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Nuevos mensajesLA SEÑORA SENTIMIENTO ELENA BURKE

Elena Burke sin duda, es una de las más importantes del cancionero del siglo XX en Cuba.
Dueña de una de las voces de contralto más hermosas de la música cubana. Bautizada como La Señora Sentimiento, debuta en 1941 como aficionada en un programa de CMQ Radio, y al año ya su voz y calidad interpretativa le abren paso al camino profesional donde se mantiene como primera figura hasta su muerte.
Romana Burgues, era su verdadero nombre, nació en la capital cubana allá por 1928, justo para ser una atrevida jovencita de voz insospechable, cuando el movimiento feeling de la cancionística cubana empezó a dar crecientes señales de vida, desde los inicios de la década del cuarenta. Ella, como muchas otras figuras de la música popular cubana, debutó en la radio y de allí muy pronto pasó al cabaret.
 
Antes de ser solista, sus dotes innatas de cante se alimentaron con la participación en varios de los más importantes cuartetos vocales de los años cuarenta. En ellos fermentaba el repertorio del feeling y su particular manera de decir la canción: Cuarteto de Facundo Rivera, Cuarteto de Orlando de La Rosa y las D'Aida.
 
En 1957, Álvarez Guedes le produjo a Elena Burke su primer disco de larga duración para su sello Gema. El puso condiciones espléndidas desde el punto de vista orquestal, para que ella enseñara sus poderosas cartas credenciales como una de las más importantes voces del cancionero en lengua hispana durante el siglo XX.
 
Lo demás fue madurar y darse a conocer cada vez más. Es decir, vivir intensamente cada día que se ha topado por delante. En ese tráfago vital, Elena ha logrado convertirse en vehículo muy especial de los sentimientos de la immensa mayoría de la gente. Ella es de alto aprecio entre los más humildes moradores de la mayor de las Antillas, como entre los individuos de más soberbio elitismo. Esta mujer que ha logrado, con su voz de inacabables recursos, dar siempre la impresión de que te está cantando a ti y muy cerca del oído, aunque tú seas uno de los miles de espectadores que ha colmado un coliseo para ir a disfrutarle, se ha convertido en un modo de ser de la espiritualidad cubana.
 
Acerca de Elena Burke, el notable escritor Gabriel García Márquez comentó que ella descubre con su voz lo que hay en su interior, y por eso por donde pasa deja huella y deja huella, porque sus interpretaciones consiguen imponer en el escucha el texto, la melodía y el ritmo de las canciones.
 
Son razones suficientes para advertir la angustia en las calles, en los hogares, en cualquier sitio de la Isla, cuando se supo que estaba gravemente enferma en Ciudad México. Y también en esos mismos medios que se palpó como un respirar más descansado, al conocer que enferma y todo había llegado a La Habana. Ya estaba en casa y podía potenciarse la esperanza que no se nos muriera cuando más falta nos hacía.
 
Todos sus paisanos, pero sobretodo el habanero, se mantuvo en vilo mientras su convalecencia era estacionaria y mucha gente lloró cuando algún malvado desató el rumor de su muerte... Por eso, en el momento en que la radio y la televisión dieron la noticia de que ella volvería a la Sala Avellaneda a cantar, Cuba, como un solo corazón, se paralizó.

Todo el que cupo se metió en el Teatro Nacional de Cuba a ver a Elena el día señalado, más bien, a comprovar que era verdad que todavía era posible querer o malquerer a través de las canciones de ella, como una carpa milagrosa arma con su voz. Al fin se abrió el telón y todo el mundo se quedó callado al verla ahí, en un sillón de ruedas con un micrófono delante... El amor pudo más que la incertidumbre y poco después rompió un aplauso interminable, al que ella respondió diciendo: "Yo hubiera querido agredecerles de pie..."
 
Una voz del público le interrumpió: "No importa, Elena. Estás aquí con nosotros". Entonces ella empezó a cantar tímida, como una adolescente que sale por primera vez al escenario. Cantó muchas canciones tratándose de entregar toda y empezaron a gritos las peticiones.
 
Nadie sabía, ni quería saber, como terminaría aquello. Fue cuando a petición de un admirador que estaba en el tercer balcón, ella comenzó a cantar Yolanda, de Pablo Milanés. Todavía no había llegado ni a la mitad de la canción y se quedó en blanco. Era claro que se la había olvidado la letra. El guitarra acompañante le volvió a dar el pie, ella decía dos o tres palabras y no podía seguir... Entonces los presentes le devolvieron lo que durante décadas ella les había entregado. Un coro de más de dos mil personas se fue alzando hasta el clamor, mientras le cantaba a Elena la canción de Pablo. Desde ese momento se vio bien claro que ella nunca se iba a morir.
 
