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General: UNA GLORIA CUBANA, CON GLORIA
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De: cubanet201  (Missatge original) Enviat: 03/02/2026 18:03

UNA GLORIA CUBANA, CON GLORIA
“Pensaba que para cuando cumpliera esta edad ya habría visto una Cuba libre, pero actualmente temo más que perdamos la libertad en Estados Unidos”

POR ALBERTO MORENO / VANITY FAIR
La historia es conocida y se cuenta rápido: Gloria Estefan nació en La Habana en 1957, pero a los dos años tuvo que abandonar la isla cuando Fidel Castro llegó al poder. Se estableció en Miami con su madre y con su abuela. Su padre había sido arrestado tras el derrocamiento de Fulgencio Batista. Se crio en Estados Unidos siempre con un ojo puesto en Cuba y la música sonando a su alrededor. Allí estudió Psicología y Comunicación como alumna aplicada. Un día acudió a un concierto de los Miami Latin Boys con su prima, subió al escenario a cantar un par de canciones y, con solo esa prueba, Emilio Estefan, líder del conjunto, le pidió que se uniera a ellos. La banda pasaría a llamarse Miami Sound Machine y en 1985 acabaría triunfando mundialmente con en el hit Conga. Tres años después llegó Anything for You, primer número uno de la formación, que desembocó en una carrera en solitario, bajo el nombre de Gloria Estefan, que la llevaría a lanzar 14 discos de estudio con un balance de 100 millones de copias vendidas, tres premios Grammy, cinco Grammy Latinos y el amadrinamiento tácito de la generación en la que se incluyeron Jon Secada, Shakira o Ricky Martin, a los cuales llama “familia”, palabra con la que ellos también identifican a Emilio y a Gloria. Mi tierra, publicado en 1993, se convirtió en el disco más vendido de la historia de España hasta aquella fecha y se ganó un puesto de honor en nuestro país gracias a canciones como la que da título al álbum o Con los años que me quedan. Toda su carrera, incluida la gala de la Hispanidad celebrada el pasado 5 de octubre, en la que cantó delante de 150.000 personas en la plaza de Colón, la ha trazado junto a su marido, de quien tomó prestado el apellido. Ideólogo de su sonido, es considerado uno de los productores musicales más influyentes del mundo y el latino que más números uno (14) ha conseguido este siglo. La relación de este matrimonio acorazado se extiende durante 49 años, solo uno menos que la carrera de la artista.

Gloria Estefan nació Gloria María Milagrosa Fajardo García. En la primavera de 1990, sufrió una fractura de vértebras cervicales que a punto estuvo de costarle la vida cuando el autobús que la llevaba de gira sufrió un grave accidente en Pensilvania. Después de una complicada operación y de una rehabilitación que duró casi un año, se recuperó totalmente y pasados 12 meses volvió con más fuerza que nunca con Into the Light, su segundo álbum en solitario. “Milagrosa es un nombre adecuado”, debió de pensar su doctor al verla bailar en su vuelta a los escenarios en 1991.

Vanity Fair: ¿Alguna vez ha agradecido el accidente?

Gloria Estefan: Claro que sí. No me gustaría pasarlo de nuevo, pero tampoco lo borraría. Me mostró que de un momento para otro tu vida puede cambiar y me hizo estar muy agradecida por la vida que vivimos. Me crie católica: rezaba y rezaba, pero hasta que no sentí las oraciones de millones de personas que lo hacían por mí en todo el mundo no entendí el poder colectivo que tenemos los seres humanos. Sentí una energía que me hacía estar enchufada, algo así como una electricidad, y yo la absorbía. Me imaginaba mis nervios reconectando, fue poderoso. Cuando el doctor que me operó fue a ver mi primer show después de la rehabilitación, tuvieron que darle agua. “Yo no puedo creer lo que tú has hecho ahí”, me dijo.

