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De: CUBA ETERNA  (Mensagem original) Enviado: 19/11/2016 18:10
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                                                                                                                                                                                                                                                   Fotos Hans Máximo-Musielik
La Habana con sol
                                 Por Diego Olavarría - Vice
Al principio La Habana era el mar: una bahía donde las olas espumaban, donde los navíos anclaban. Luego fue una catedral, unas casas, un fuerte, una muralla. Por su geografía —era la parada obligatoria para los barcos entre España y América— se convirtió en una de las ciudades más prósperas del continente: ahí se construyeron grandes fortunas y palacios dignos de reyes.

Tras la independencia en 1898, La Habana tomó fama de ciudad viciosa: casinos, teatros, hoteles de lujo y cabarets donde las trompetas de jazz sonaban y las bailarinas exhibían las piernas. Mientras tanto, en el interior los campesinos vivían en pobreza extrema, cortando caña en condiciones de ardua explotación.
La Revolución cubana de 1959, el evento definitivo de la Cuba del siglo XX, fue un experimento radical de igualdad social. En La Habana produjo una mescolanza social y cultural que hoy define el carácter híbrido de la ciudad.

Es innegable: La Habana de hoy es negra, blanca, taína y china. Es atea, católica y santera. Es roquera, salsera, reguetonera y transexual. Es comunista, socialista y capitalista.
La Habana es sus calles pero también es océano, río, bosque y playas. Es el pintor que retrata cheguevaras warholianos y el artista contemporáneo que deconstruye pianos. Es una mujer bailando salsa a las dos de la mañana en 1830 y metaleros azotándose en un mosh pit en Maxim Rock. La Habana es pan con jamón, helado de un peso en el Coppelia, café cargadísimo, un plato de moros con cristianos. Pero también es Beyonce y Jay-Z comiendo pollo con miel en un paladar de Centro Habana, hipsters bebiendo gin tonics en galerías de moda.

Hoy más que nunca, La Habana es una ciudad de posibilidades infinitas.
Apachurrada entre la nobleza del Vedado y las reliquias de La Habana Vieja, Centro Habana es el barrio perfecto para darse una primera zambullida en la vida habanera. Aquí es posible encontrar una urbe sin diluciones turísticas ni maquillaje fotográfico: calles que son dominios de hombres que venden albahaca para la santería, de mujeres que venden girasoles para la Virgen de la Caridad del Cobre, de apostadores que juegan dominó bajo el techo de una panadería. En los balcones los vecinos se asoman a mirar las escenas de calle como si esperaran un nuevo capítulo de la telenovela.

Las fachadas delatan que Centro Habana fue esplendorosa en el siglo XIX. Los escaparates de los viejos edificios en calles como Reina y Galeano guardan secretos de un pasado de lujo y moda. Pero los últimos treinta años estuvieron marcados por el deterioro. Hoy los magnánimos palacios son oscuras buhardillas donde las escaleras de mármol se desmoronan; las mansiones han sido carcomidas por la humedad, la sal y el tiempo. Entre los derrumbes asoman plantas tropicales.

"La Habana es la ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de lo asimétrico, de lo abandonado", apuntó Alejo Carpentier. Pero aunque parece a punto de desmoronarse, este barrio no se cae: al contrario, es uno de los más vitales de la ciudad.

Cada ciudad tiene un barrio que asemeja un museo. En el caso de La Habana, es este. El casco histórico de la antigua ciudad amurallada, con sus plazas antiguas, catedrales de coral y calles adoquinadas donde alguna vez pasearon carretas, ha sido remozado en los últimos 20 años como ninguna otra parte de la ciudad: se llama vieja, pero reluce de nueva.

Hoy La Habana Vieja es altamente fotografiable y turística, y los estadounidenses que se bajan por decenas de los cruceros, los carnavaleros que bailan cuando ni es Carnaval, y los músicos que visten guayabera por uniforme y no por gusto, pueden hacerte sentir en Disneylandia.

Pero si miras más allá de lo evidente, La Habana Vieja sigue siendo un barrio ecléctico donde igual es posible encontrar un palacio borbónico o un tanque militar, descubrir viejas fábricas de habanos y bares que preservan el estilo de los años 20. Donde los muros están decorados con arte callejero pero también con eslóganes socialistas: PATRIA O MUERTE, VENCEREMOS.

VEDADO
Paseos arbolados, parques bien verdes, cines antiguos, heladerías, centros culturales y teatros por doquier: bienvenido al Vedado, una estampa de la Belle Époque habanera.

Que este barrio luzca como varios de Europa no es casualidad: los urbanistas que lo trazaron se inspiraron en el Eixample de Barcelona. Hartos de las apretadas calles de Centro Habana y La Habana Vieja, se encargaron de dotar al Vedado de las plazoletas que hoy le dan carisma.

Vedado concentra buena parte de la vida nocturna de la ciudad. Además de antros y salas de concierto, hay cafés como los del Teatro Bertolt Brecht y el de la Casa Balear, donde los artistas discuten, entre tragos de cerveza, sobre sus exposiciones. Si visitas la esquina de G y 23 un viernes por la noche, descubrirás que es el punto de reunión para la escena roquera de La Habana. En el Malecón, a la altura del Hotel Nacional (ese donde Buster Keaton y Frank Sinatra bebieron alguna vez martinis) se congrega, cada noche de sábado, la mayor fiesta de La Habana.

Arquitectónicamente, el Vedado es un escaparate de estilos y tendencias de finales del XIX y principios del XX: sus mansiones afrancesadas, edificios art déco, gimnasios modernistas y rascacielos de medio siglo le imprimen una belleza que otras ciudades del continente tuvieron y perdieron. Por las noches, la oscuridad y el aleteo de los murciélagos hacen pensar en el set de una película sobre vampiros tropicales.

MIRAMAR
Aquí ya no hay malecón. Hay playas con más roca que arena. Hay casas modernistas donde el pasto no se poda. Hay hermosas plazoletas donde las columnas y los jagüeyes de gordos troncos guardan silencio. Hay exmansiones de latifundistas abandonadas a regañadientes durante la Revolución: hoy son casas de diplomáticos, inversionistas extranjeros y los artistas más famosos de La Habana. "Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino", apuntó Lezama Lima sobre La Habana, como invocando Miramar.

Separada del resto de la ciudad por el túnel de Línea, Miramar es una versión distinta de La Habana. Surge tan apacible que a veces da la impresión, sobre todo por las tardes, de que nadie camina por sus calles. El camellón de la Quinta Avenida —el escaparate de mansiones más notable de Cuba— es el sitio predilecto para los corredores de la ciudad y para algunos skaters.

En el sureste del barrio está el Parque Almendares. Ahí, además de poder jugar en un golfito de concreto, es posible sentarse a mirar el río que separa Miramar del resto de La Habana. Este parque, donde crecen palmeras y las aguas fluyen verdes y lentas, es un pequeño idilio en una ciudad de decibeles altos. A unas cuadras está el Bosque de la Habana, donde los árboles gigantes, recubiertos de espesa vegetación, parecen dinosaurios.
 
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Fuente Vice
  
 


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