Después de esa noche, Elena Burke, ya sin apuros en su sillón de ruedas, sale a cantar con la seguridad que le entregaron en el Teatro Nacional. Se la ve cantando cada semana en el mítico Gato Tuerto del Vedado y también en el piano bar del Meliá Habana. Ella es todavía un resistente pulmón de la sensibilidad del cubano, a quien lamentablemente no se conoce mucho más allá de sus aguas territoriales. 
 
 La mañana  9 de junio del 2002, falleció en La Habana a causa de una enfermedad terminal que controlaba desde hacia cuatro años, la destacada cantante Elena Burke, quien fuera calificada como la Señora Sentimiento  por su modo peculiar de interpretar boleros y canciones de corte romántico.sobrellevaba con entereza el padecimiento del sida, enfermedad contraída durante su estadía en México, y que ninguno de sus amigos, y nadie del público le preguntó o hizo referencia estando la cantante en vida por el gran cariño e inmensa admiración a su persona y su arte.
 
La Burke vivió sus últimos días en silencio, alejada de la farándula, sólo acompañada por sus recuerdos y las visitas ocasionales de sus íntimos. Pocas veces se le vio en público, salvo aquella noche de diciembre de 1999 cuando familiares y amigos se reunieron en el Habana Café del Hotel Meliá para festejarle un año más de vida.
Era tanta la admiración y el cariño que sentía el pueblo asistente al sepelio de “La Señora Sentimiento”, que todo el tiempo, en el cortejo, las anécdotas chispeantes, las evocaciones de canciones famosas, iban dibujando una especie de nostálgica alegría.
 
Alguien dijo que Moraima la esperaba en el cielo. Tenían tanto que hablar. Elena tenía tanto que contarle de Omara, de sus últimos días en La Habana. De esa gran manifestación de pueblo que la acompañó por las calles del cementerio de Colón, cantando a toda voz el Para Vivir de Pablito, y aquel aplauso desacostumbrado y estruendoso que coreó su bajada a la tumba.
 
La Mora podía contarle cuánto la había extrañado y de su  inseparable hija adoptiva la espectacular  Leonora Rega. Preguntarle por sus nietos y pedirle que le contara de sus últimos éxitos en Veracruz. Era la lógica conversación entre dos amigas que se reencuentran. No estaba de más, en el inusitado diálogo, la frase irónica de la Mora: “Elena, tú no solo llenabas teatros, cabarets y salas de concierto, también llenaste el cementerio de La Habana, en tu función de despedida.” Las dos se abrazaron riendo. Y el eco de la carcajada debe haberle llegado a Omara en cualquier lugar del mundo en que estuviera conquistando sonados éxitos con la música, que ellas cultivaron.
 
Elena vivió para cantar, desde sus tiempos iniciales, cuando era un bichito y visitaba a los muchachos del filin en el Callejón de Hamel. Desde entonces fue vehículo interpretativo de todos los géneros y de todos los autores, cubanos o no.
 
Su periplo artístico hizo escala importante cuando conoció a la pianista y directora de orquesta Aída Diestro, quien trabajaba en la CMQ Radio y a la cual animó para formar parte de una agrupación vocal que había planeado junto con Moraima Secada, Omara y Haydeé Portuondo. En agosto de 1952 debutaron en el Carrousell de la Alegría, espacio televisivo presentado por Germán Pinelli. Recién acababan de montar dos números: Mamey colorado y Cosas del alma. De ahí pasaron al Show de mediodía y eso les hizo pensar en extender su repertorio, entonces armaron: Que jelengue, Profecía, Ya no me quieras y Las mulatas del cha cha cha. Todo prometía; sin embargo, la irregularidad en los contratos fracturó el proyecto y provocó la separación.
 
"Yo lo pensé mucho -comentaba Elena-, como quiera que sea habíamos logrado algo importante en nuestras vidas. Teníamos un estilo muy singular que gustaba a propios y extraños y eso le daba perspectivas a nuestro trabajo. Realizamos algunas giras por el extranjero, grabamos un disco acompañando a Nat King Cole y otro a dúo con Lucho Gatica, pero creo que se dio el momento en que cada una de nosotras necesitaba consolidarse por separado y, bueno, nos despedimos, sin pena y sin llanto."
 