sa es la historia conocida. La que se lee entre líneas, la que te cuenta la gente que quiere y flanquea a Estefan, revela una vida donde, en la partida entre familia y ambición, siempre puede lo primero. Su troupe habitual es amplia, unas 10 personas contando mánagers, publicistas, social media, estilismo y, por supuesto, allegados. Y todos están bien avenidos. Prefirieron llegar en van a la fiesta del pasado día 7, que la coronó como Personaje del Año Vanity Fair 2025, que hacer uso del coche con chófer que se les ofreció. Las risas abundan. Y la música. En una de las canciones que sirvieron de homenaje, entonada por María José Llergo, Antonia Dell’Atte prorrumpió en aplausos, y Emily Estefan (Miami, 1994), hija menor del matrimonio y batería de profesión, comenzó a hacer percusión con un vaso y un cuchillo, melodía a la que se sumó su padre. Los Estefan no tienen un reality, pero se lo merecen. Sería uno donde primarían las bromas y las buenas palabras y en el que Emilio invitaría a pasar unos días en Miami a mucha de la gente con la que se encuentran. A Gloria, que se la puede hagiografiar con la historia conocida, resulta muy interesante conocerla a través de la desconocida, retratarla al claroscuro, definirla por las cosas que no hizo en lugar de por las que hizo, que demuestran fortaleza de carácter y son llamativas, porque por ejemplo:

Declinó salir a cantar Conga hace unas semanas con Dua Lipa, pasaporte directo a la viralidad. La cantante de Future Nostalgia le contó sus planes para el recital que iba a dar en Miami y Gloria le explicó que tenía que venir a Madrid y ensayar un par de días antes para clavar su actuación con motivo del Día de la Hispanidad.

En 2002 le propusieron ser artista homenajeada en la tercera edición de Operación Triunfo. Una estancia de tres días en España en la que daría una clase y cantarían temas suyos en la gala de aquella semana. Esa vez dijo que no porque su hija Emily tenía un partido de baloncesto.

O también aquella ocasión que la invitaron a cantar en los Oscar pero no pudo porque era el cumpleaños de su madre.

En la Superbowl de 2020, Jay-Z la llamó para participar por tercera vez como intérprete en el descanso de la final y que formara terna con las actuaciones de Jennifer Lopez y Shakira, pero Gloria volvió a decir que no porque “era el momento de ellas”.

En los Grammy Latinos de 2021, la madrileña Beatriz Luengo, con la que Gloria había trabajado en alguna ocasión, se cruzó en el backstage con Emilio y los invitó a ella y a su pareja a cenar todos juntos. Durante la velada, la cubana aprovechó para llamar por el móvil a su nieto Sasha, “su ojito derecho”, y todo su empeño fue comprobar si había reparado por televisión en el gesto que le había hecho con la nariz al subir al estrado a recoger su premio.

Y cuando se conocieron las nominaciones de este año, su álbum Raíces fue nominado a dos estatuillas y ella se lo contó sorprendida a su equipo. Ellos, perplejos, le contestaron: “¿De qué te extrañas? Eres Gloria Estefan”.

Al gestar ese mismo disco, el último que lanzó al mercado la pasada primavera, se presentó la posibilidad de tener colaboraciones con artistas urbanos, como es la costumbre actual, pero ella descartó la idea porque no quería molestar a nadie. Así que se publicó tal cual. Dado que el álbum iba a tener una larga vida, más tarde accedió, asesorada por su equipo, a grabar el remake de uno de los temas para plataformas.

—Me gusta la idea, pero para mí es importante que sea mujer.
—¿Por qué? —le preguntaron.
—Porque cuando yo salía no había mujeres.
—¿Quién quieres que sea?
—Nathy Peluso.
—¿Por qué? No la conozco, cualquiera que pidas te va a decir que sí —entonó un miembro de su equipo.
—Lo más lindo es levantar un legado de arriba para abajo —respondió.

Son secretos que me desvelan la semana previa a esta entrevista y a la gala que la llevó a celebrar 50 años de carrera con Vanity Fair en una cena de etiqueta en Madrid, a la que no pudieron asistir sus íntimos amigos Antonio Banderas y Shakira, pero que le mandaron cariñosas notas de felicitación. Banderas, que tantas puertas ha abierto a tantos reconoce que la suya la abrió Estefan:  “Su carrera es un ejemplo de un espíritu indomable. Es la historia de una artista que, a través de su arte y de su corazón, le regaló al mundo una alegría y una esperanza contagiosas”. La de Barranquilla, que cantó su primer álbum en inglés traducido por su mentora, destaca su “talento, elegancia y alegría, que han inspirado a generación tras generación, siendo ejemplo de cómo se puede alcanzar el éxito sin perder jamás la humildad y la calidad humana”.

