado ciertas joyas pertenecientes al Papa Clemente. Intentó escapar de su celda – en el castillo de Sant’ Angelo – pero fue capturado en su fuga, siento esta vez confinado a una de las peores mazmorras de los sótanos del castillo. Desesperado, decidió poner fin a su vida ahorcándose de una viga. Cuando estaba ya a punto de cumplir su decisión, una tremenda e invisible fuerza lo derribó contra el suelo. Seguidamente tuvo la visión de una joven angelical, que le recriminó su comportamiento, señalándole la importancia de la vida y de su preservación. Poco después fue liberado por la intercesión de un cardenal, llegando a convertirse en uno de los más destacados artistas del Renacimiento. Esta enorme fuerza física desarrollada por el ángel que salvó a Cellini nos recuerda el caso de Jovita Zapien, en el que unas niñas fueron capaces de alzar una máquina que pesaba varias toneladas. En su libro Where angels Walk, Joan Wester Anderson cuenta el caso de una joven madre de familia cuya camioneta, en la que también viajaban sus hijos, se quedó sin gasolina deteniéndose justo sobre unas vías. Al momento un joven se asomó por la ventanilla, advirtiéndole que el tren llegaría en medio minuto y que por ello iba a mover un poco su camioneta para sacarla del peligro. Seguidamente empujó con una sola mano y muy tranquilamente el pesado vehículo, que se deslizó unos cuantos metros deteniéndose de nuevo. El tren llegó en aquel preciso instante con su estruendo habitual. Seguidamente la joven buscó con la vista a su benefactor pero ya no lo pudo hallar. Afortunadamente la gasolinera estaba tan sólo a unos pasos y rápidamente llegaron empleados de la misma y algunos voluntarios, quienes entre todos – fueron necesarias ocho personas – empujaron el coche hasta la estación de servicio. ¿Quién fue el oportuno joven que los salvó de ser arrollados por el tren moviendo con una sola mano el pesado coche que luego ocho personas apenas pudieron desplazar?.

Tanto el caso de Cellini como el de esta camioneta demuestran de un modo inequívoco que las apariciones físicas de los seres angelicales no son sólo “visiones” o manifestaciones “etéreas”, sino que son capaces de actuar sobre el entorno físico, desarrollando, cuando es necesario una fuerza imponente e incomprensible.

Estos seres misteriosos pueden ser hombres o mujeres, muy jóvenes, de mediana edad o ancianos. Suelen ser poco habladores, limitándose a actuar con la máxima eficiencia – generalmente dan la impresión de no disponer de mucho tiempo, como si el esfuerzo que deben hacer o la energía que deben reunir para manifestarse en nuestro plano fuera enorme – para seguidamente, desaparecer.

Sin embargo no todas las apariciones angélicas bajo forma humana suelen tener lugar en un momento de gran peligro o en circunstancias extraordinariamente dramáticas. Hay excepciones, unas veces su aparición ocurre en momentos de gran exaltación emotiva o espiritual y en algunas ocasiones, incluso hablan extensamente. Transcribo seguidamente el relato de Nigbe Quetzali, de Miami, Florida:

“Desde que yo recuerdo he sido una enamorada del sol, lo que siempre atribuí a pertenecer al signo zodiacal Leo, cuyo regente es el astro rey. Pero un día, hablando con un amigo, me sorprendió descubrir que para él el sol era un ser vivo e inteligente, con conciencia y emociones, asegurándome incluso que El era mi guía espiritual. Aunque ello me llenó de asombro no lo puse en duda, pues algo dentro de mí me decía que era cierto. Así, mi actitud fue de gozo, como quien descubre algo que ya desde antes presentía. Todo esto ocurrió de noche, por lo que no me fue posible correr a encontrarme con la estrella solar. De modo que después de una larga conversación me fui a dormir, bastante tarde por cierto.