Separada de sus amigas, Elena fue en pos de un algo que le definiera. Un estilo que, amén del don de la expresión, le proporcionara libertad para interpretar cualquier tema. Y ese "algo" lo encontró de manera expedita en su persona, ya que en ella estaba el don de la expresión como una de sus más altas cualidades.
 
Entonces La Burke se convirtió en la intérprete ideal de todo compositor, pues si bien se aprendía la canción interiorizando las motivaciones del autor, hacía visibles las palabras, la metáfora más sutil con una gestualidad característica y, al mismo tiempo, con una fuerza expresiva de arrebato.
 
"A menudo se dice que soy la mejor intérprete del filin... Yo pienso en un determinado momento se puede interpretar una canción muy mal y se deja de ser la mejor en ese momento. Eso es muy relativo. El filin es una cosa en la que tiene que ver mucho el ánimo, la emoción", afirmaba.
 
Enriqueta Almanza, una de sus más asiduas acompañantes al piano decía que no era fácil acompañar a Elena: "Ella no permite caer en rutinas. Aunque se trate de canciones repetidas, siempre hace de una versión variantes insólitas. En un escenario uno tiene que andar cazándola, pues nunca proyecta un número igual ni dos veces. Y no hablo de lo musical solamente, sino de la emoción".
 
Por su parte Frank Domínguez, él compositor de Tú me acostumbraste, de la que Elena fue su primera intérprete, comentaba al respecto del estilo de Elena y de su capacidad musical subrayando la importancia del "oído armónico". "No lee música, pero sabe exigir el acorde perfecto. Y si cambia la melodía, en definitiva, la realza con su sentimiento. Pero si el acompañante varía en algo una nota, con su mirada de saeta, por encima del hombro, es capaz de preguntar en medio de un espectáculo: '¿qué es eso?' Elena es única, ha levantado canciones sin tanto vigor a partir de su versión." 
 
A lo largo de su vida artística que si contamos hasta el momento actual suman seis décadas (profesionalmente inicio en 1942) Elena Burke representó el caso peculiar de una intérprete que por la calidad de su técnica y el sonido de su voz logró hacer de la canción un arte atemporal, logrando conciliar el pretérito de ausente en futuro pluscuamperfecto, es decir: cultivó la tradición cancionística, mientras experimentaba con las nuevas formas líricas de nuestros tiempos, convirtiendo su trabajo en un fruto rico y complejo de gran talla humana y musical. Elena dominó un vasto repertorio que comprende por lo menos las cinco últimas décadas del cancionero cubano, desde la cima de la trova tradicional hasta la interpretación más decantada de la canción contemporánea.
 
Ella ha sido de las pocas, por no decir la única, que logró combinar con sabiduría y buen gusto estilos tan variados como los de Ernesto Lecuona, Silvio Rodríguez, Ignacio Piñeiro, Sindo Garay, Mirta Silva o Pablo Milanés. Y eso no es una identificación, sino la prueba más rotunda de su condición de gran estilista, que le permitió en vida abarcar cuanto registro y cuanto acorde existe sobre el pentagrama; porque ella descubrió con su voz la maravilla de lo nuevo.
 
Elena se ha ido pero aquí, de pie, como decía en su canción, se ha quedado la Señora sentimiento, cuyo legado es la vigencia de su voz retratada en más de 20 LP y un enorme mapa sentimental por el que se guían las buenas razon.  
 Fuente de la Internet.
 
 

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1. Presentación por Alden Knight
2. Aquí­, de pie (Olga Navarro- Fernando Mulens)
3. Sombra que besa (Isolina Carrillo-Rosendo Ruí­z)
4. Sin ir más lejos (Martha Valdés)
5. Ay, amor (Ignacio Villa “Bola de Nieve”)
6. Para vivir (Pablo Milanés)
7. Alguien que le duela mi dolor (Elda Carrillo)
8. Me faltabas tú (José Antonio Méndez)
9. Veinte años (Marí­a Teresa Vera)
10. Pido permiso (desconocido)
11. Duele (Gerardo Piloto)
12. La suerte loca (Elda Carrillo)
13. ímame como soy (Pablo Milanés)
14. Campanita de cristal (Rafael Hernandez)
15. Palabras (Martha Valdés)
16. Son al son (César Portillo de la Luz)
17. Declamación final por Alden Knight

 

  

 
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