Recoge los frutos de toda una carrera y festeja como redondo el curso en que ha lanzado Raíces, su primer álbum en español en 18 años, escrito casi íntegramente por su marido Emilio y grabado 24 meses después de su gestación, cuando ya lo tenía interiorizado. “Ha sido la primera vez en la vida que trabajábamos así. Cuando entré en el estudio, me sabía perfectamente las canciones”. En él vuelve a poner un ojo en esa Cuba que ya no existe, y, además de las canciones, se siente orgullosa del packaging del LP, que desenvuelve delante de mí cuando nos encontramos para conversar por primera vez. Cansada tras cuatro horas de fotografías, parece encontrar fuerzas renovadas para mostrarme la carpeta de cartón que recubre a cada uno de los dos vinilos donde pueden leerse las letras adornadas con fotos de su infancia, junto a su recreación actual, además de notas en post its que su marido le “ha dejado por casa en sitios donde fuera a encontrarlos cada vez que se ha ido de viaje”. La portada del disco incluye un retrato melancólico de ella flanqueando una fotografía en la que aparece de pequeña junto a su madre. En la miniatura hay otra foto en la que pueden apreciarse a su abuela y a su bisabuela como en una fantasía de Escher. “Hay cuatro generaciones ahí metidas”, me explica. Todas amantes de la música cubana.

V. F.: ¿Recuerda cómo fue aquella primera vez que subió al escenario como profesional?

G. E.: Yo había entrado en el grupo en el verano del 75, pero Emilio, que tenía negocios, se había ido a Japón a comprar materiales para la fábrica que tenían sus papás en Miami. “Empieza a ensayar con el grupo, que yo vuelvo pronto”, me dijo. Él había organizado el baile santiaguero, estaba toda la gente de Santiago de Cuba, y era mi primer concierto oficial con la Miami Sound Machine. Su mamá nos había hecho vestidos y los trajes de la banda. Recuerdo que yo estaba agarrada al micrófono y, por la disposición en el escenario, tenía a Emilio enfrente, que tocaba las congas. Fue en el Dupont Plaza de Miami, que ya no existe, el 25 de octubre de 1975. Para mí fue un lujo, porque yo no había estado en ningún lado. Tuve que cuidar a mi padre de niña [que padecía esclerosis múltiple desde su exposición al agente naranja en la guerra de Vietnam], no tenía amistades fuera de la escuela, no salía por ahí como los demás jóvenes, tenía mucha responsabilidad. Entonces el grupo fue como… ¡ser libre! Fue increíble.

V. F.: ¿Ha sido complicado mezclar trabajo y amor durante todo este tiempo?

G. E.: Depende de lo que tú llames difícil. A mí me ha dado la oportunidad de tener la vida que tengo. Esa cosa del ego en el amor no funciona, o funciona un ratico, pero la separación te lleva en diferentes direcciones en la vida y eso para una pareja es duro. Ha habido momentos que él va primero y otros momentos que yo voy primero y me pone primero, y si ambos ponen al otro primero, están cuidados los dos. Somos muy distintos en personalidades, y eso nos equilibra. Si fuéramos como yo, no habríamos hecho nada; nos habríamos quedado en casa, sentados en el sofá, tocando la guitarra. Y si fuéramos como él, estaríamos muertos de un ataque al corazón porque el hombre no para. Eso es muy lindo y no es común. Yo no le diría a todo el mundo: “Oye, hagan esto”, pero para nosotros ha funcionado muy bien.

V. F.: ¿Por qué cree que la gente los trata tan bien a usted y a su familia?

G. E.: Yo amo a las personas legítimamente, me han dado la bendición de poder vivir mi vida haciendo música y que hayan querido escuchar los mensajes que he mandado a través de mis canciones. La música para mí fue un escape. Canto desde que hablo, pero no pensé nunca que iba a hacer de esto mi carrera, porque no me gusta ser el centro de atención. Sin embargo, mi abuela me dio un consejo cuando era muy joven. Me dijo: “Es tu don. Si no lo compartes, no vas a ser feliz. Si no lo haces, eres una boba”, y así fue.