Desperté ya bien avanzada la mañana, quizás serían como las once y media, aunque no lo sé con seguridad. Me preparé rápidamente para salir. Mi deseo, o mi necesidad, era la de ir a un parque cercano, sentarme en un banco y hablarle al sol. Sí, recuerdo perfectamente que llegué a mi banco a las doce en punto, exactamente al mediodía. Estaba desocupado, así que me senté. Levanté los ojos al cielo, mi mirada se encontró con el sol (debo aclarar aquí que desde niña puedo mirarlo directamente, sin que me lastime el resplandor, lo cual aconsejo que no lo hagan, pues puede resultar muy dañino). Al verlo me quedé extasiada. Hablaba mentalmente con él. No recibía respuesta, pero yo me encontraba arrobada, recordando mi conversación de la noche anterior y llena de gozo porque por primera vez veía al Sol como un ser inteligente y con conciencia. Me hallaba tan absorta que no sentí llegar – ni sentarse a mi lado – a un hombre que me sacó de mis cavilaciones al decirme: “El te escucha”. Sorprendida, bajé la mirada para encontrarme con un rostro apacible y armonioso, pero nada extraordinario, aunque desde un principio hubo una extraña comunicación entre nosotros; me miró a los ojos y sentí que veía dentro de mí, sentí que entre aquel desconocido y yo había un lazo muy estrecho. Con ese mismo rostro extrañamente sereno, dirigió su mirada al Sol. No hubo sonrisas, ni asombro de broma. Había en todo aquello un dejo de ceremonia que me inspiraba un profundo respeto. A mi vez alcé el rostro hacia el Sol, respondiéndole después con una voz que no se parecía a la mía, pues sonó mucho más profunda y segura: “lo sé”.

Después de aquel mágico momento sentí una especie de “regreso a la normalidad”, se desvaneció el ambiente especial y pude observar entonces al extraño. Era un hombre de unos cuarenta años aproximadamente, sin nada de peculiar y de aspecto más bien común. Su tez era morena clara, llevaba el pelo corto, negro con algunas canas. Vestía un pantalón de color beige que se veía ya usado, una camisa blanca y una chaqueta de color café. Que yo recuerde no había en él nada que resaltara. Se veía como cualquier persona de clase media baja. Conversamos. Me preguntó cosas sobre mí, como lo haría cualquier persona que acaba de conocer a otra. También me habló de él. Me dijo que trabajaba en una compañía muy cerca de allí, que era vendedor. Me pareció un hombre muy simpático y ahora sí, sonreía. Sacó del bolsillo una cartera negra y de ella una tarjeta con sus datos. Me la tendió diciendo que le llamara cuando quisiera, que sería muy agradable verme otra vez pues le había caído muy bien. Contesté que él a mí también y que cuando pudiera lo llamaría. Nos despedimos. Lo vi darse la vuelta y caminar por la vereda rumbo a la calle. Bajé la mirada para ver su nombre que – impreso en letras negras – figuraba en la tarjeta. Levanté la vista para verlo irse y, ¡ya no estaba! ¡Era imposible!. No habían pasado ni tres segundos. Analicé las posibilidades. Yo me hallaba al principio de la vereda. El lugar más cercano de donde uno pudiera ocultarse estaba al menos a quince metros de distancia, no había arbustos altos ni árboles cercanos. Todo estaba al alcance de mi vista, menos él. Me quedé allí, en medio de todo. No había gente a mi alrededor, sólo un silencio que cada vez me inquietaba más. Estaba desconcertada y pensé que todo había sido un sueño.

De pronto sentí la tarjeta en mi mano. ¡Era verdad! ¡El había estado allí! Corrí hacia un teléfono. Con emociones encontradas marqué su número ¡Qué tonta soy! – me decía - ¿qué diré? En eso oí una voz al otro lado, era una voz de mujer. Pregunté por él. La señora que contestó me dijo que dicha persona no vivía allí. Comprobé el numero y era correcto. Expliqué a la señora que me habían dado su teléfono como perteneciente a una compañía, le di la supuesta dirección y no coincidía. Me dijo que era un domicilio particular y que no podía haber error pues llevaba ya muchos años con ese número telefónico. Le agradecí su atención y colgué el auricular cada vez más desconcertada. Dirigí mis pasos hacia la dirección indicada en la tarjeta y al llegar me encontré con un pequeño comercio. No había tal compañía. Me quedé largo tiempo mirando aquella tarjeta, no encontraba explicación a lo sucedido. De pronto recordé su primera frase: “El te escucha”. Sentí un estremecimiento que me recorrió de pies a cabeza y enseguida algo me hizo comprender que era inútil seguir buscando. Al menos aquí, en este mundo”.
Tomado de libros de ángeles
                     






 


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