V. F.: El pasado 5 de octubre decenas de miles de personas acudieron a la plaza de Colón. ¿Por qué su música ha conectado tan bien con la gente?

G. E.: Normalmente, cuando estoy de gira, trato de preparar algo que vaya a funcionar en todos los países, por eso tiene que haber más repertorio en inglés, pero en el show de Madrid pude balancearlo más hacia el español. Miré en Spotify cuáles fueron las canciones mías que más sonaron aquí en los últimos años y de acuerdo a eso decidí qué tocar. Luego, me gustó que [el concierto] fuera de día, ver las caras de la gente y conectarme con ellos de manera espectacular.

V. F.: Me ha contado su amiga Adriana Abascal que sería igual de feliz teniendo muy poco.

G. E.: A mis dos años, mi padre estaba en el Ejército y tuvimos que viajar fuera. Regresé [a Miami] cuando él se fue a Vietnam, yo tenía 10 y entré en una escuela. Conservo cuatro amigas desde quinto grado. Después coincidimos en secundaria y el grupo creció hasta la docena. Nos llamamos la Dirty Dozen. Nos comunicamos constantemente y una vez al mes nos reunimos. Solo una vive fuera, en Chicago, y viaja a Miami a vernos. Durante el covid hacíamos un zoom semanal para darnos ánimos. Me siento como una niña cuando estamos juntas. Hemos atravesado por dificultades: la pérdida de un hijo de una de ellas, la pérdida del esposo de otra… y también momentos muy gratos. Cuando di mi último show en Nueva York, las invité y vinieron todas. No necesito más.

V. F.: ¿Cuándo Gloria es más Gloria, cuando canta en español o en inglés?

G.E: En español. Yo canto en inglés perfectamente y estoy a gusto, pero las primeras canciones que canté fueron en español. Fue el primer idioma que hablé. El español es el idioma de mi corazón y el inglés, el de mi cabeza. En inglés debes tener cuidado de no ser demasiado dulce o te llaman sacarino, que empalaga, y eso no existe en español. Uno puede ser más romántico en este idioma.

He charlado con Emilio durante toda la mañana y me ha parecido un hombre generoso y afable. Me ha dicho que su secreto para llevarse bien con casi todo el mundo es levantarse feliz y decir “por favor” y “gracias”.

G. E.: Y así debería ser. Cada vez que hablamos y que respiramos deberíamos estar agradecidos. Yo tengo mucha gente alrededor, en casa y en los viajes, y los tratamos como a familia. Nuestra jefa de la casa, Miriam, venía de trabajar 20 años con Julio Iglesias cuando la contratamos para cocinarle a Emily cuando nació. No queríamos que comiera comida precocinada, así que volábamos por todo el mundo con la comida congelada que Miriam había hecho con tanto amor. Ella tiene una hermana en España, así que el otro día nos acompañó para asistir al concierto de Madrid. Verla ahí bailando me dio tanta felicidad...

V. F.: Pero esta compasión que usted promulga no abunda en la sociedad actual…

G. E.: Ay, sí, y no es que falte, está ahí, lo que pasa es que a quienes más escuchamos es a los de los extremos. Yo, como estudié Comunicaciones y Psicología en la universidad, he visto con mucho interés cómo se ha desarrollado todo esto en las redes sociales. Porque anteriormente los periodistas salían a hacer su trabajo y buscaban la verdad. Ahora todo el mundo tiene una voz y eso supone demasiado poder si se usa equivocadamente. En un concierto hay 30.000 personas gritando, pero ¿qué es lo que veo yo? Al que se durmió en la cuarta fila. Y no sé si fue que trabajó toda la noche o estaba tan relajado que se durmió: necesitamos contexto. Yo me alegro mucho de que mi hijo y mi nuera controlaran, y sigan controlando, mucho las redes sociales con mi nieto, que tiene 13 años. También yo le hablo mucho al respecto: “Bebé, cuando la gente escribe, tú no conoces sus motivaciones y en ocasiones solo buscan que les hagas caso”.

V. F.: ¿Tiene miedo de lo que está pasando en Estados Unidos con la comunidad latina?

G. E.: Honestamente, sí. Tengo miedo, porque yo he vivido ahí 66 años y jamás había visto algo parecido a lo que está pasando. Están arrollando las leyes de nuestro país. Por otra parte, me encantó ver cómo cuando echaron a Jimmy Kimmel de su show la gente dijo “presente”. Hubo manifestaciones en su defensa. Solo era un comediante que dijo algo que ni siquiera era ofensivo y la gente se rebeló dándose de baja de Disney+, propietaria del canal ABC, lo que generó unas pérdidas milmillonarias. ¿Y qué pasó? Que lo volvieron a poner. Eso me llenó de esperanza, pero tenemos que estar muy pendientes de lo que está pasando.

V. F.: En Estados Unidos viven 65 millones de latinos. Si se prende la mecha, ¿puede haber una guerra civil?

G. E.: Absolutamente, puede suceder, pero no con los latinos. Esa guerra sería del 50% de la población contra el otro 50%. Lo vimos en Cuba: familias separadas por una ideología política. Familias que nunca más se vieron y que destruyeron un país. Yo, a través de mi vida, he dicho que hay que defender la democracia y la libertad siempre. Los estadounidenses no se dan cuenta de lo importante que es defender la libertad, piensan que jamás les faltará, pero estamos viendo en directo lo que puede suceder. Aun así, soy optimista y pienso que si llega el momento, más y más voces se levantarán. Lo malo es que hay quienes está alzándola hoy y los aplastan en dos minutos, por lo que muchos se preguntan si merece la pena arruinarse la vida o la carrera.
Recuerdo que de niña lo que más admiraba eran los debates políticos en Estados Unidos. Decían mil cosas, pero al final se daban la mano. Ya no estamos ahí. Ya no se dan la mano.

V. F.: A largo de 50 años de momentos estelares, ¿se cuelan más profesionales o personales?

G. E.: Personales. El más importante: mis hijos naciendo. Pero sí que hay algunos que logran ambas cosas. Como cuando Emilio y yo recibimos la Medalla de la Libertad de manos de Obama. Ese es el honor más grande que se puede otorgar a un ciudadano americano, y que se lo dieran a dos inmigrantes [fue la primera vez que lo recibió una pareja]… Sabía que mi padre estaba feliz ese día, porque me había llevado a Estados Unidos en busca de la libertad. Pero también cuando le canté a Juan Pablo II en el Vaticano celebrando sus 50 años como sacerdote. Yo no sabía que el papa conocía mi música y me pidió el tema Más allá. Cuando estuvimos juntos, me contó que iba a ir a Cuba pronto y me pidió que lo acompañara. Yo le expliqué la razón por la cual no podía ir [su oposición al régimen], pero le dije que a él lo necesitaban allí y lo entendió. Fue muy muy muy cariñoso. Cuando una persona es increíblemente poderosa y no pierde su humanidad, para mí eso es lo máximo.

V.F.: ¿Cree que volverá a ver una Cuba libre?

G. E.: Pfff… La verdad es que no sé. Pensaba que para cuando cumpliera esta edad eso ya habría sucedido, pero actualmente temo más que perdamos la libertad en Estados Unidos. La Cuba de mi madre no existe, pero oro diariamente desde hace 66 años, ¿sabes cuándo? Cuando me doy una ducha bien caliente, muy poderosa, yo pienso en los cubanos. Emilio y yo estuvimos en 1979 para sacar a su hermano. Fuimos a su casa. Ellos vivían bien porque su mamá había sido muy rica, pertenecía a una de las familias de más dinero en toda Cuba, pero no pudo marchar por una letra del pasaporte. Él se llamaba José Román y le pusieron José Ramón y, como veían que ya estaba para entrar en edad militar, no lo dejaron salir y se quedó allá. Más tarde, Jimmy Carter abrió lo que llamaron “un viaje de la comunidad” y quien tuviera pasaporte americano podía ir y llevar cosas. Así que Emilio y yo fuimos a comprarle comida, que tenía que esconder hasta que le dieran la salida. Recuerdo estar en la casa de ellos, prender el agua para darme una ducha y que me cayeran tres gotas frías en la cabeza. Por eso, cada vez que a diario me doy un gustazo así, pienso en ellos y oro mucho, porque está la cosa bien difícil allá.

V. F.: ¿Qué sintió el otro día cuando Dua Lipa cantó Conga y se hizo viral?

G. E.: ¡Ay!, me encantó, ella me había invitado y yo no estaba en la ciudad. Me dio mucha pena no estar, pero esa es la versión más sexi de Conga que yo he visto en mi vida. Soy una gran fan suya, y que me haya honrado de esa forma fue algo realmente bonito. Al público le encantó, yo quedé muy feliz y de verdad que lo hizo superbién, porque esa canción no es fácil de cantar.

V. F.: De todas las personas que ha conocido en en este tiempo. ¿Quién le ha impresionado más?

G. E.: No soy alguien que se suela impresionar, pero Juan Pablo II tenía algo muy especial. Su espíritu salía más allá de su cuerpo, no sé muy bien cómo describirlo. Tenía una paz inmensa, quería abrir puertas. Aunque la Iglesia esté restringida muchas veces por todas sus leyes y por el dogma, él me impresionó. También Barack Obama, que tenía a su suegra viviendo con ellos en la Casa Blanca y criando a sus hijas. Me parecieron muy bellos como familia, como seres humanos. Y ambos presidentes Bush. Bush sénior nos invitó a la Casa Blanca después de que diera un concierto en Washington y se pasó 45 minutos hablando con mi hijo Nayib, que tenía nueve años. Lo llevó a un cuartito que hay al lado de la oficina y le dijo: “Nayib, voy a demostrarte cómo tomamos las decisiones aquí”. Sacó una bola de cristal de un baúl, preguntó “¿Nayib va a ser un buen hombre?” y cuando la sacudió la bola, dijo: “Claro”. Al día siguiente tuve el accidente y esa noche él trató de llamar al hospital, pero nadie le pasaba la llamada porque no le creían cuando decía que era el presidente de Estados Unidos. Su hijo George W. Bush me dijo que lo visitara con mi madre y yo le pedí a ella que por favor se portara bien. Cuando llegamos, habían tumbado hacía poco un avión norteamericano que tenía mucha tecnología, los chinos no lo querían devolver y pedían un rescate económico… Así que entra ese hombre, le presento a mi madre y ella le extendió el índice a la cara diciendo: “¡No pague a los chinos!”. Él le dijo a Emilio: “¿Esa es tu suegra?”. “Sí”, respondió. “Mi hermano, lo siento por ti”, rio Bush.

V. F.: No puedo despedirme sin preguntarle por una cosa que leí. ¿Es cierto que la CIA trató de reclutarla de joven?

G. E.: Cuando estaba en la universidad hablaba inglés, francés y español, así que era el tipo de persona que buscaban para trabajar en el aeropuerto; yo estudiaba de 8 a 12 y de 13 a 21 trabajaba allí. A finales de los setenta te puedes imaginar cómo estaba el tema del narcotráfico en Miami. Si entraban 500 kilos de droga a lo mejor se incautaban 100 y el resto se lo quedaba la policía. Yo era la única que trabajaba los domingos y alguien debió de percibir mi carácter serio y ordenado, porque un día apareció una persona que me dijo que trabajaba para la agencia y pensaba que yo podría hacer un buen trabajo para ellos. A mí aquello me pareció lo mejor del mundo, un sueño, pero mi madre se puso como loca cuando llegué a casa y se lo conté. Me dijo: “¿Quieres que me dé algo? Primero perdí a tu padre y ahora tú te quieres meter a hacer algo tan peligroso”. Yo le dije que tranquila, que no se preocupara, pero con el paso de los años bromeaba con ella: “Conocí a ocho presidentes y a dos papas. ¿Cómo sabes que al final no cogí el puesto de la CIA?” [risas].

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